ABC. 8 de agosto de 2007
Por Begoña López
BERRIOZAR (NAVARRA). Conforme avanza la tarde y baja la intensidad del sol de verano, la plaza Eguzki, -la Plaza del Sol-, en Berriozar, va cobrando vida. Los niños juegan en los columpios, mientras que los mayores charlan sentados en un banco, tomando un refresco en la terraza de un bar o paseando junto a la arboleda. El sol, un símbolo de vida. La plaza que lleva su nombre, un símbolo de libertad y del recuerdo a un vecino.
El subteniente del Ejército, Francisco Casanova, Paco para los vecinos que, no sin dificultad, mantienen vivo su recuerdo, fue asesinado por ETA en el garaje de su casa un 9 de agosto de 2000. Se van a cumplir siete años en los que «Berriozar dio el paso de cambiar del terror al miedo», como expresó a ABC la portavoz de Ciudadanos de Paz, Maribel Valls. Allí en la Plaza Euzki, Paco sigue presente a través de un monumento, recientemente atacado, que recuerda también a todas las víctimas del terrorismo. Un pueblo en el que es fuerte la presión nacionalista y que ha conseguido en la última legislatura que los «constitucionalistas» llevaran las riendas del gobierno municipal.
Gobierno nacionalista
Tras las pasadas elecciones de mayo, la situación en la localidad, cercana a Pamplona, ha vuelto a cambiar. Ahora, la alcaldía está en manos de Nafarroa Bai, con 3 ediles, otros tantos tiene ANV, 1 IU, 3 UPN, 2 PSN y 1 CDN. Desde Vecinos de Paz se habló, cuenta Maribel Valls, con las formaciones «constitucionalistas», pero IU apoyó a NaBai, al igual que ANV. Algunos de esos cambios se concretan en temas como las próximas fiestas patronales de San Esteban, a finales de agosto . «El año pasado desde la parroquia se organizó la procesión y el Ayuntamiento intervino. En 2007, ni siquiera se ha incluido en el programa de fiestas, porque dicen que puede crispar», apunta Valls. «El programa de fiestas debe ser poco crispante, se ve que por eso traen al grupo de música Pantxo eta Peio, que en sus letras llaman a la lucha y cantan a los presos de ETA», comenta la cara visible de Vecinos de Paz. Temas, como «Itziaren semea» (El hijo de Icíar), hablan de tortura a los presos y los ensalzan. Otra canción, «Batasuna», dice: «Aupa hombre, levántate chico, despierta mujer, también tu chica. Se oye un irrintzi llamando a luchar. Nos espera Euskal Herria, los presos y los caídos también. Si eres abertzale, eres nuestro hermano». Por otro lado, añade Valls, «están procurando que todas las actividades infantiles se realicen en euskera, cuando la mayoría de los niños son castellanoparlantes».
Otras de las cosas que hizo el nuevo alcalde, Francisco Javier Lasa, denuncia Maribel Valls, ha sido retirar la bandera de España de la Alcaldía, dado que el Consistorio de Berriozar carece de balconada. «Nos ha dolido que cuando asesinaron a Paco, sus compañeros militares entregaron al Ayuntamiento un recuerdo, materializado en un diploma enmarcado por el comportamiento del Consistorio ante los hechos, diploma que hasta ahora ha estado en Alcaldía y que el nuevo Consistorio ha retirado», manifiesta Valls. «Desde Vecinos de Paz siempre hemos dicho que nos daba igual la profesión de Paco. Si hubiera sido fontanero, ¿habrían retirado también ese diploma?».
Séptimo aniversario
En cuanto al homenaje que cada año se hace a Casanova, desde Vecinos de Paz se indica que todos los años el Consistorio ha colaborado. Este año, se han solicitado todos los permisos, así como que el Ayuntamiento corriera con los gastos de las flores para la iglesia, ya que se le hace una misa navarra. «Nos lo han denegado diciendo que el Ayuntamiento no tiene que correr con ningún gasto de la parroquia».
«Paco dio dignidad a este pueblo, porque en el pueblo no había miedo, sino terror, y se dio el paso de saltar del terror al miedo. Resulta muy desigual enfrentar la palabra a una pistola o a una bomba lapa», apunta Maribel, quien añade que el movimiento cívico surgido en Berriozar ha sido «muy importante» y señala que al igual que se habla del espíritu de Ermua, se puede hablar del espíritu de Berriozar.
Al homenaje, que tendrá lugar el próximo 9 de agosto, acuden cada año la viuda, los hijos y el padre del subteniente asesinado. La madre, delicada de salud, no está presente. Vecinos de Paz lamentan también la actual situación política que se vive en España. «Lo de De Juana ha sido una burla a la sociedad y a las víctimas, a las que se ha ninguneado. Los violentos han cogido fuerza otra vez».
Siete años después de que con el asesinato de Francisco Casanova naciese una respuesta social al terror, el miedo ha regresado a Berriozar _ En las fiestas se vuelve a cantar a los presos de ETA y en el Ayuntamiento se ha retirado la bandera de España
Liberación de Ortega Lara
Ortega Lara pensó dejar pistas en su cadáver para delatar a sus captores
ABC. 1 de julio de 2007
Por Cruz Morcillo, Madrid.
«Parecía que venía de otro planeta, que no reconocía nada ni entendía. Su cara era de ausencia. Era la de otra persona. Nada tenía que ver con el Ortega Lara de las fotos que nos habían robado tantas horas de sueño desde hacía más de un año». Estaba a punto de amanecer en Mondragón cuando el secuestrado volvió a la vida. Era ya 1 de julio. Si hubieran pasado unas horas más, quizá la historia sería distinta. El cautivo, 18 meses sepultado en un nicho, luchaba por mantener su fe. Trenzó unas bolsas de basura, un cordel, para quitarse la vida y lo ensayó para que no fallara, según contó él mismo recientemente. La fecha podía ser el día siguiente. No era la primera vez que la muerte le salía al paso en esos 532 días sin final.
Con el rastro de la lucidez, Ortega Lara, secuestrado por azar e invocado como chantaje por los etarras, se dedicó a anotar en papelitos mínimos datos dispares, todos aquellos detalles «operativos» que él creía de interés sobre sus carceleros para dejar pistas. Pensaba en la muerte y en que su sufrimiento no fuera baldío. Había decidido introducir esas notas en sus fosas nasales para que las encontraran cuando le hicieran la autopsia. Información limitada, pero información al cabo para los investgadores. Espeluznante sangre fría.
«No podía casi caminar. A duras penas se sostenía en uno de nosotros. Era sobrecogedor. Había casi un centenar de agentes dentro de la nave y otros tantos esperando fuera, pero él parecía no estar allí. Se le acercó Garzón y le dijo quién era y que estaba libre. Sin duda, fue el momento más emotivo de mi carrera profesional». Diez años después del día en el que España entera se sacudió una de las peores pesadillas de la banda, el guardia civil que habla para ABC -sin nombre ni cargo, como es su deseo- rememora la noche de la liberación y los meses previos como si sólo hubieran pasado unas horas. Con detalle pasmoso habla de la víctima, del comando y de su gente. «Sólo la Guardia Civil y sólo la de San Sebastián, en ese momento, era capaz de hacer el trabajo que se hizo».
Hay dos historias paralelas, la de Ortega Lara, y la de los investigadores, que confluyen el 1 de julio de 1997 en la nave Jalgi de Mondragón. La primera empieza el 17 de enero de 1996, cuando el funcionario de prisiones es secuestrado en el aparcamiento de su casa de Burgos. Eligieron a una persona anónima, porque era una presa fácil -«el más accesible»- y porque era «carcelero». Esposado, resistiéndose a que lo sedaran, fue conducido en un camión-zulo que ya había sido la cárcel de Julio Iglesias Zamora y acabó en el agujero en el que lo encontraron un año y medio después.
Un solo golpe de suerte
El primer y único golpe de suerte para los investigadores tiene fecha de julio de ese año. La Guardia Civil lleva meses siguiendo a distancia la frenética actividad en Francia de Julián Achurra Egurola, «Pototo», jefe del aparato logístico de ETA, y de su ayudante, el francés Daniel Derguy. La Policía francesa los detiene a los dos en la granja que compartían en Lasseube, tras un seguimiento de 14 horas en coche desde París. Los franceses muestran a las Fuerzas de Seguridad españolas la documentación intervenida y salta la alarma. En un papel encuentran una anotación: un pago de cinco millones de pesetas a «Bol»; además, en una página de la agenda de Derguy figuraba una cita con el tal «Bol» y, como quien no quiere la cosa, aparecían los apellidos Ortega Lara.
La Guardia Civil reitera, pese a otras versiones, que fue el único dato bueno, «pero peinarlo y dar con un nombre llevó meses», recalca uno de los investigadores, y eso que la búsqueda del alfiler se centró en Guipúzcoa, porque ese era el mundo de «Pototo» y a él se le empezaba a enfilar como el tipo que ordenó el secuestro.
En la primavera de 1998, cuando el chantaje de los pistoleros era casi insoportable -ya habían vinculado la suerte del cautivo con la actitud del Gobierno y habían amenazado con asesinarlo-, la gente de Inchaurrondo cerró el círculo en torno a tres candidatos, tres posibles «Bol». A la cabeza de la lista estaba Jesús María Uribeechevarría Bolinaga, que a la postre resultaría ser el carcelero, tal y como apuntaban todos los indicios. Cuarentón, soltero, sin trabajo (cobraba de la banda), con fama más que fundada sobre su cercanía a ETA, tenía un taller de fresador, un chiringuito al que no faltaba ni un día pero que carecía de actividad. Entraba y salía con el camión, daba de comer al perro y poco más.
«Con «Boli» enfilado la cosa va cogiendo color -explica el funcionario, evocando cada detalle de las pesquisas-. Se acaba el trabajo de despacho y la gente sale a la calle». No hay que olvidar la zona de referencia, el «territorio comanche» de Mondragón, donde un guardia civil era y es una diana móvil y una pregunta, un argumento para la muerte.
Inchaurrondo, con su fama de azote a cuestas, se empieza a colar por las imperceptibles rendijas etarras. Bolinaga tiene un círculo estrecho de amistades (dos o tres sujetos, «liberados», igual que él); llevan una vida poco convencional y están obsesionados con la seguridad. La nave-taller de «Boli», en Mondragón, se convierte en el objetivo. La Guardia Civil tiene más que sospechas de que en Jalgi esconden a Ortega Lara y también al empresario Cosme Delclaux (es la única vez que ETA ha mantenido dos secuestros paralelos, éste último por dinero).
Nudo en la garganta
Y a ello se ponen, día y noche, dos semanas antes del desenlace, con un nudo diario en todas las gargantas. «Bolinaga compraba todos o casi todos los días pan e iba a la nave. De allí, salía sin nada y pocas veces era él el que comía. Había un perro, sí, pero no cuadraba». Los investigadores, a la vista de esta rutina, en el convencimiento de que ya no había más hilos para tirar y de que ellos mismos se sentían espiados, deciden que ha llegado la hora.
«Varios buzos pasaron noches enteras metidos en el río Deza, adonde daba una boca de respiración de la nave, pero nada. Y lo que es peor, con medios sofisticados, una cámara de calor y otra de infrarrojos no detectamos vida, sólo el perro».
El «día H» es el 30 de junio por la noche, el día en que se cruzan los caminos de los investigadores y de Ortega Lara, sepultado en vida entonces, con 23 kilos menos y la fortaleza minada por una tumba de madera con un camastro, una bombilla, un perchero y dos carteles (verano e invierno en San Sebastián).
El dispositivo es uno de los más ambiciosos jamás desplegados, con la dificultad añadida del «territorio comanche». Unos 500 hombres del Servicio de Información de San Sebastián, de los servicios centrales, del GAR y de la UEI toman la zona con el puesto de mando próximo a la nave. Todas las cautelas son insuficientes porque aún no está nada claro si Bolinaga y sus amigos sólo han puesto la nave y dentro espera un comando liberado.
El 30 por la mañana se informa al juez Garzón (estaba de guardia) y al ministro Jaime Mayor Oreja. «Yo creo que todos, desde el mando al guardia, éramos conscientes de lo que nos jugábamos». Un error podía costarle la vida a Ortega Lara y también a Delclaux, pensaban entonces.
El guión era el siguiente: primero detener a Bolinaga y sus amigos etarras -Javier Ugarte Villar, José Miguel Gaztelu Ochandorena y José Luis Erostegui Bidaguren- con la máxima discreción; después, centrarse en la nave y más tarde cerrar Mondragón a cal y canto. En ese orden se actúa, sólo con una variación. Uno de los carceleros alargó la juerga esa noche y hubo que esperar a que volviera. Los cuatro fueron arrestados a la vez en sus casas (poco antes de las tres de la madrugada). El otro punto fuera del plan fue que a esas mismas horas llegó la noticia de que se había liberado a Delclaux en Elorrio, pero los planes no variaron.
Bolinaga es llevado a la nave. «Se mantuvo impertérrito. Aquello era desesperante. La fábrica era inmensa, llena de cachivaches y máquinas. Cada uno miraba por donde podía. Fue angustioso, más a medida que pasaban las horas. Empezaba a amanecer. Algunos miraban el reloj, otros entraban y salían, unos cuantos tenían fe ciega en que el secuestrado estaba allí. Pero es que los zulos de ETA no se encuentran a no ser que sepas dónde están».
Una cocina ruinosa
Al agente se le nota que está próximo el final, que alarga recordando cada momento. «Teníamos unos datos previos y no se habían desvirtuado. Allí había una cocina, ruinosa y sucia, sí, pero con restos de comida y platos sin fregar. Pensábamos que no eran de Bolinaga». La comisión judicial se vio en la tesitura de esperar a que apareciera Ortega Lara o trasladarse a entrevistar a Delclaux; la Guardia Civil, como es habitual en su forma de trabajo, no iba a tirar la toalla. «Decidimos avisar al juzgado y que se hiciera un registro más minucioso; luego no hizo falta».
Alguien encontró dos máquinas idénticas; en una se movía un tornillo, en la otra no. «Era un cilindro de acero y hormigón que colgaba de una cadena y encajaba en el suelo». Fue necesaria una grúa porque el mecanismo de apertura, que por fin reveló el carcelero al verse descubierto, no funcionó. El gigantesco mecanismo dio paso a las tripas de la tumba desde la que sólo provenía silencio. «Matadme de una vez, hijos de puta» fue lo primero y único que oyó el guardia que bajó en primer lugar. Cuando el prisionero asomó la cabeza, decenas de agentes vieron cara a cara el horror de cerca, el de los campos de concentración, el de los muertos en vida. Pero eso ya es historia y aniversario, y Ortega Lara, padre y esposo, recuperó la suya y sigue como símbolo de resistencia contra la banda asesina.
ABC. 1 de julio de 2007
Por Cruz Morcillo, Madrid.
«Parecía que venía de otro planeta, que no reconocía nada ni entendía. Su cara era de ausencia. Era la de otra persona. Nada tenía que ver con el Ortega Lara de las fotos que nos habían robado tantas horas de sueño desde hacía más de un año». Estaba a punto de amanecer en Mondragón cuando el secuestrado volvió a la vida. Era ya 1 de julio. Si hubieran pasado unas horas más, quizá la historia sería distinta. El cautivo, 18 meses sepultado en un nicho, luchaba por mantener su fe. Trenzó unas bolsas de basura, un cordel, para quitarse la vida y lo ensayó para que no fallara, según contó él mismo recientemente. La fecha podía ser el día siguiente. No era la primera vez que la muerte le salía al paso en esos 532 días sin final.
Con el rastro de la lucidez, Ortega Lara, secuestrado por azar e invocado como chantaje por los etarras, se dedicó a anotar en papelitos mínimos datos dispares, todos aquellos detalles «operativos» que él creía de interés sobre sus carceleros para dejar pistas. Pensaba en la muerte y en que su sufrimiento no fuera baldío. Había decidido introducir esas notas en sus fosas nasales para que las encontraran cuando le hicieran la autopsia. Información limitada, pero información al cabo para los investgadores. Espeluznante sangre fría.
«No podía casi caminar. A duras penas se sostenía en uno de nosotros. Era sobrecogedor. Había casi un centenar de agentes dentro de la nave y otros tantos esperando fuera, pero él parecía no estar allí. Se le acercó Garzón y le dijo quién era y que estaba libre. Sin duda, fue el momento más emotivo de mi carrera profesional». Diez años después del día en el que España entera se sacudió una de las peores pesadillas de la banda, el guardia civil que habla para ABC -sin nombre ni cargo, como es su deseo- rememora la noche de la liberación y los meses previos como si sólo hubieran pasado unas horas. Con detalle pasmoso habla de la víctima, del comando y de su gente. «Sólo la Guardia Civil y sólo la de San Sebastián, en ese momento, era capaz de hacer el trabajo que se hizo».
Hay dos historias paralelas, la de Ortega Lara, y la de los investigadores, que confluyen el 1 de julio de 1997 en la nave Jalgi de Mondragón. La primera empieza el 17 de enero de 1996, cuando el funcionario de prisiones es secuestrado en el aparcamiento de su casa de Burgos. Eligieron a una persona anónima, porque era una presa fácil -«el más accesible»- y porque era «carcelero». Esposado, resistiéndose a que lo sedaran, fue conducido en un camión-zulo que ya había sido la cárcel de Julio Iglesias Zamora y acabó en el agujero en el que lo encontraron un año y medio después.
Un solo golpe de suerte
El primer y único golpe de suerte para los investigadores tiene fecha de julio de ese año. La Guardia Civil lleva meses siguiendo a distancia la frenética actividad en Francia de Julián Achurra Egurola, «Pototo», jefe del aparato logístico de ETA, y de su ayudante, el francés Daniel Derguy. La Policía francesa los detiene a los dos en la granja que compartían en Lasseube, tras un seguimiento de 14 horas en coche desde París. Los franceses muestran a las Fuerzas de Seguridad españolas la documentación intervenida y salta la alarma. En un papel encuentran una anotación: un pago de cinco millones de pesetas a «Bol»; además, en una página de la agenda de Derguy figuraba una cita con el tal «Bol» y, como quien no quiere la cosa, aparecían los apellidos Ortega Lara.
La Guardia Civil reitera, pese a otras versiones, que fue el único dato bueno, «pero peinarlo y dar con un nombre llevó meses», recalca uno de los investigadores, y eso que la búsqueda del alfiler se centró en Guipúzcoa, porque ese era el mundo de «Pototo» y a él se le empezaba a enfilar como el tipo que ordenó el secuestro.
En la primavera de 1998, cuando el chantaje de los pistoleros era casi insoportable -ya habían vinculado la suerte del cautivo con la actitud del Gobierno y habían amenazado con asesinarlo-, la gente de Inchaurrondo cerró el círculo en torno a tres candidatos, tres posibles «Bol». A la cabeza de la lista estaba Jesús María Uribeechevarría Bolinaga, que a la postre resultaría ser el carcelero, tal y como apuntaban todos los indicios. Cuarentón, soltero, sin trabajo (cobraba de la banda), con fama más que fundada sobre su cercanía a ETA, tenía un taller de fresador, un chiringuito al que no faltaba ni un día pero que carecía de actividad. Entraba y salía con el camión, daba de comer al perro y poco más.
«Con «Boli» enfilado la cosa va cogiendo color -explica el funcionario, evocando cada detalle de las pesquisas-. Se acaba el trabajo de despacho y la gente sale a la calle». No hay que olvidar la zona de referencia, el «territorio comanche» de Mondragón, donde un guardia civil era y es una diana móvil y una pregunta, un argumento para la muerte.
Inchaurrondo, con su fama de azote a cuestas, se empieza a colar por las imperceptibles rendijas etarras. Bolinaga tiene un círculo estrecho de amistades (dos o tres sujetos, «liberados», igual que él); llevan una vida poco convencional y están obsesionados con la seguridad. La nave-taller de «Boli», en Mondragón, se convierte en el objetivo. La Guardia Civil tiene más que sospechas de que en Jalgi esconden a Ortega Lara y también al empresario Cosme Delclaux (es la única vez que ETA ha mantenido dos secuestros paralelos, éste último por dinero).
Nudo en la garganta
Y a ello se ponen, día y noche, dos semanas antes del desenlace, con un nudo diario en todas las gargantas. «Bolinaga compraba todos o casi todos los días pan e iba a la nave. De allí, salía sin nada y pocas veces era él el que comía. Había un perro, sí, pero no cuadraba». Los investigadores, a la vista de esta rutina, en el convencimiento de que ya no había más hilos para tirar y de que ellos mismos se sentían espiados, deciden que ha llegado la hora.
«Varios buzos pasaron noches enteras metidos en el río Deza, adonde daba una boca de respiración de la nave, pero nada. Y lo que es peor, con medios sofisticados, una cámara de calor y otra de infrarrojos no detectamos vida, sólo el perro».
El «día H» es el 30 de junio por la noche, el día en que se cruzan los caminos de los investigadores y de Ortega Lara, sepultado en vida entonces, con 23 kilos menos y la fortaleza minada por una tumba de madera con un camastro, una bombilla, un perchero y dos carteles (verano e invierno en San Sebastián).
El dispositivo es uno de los más ambiciosos jamás desplegados, con la dificultad añadida del «territorio comanche». Unos 500 hombres del Servicio de Información de San Sebastián, de los servicios centrales, del GAR y de la UEI toman la zona con el puesto de mando próximo a la nave. Todas las cautelas son insuficientes porque aún no está nada claro si Bolinaga y sus amigos sólo han puesto la nave y dentro espera un comando liberado.
El 30 por la mañana se informa al juez Garzón (estaba de guardia) y al ministro Jaime Mayor Oreja. «Yo creo que todos, desde el mando al guardia, éramos conscientes de lo que nos jugábamos». Un error podía costarle la vida a Ortega Lara y también a Delclaux, pensaban entonces.
El guión era el siguiente: primero detener a Bolinaga y sus amigos etarras -Javier Ugarte Villar, José Miguel Gaztelu Ochandorena y José Luis Erostegui Bidaguren- con la máxima discreción; después, centrarse en la nave y más tarde cerrar Mondragón a cal y canto. En ese orden se actúa, sólo con una variación. Uno de los carceleros alargó la juerga esa noche y hubo que esperar a que volviera. Los cuatro fueron arrestados a la vez en sus casas (poco antes de las tres de la madrugada). El otro punto fuera del plan fue que a esas mismas horas llegó la noticia de que se había liberado a Delclaux en Elorrio, pero los planes no variaron.
Bolinaga es llevado a la nave. «Se mantuvo impertérrito. Aquello era desesperante. La fábrica era inmensa, llena de cachivaches y máquinas. Cada uno miraba por donde podía. Fue angustioso, más a medida que pasaban las horas. Empezaba a amanecer. Algunos miraban el reloj, otros entraban y salían, unos cuantos tenían fe ciega en que el secuestrado estaba allí. Pero es que los zulos de ETA no se encuentran a no ser que sepas dónde están».
Una cocina ruinosa
Al agente se le nota que está próximo el final, que alarga recordando cada momento. «Teníamos unos datos previos y no se habían desvirtuado. Allí había una cocina, ruinosa y sucia, sí, pero con restos de comida y platos sin fregar. Pensábamos que no eran de Bolinaga». La comisión judicial se vio en la tesitura de esperar a que apareciera Ortega Lara o trasladarse a entrevistar a Delclaux; la Guardia Civil, como es habitual en su forma de trabajo, no iba a tirar la toalla. «Decidimos avisar al juzgado y que se hiciera un registro más minucioso; luego no hizo falta».
Alguien encontró dos máquinas idénticas; en una se movía un tornillo, en la otra no. «Era un cilindro de acero y hormigón que colgaba de una cadena y encajaba en el suelo». Fue necesaria una grúa porque el mecanismo de apertura, que por fin reveló el carcelero al verse descubierto, no funcionó. El gigantesco mecanismo dio paso a las tripas de la tumba desde la que sólo provenía silencio. «Matadme de una vez, hijos de puta» fue lo primero y único que oyó el guardia que bajó en primer lugar. Cuando el prisionero asomó la cabeza, decenas de agentes vieron cara a cara el horror de cerca, el de los campos de concentración, el de los muertos en vida. Pero eso ya es historia y aniversario, y Ortega Lara, padre y esposo, recuperó la suya y sigue como símbolo de resistencia contra la banda asesina.
El problema de mi querida tierra vasca
Ernest Lluch
El Correo. 19 de septiembre de 2000
Revista Espéculo. nº 16. Noviembre 2000-febrero 2001
La primera acción de ETA con resultado de muerte ha sido siempre considerada como significativa puesto que se ha intentado que posea un significado político, una liturgia y una épica trascendentes. Si preguntamos sobre cuál fue la primera, unos nos contestarán que el disparo de Txabi Etxebarrieta, a quien conocí como un activo estudiante de Económicas, contra el guardia civil Pardines, lo que sucedió el 7 de junio de 1968. Una muerte que fue correspondida con la de su protagonista.
Otros afirmarán que fue el asesinato del policía político Melitón Manzanas, de una casta que me vi forzado a conocer, por los mismos meses. Ambos casos pueden tener cierto significado, liturgia o épica para quien no tenga las ideas claras de que cualquier muerte es condenable.
Sin embargo, la primera muerte real no tuvo ningún «heroísmo». Concretarlo y demostrarlo sacará épica a los que defienden actualmente a la organización violenta y dejará responsabilidades a quienes en los años sesenta y setenta pertenecieron a ella y ahora dan lecciones al mismo tiempo que dan la impresión de que «pasaban por ahí» y que lo peor aconteció, precisamente, al día siguiente de que se dieran de baja. Cierto es que desde el mismo momento inicial, el día de San Ignacio de 1959, todos los estudiosos indican que la sexta rama de ETA tenía como responsabilidad emprender «acciones militares».
Uno de ellos, Francisco Letamendia, añade «aunque su actividad en los primeros años es bastante parca». Ser parca no es ser nula por lo que deja el rastro de que algo pasó inmediatamente. El texto anónimo De Santoña, 1937, a Burgos, 1970, que se considera autoridad sobre la primera etapa violenta de ETA, no da prácticamente pista alguna aunque afirma que desde el mismo 1960, retengan la fecha, «miembros destacados de la primera ETA pasaron a residir permanentemente en Euskadi Norte». 1961 con un descarrilamiento de ferrocarril, anótese el medio de transporte, es la fecha que se hace explícita del inicio de acciones violentas.
Distintas publicaciones indican vagamente que la primera acción violenta fue ya en 1960 con resultado de muerte, según me confirma Gurutz Jáuregui. Sin embargo, hasta 1992 no hay quien dando pelos y bastantes señales haya precisado que el primer muerto por ETA pudo ser en 1960.
Me refiero al severo estudio introductorio a La ética para la paz. Los obispos del País Vasco 1968-1992 realizado por el vicario general, antes y ahora, de la Diócesis de San Sebastián. En la página 20 de las 352 de la introducción expresa con bastante claridad lo que hasta el momento se había escrito en términos muy imprecisos: «en realidad, parece ser que la primera víctima de una acción terrorista de ETA fue la niña de 22 meses Begoña Urroz Ibarrola, muerta el día 27 de junio de 1960, al hacer explosión un artefacto colocado en la estación de Amara (San Sebastián)».
Empecemos a comprobar lo que escribió el mosén. El Diario Vasco del 28 de junio indica que a las 19:10 horas del día anterior explotó una bomba que afectó a María Begoña Urrosi (sic) Ibarrola, de 18 meses, que vivía en la calle (la omito) de Lasarte, causándole «quemaduras en ambas piernas y brazos, heridas contusas en pierna y pie izquierdos y quemaduras en la cara», ingresando en estado grave en la clínica Perpetuo Socorro. Al día siguiente informa de su muerte a primeras horas de la noche anterior, cuando ya había sido, ahora sabemos, trasladada a su casa. La familia confirma que el bebé se llamaba Urroz y que tenía 22 meses contra lo que dicen los tres periódicos locales.
El único punto en el que el mosén no es exacto es en que murió el día 28 y no el 27. La dirección es coincidente, por balconada, con la real. Las otras cinco víctimas sanaron, lo que no le fue posible a Begoña, abrasada por unas llamas de las que la arrebató un mozo de estación.
El Diario Vasco dio cuenta fotográfica y escrita del entierro. Unidad y La Voz de España, del funeral. ¿Fue ETA? El Ministerio de la Gobernación lo atribuyó a un genérico «separatistas y comunistas». El falangista donostiarra Unidad sugería que era consecuencia de una reunión habida en París entre el Partido Comunista de Francia y de España. Quien conociera al Santiago Carrillo de entonces sabe que es metafísicamente imposible.
Consultada la biblioteca de los benedictinos de Lazkao podemos añadir, según recoge la Oficina Prensa Euzkadi del Gobierno vasco en el exilio, que la agencia United Press International lo atribuyó al Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Esta era una organización de existencia confusa por lo que la OPE comenta en su nº 3.189 de 1 de julio de 1960 que es «difícil pronunciarse sobre su autenticidad». La publicación del PNV Euzko Deya titula al acto de «estupidez criminal».
Lo cierto es que explotaron al mismo tiempo diversas bombas en estaciones de tren con un solo resultado de muerte que seguramente no se buscaba, pero quien juega con fuego, y nunca peor dicho, quema aunque no se queme.
No hemos encontrado ni en Lazkao ni en publicaciones que ETA se atribuyera la colocación de bombas en 1960. El esperable resultado de una muerte especialmente repugnante debió conducir a una discreción absoluta.
La fuente en que se basó el vicario general Pagola era impecable y a partir de ella he podido obtener informaciones comprobatorias y adicionales. La familia recibió versión oficial de la autoría de ETA y en su entorno vecinal no hay duda de ello. Los detalles son estremecedores y absolutamente previsibles para quien utiliza material incendiario. Una muerte terrible.
A la madre de Begoña, que vive, quisiera extenderle toda la ternura desde el 28 de junio de 1960 hasta el final. A sus asesinos, que el remordimiento les devaste. Indigno inicio en el pecado original de ETA.
El Correo. 19 de septiembre de 2000
Revista Espéculo. nº 16. Noviembre 2000-febrero 2001
La primera acción de ETA con resultado de muerte ha sido siempre considerada como significativa puesto que se ha intentado que posea un significado político, una liturgia y una épica trascendentes. Si preguntamos sobre cuál fue la primera, unos nos contestarán que el disparo de Txabi Etxebarrieta, a quien conocí como un activo estudiante de Económicas, contra el guardia civil Pardines, lo que sucedió el 7 de junio de 1968. Una muerte que fue correspondida con la de su protagonista.
Otros afirmarán que fue el asesinato del policía político Melitón Manzanas, de una casta que me vi forzado a conocer, por los mismos meses. Ambos casos pueden tener cierto significado, liturgia o épica para quien no tenga las ideas claras de que cualquier muerte es condenable.
Sin embargo, la primera muerte real no tuvo ningún «heroísmo». Concretarlo y demostrarlo sacará épica a los que defienden actualmente a la organización violenta y dejará responsabilidades a quienes en los años sesenta y setenta pertenecieron a ella y ahora dan lecciones al mismo tiempo que dan la impresión de que «pasaban por ahí» y que lo peor aconteció, precisamente, al día siguiente de que se dieran de baja. Cierto es que desde el mismo momento inicial, el día de San Ignacio de 1959, todos los estudiosos indican que la sexta rama de ETA tenía como responsabilidad emprender «acciones militares».
Uno de ellos, Francisco Letamendia, añade «aunque su actividad en los primeros años es bastante parca». Ser parca no es ser nula por lo que deja el rastro de que algo pasó inmediatamente. El texto anónimo De Santoña, 1937, a Burgos, 1970, que se considera autoridad sobre la primera etapa violenta de ETA, no da prácticamente pista alguna aunque afirma que desde el mismo 1960, retengan la fecha, «miembros destacados de la primera ETA pasaron a residir permanentemente en Euskadi Norte». 1961 con un descarrilamiento de ferrocarril, anótese el medio de transporte, es la fecha que se hace explícita del inicio de acciones violentas.
Distintas publicaciones indican vagamente que la primera acción violenta fue ya en 1960 con resultado de muerte, según me confirma Gurutz Jáuregui. Sin embargo, hasta 1992 no hay quien dando pelos y bastantes señales haya precisado que el primer muerto por ETA pudo ser en 1960.
Me refiero al severo estudio introductorio a La ética para la paz. Los obispos del País Vasco 1968-1992 realizado por el vicario general, antes y ahora, de la Diócesis de San Sebastián. En la página 20 de las 352 de la introducción expresa con bastante claridad lo que hasta el momento se había escrito en términos muy imprecisos: «en realidad, parece ser que la primera víctima de una acción terrorista de ETA fue la niña de 22 meses Begoña Urroz Ibarrola, muerta el día 27 de junio de 1960, al hacer explosión un artefacto colocado en la estación de Amara (San Sebastián)».
Empecemos a comprobar lo que escribió el mosén. El Diario Vasco del 28 de junio indica que a las 19:10 horas del día anterior explotó una bomba que afectó a María Begoña Urrosi (sic) Ibarrola, de 18 meses, que vivía en la calle (la omito) de Lasarte, causándole «quemaduras en ambas piernas y brazos, heridas contusas en pierna y pie izquierdos y quemaduras en la cara», ingresando en estado grave en la clínica Perpetuo Socorro. Al día siguiente informa de su muerte a primeras horas de la noche anterior, cuando ya había sido, ahora sabemos, trasladada a su casa. La familia confirma que el bebé se llamaba Urroz y que tenía 22 meses contra lo que dicen los tres periódicos locales.
El único punto en el que el mosén no es exacto es en que murió el día 28 y no el 27. La dirección es coincidente, por balconada, con la real. Las otras cinco víctimas sanaron, lo que no le fue posible a Begoña, abrasada por unas llamas de las que la arrebató un mozo de estación.
El Diario Vasco dio cuenta fotográfica y escrita del entierro. Unidad y La Voz de España, del funeral. ¿Fue ETA? El Ministerio de la Gobernación lo atribuyó a un genérico «separatistas y comunistas». El falangista donostiarra Unidad sugería que era consecuencia de una reunión habida en París entre el Partido Comunista de Francia y de España. Quien conociera al Santiago Carrillo de entonces sabe que es metafísicamente imposible.
Consultada la biblioteca de los benedictinos de Lazkao podemos añadir, según recoge la Oficina Prensa Euzkadi del Gobierno vasco en el exilio, que la agencia United Press International lo atribuyó al Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Esta era una organización de existencia confusa por lo que la OPE comenta en su nº 3.189 de 1 de julio de 1960 que es «difícil pronunciarse sobre su autenticidad». La publicación del PNV Euzko Deya titula al acto de «estupidez criminal».
Lo cierto es que explotaron al mismo tiempo diversas bombas en estaciones de tren con un solo resultado de muerte que seguramente no se buscaba, pero quien juega con fuego, y nunca peor dicho, quema aunque no se queme.
No hemos encontrado ni en Lazkao ni en publicaciones que ETA se atribuyera la colocación de bombas en 1960. El esperable resultado de una muerte especialmente repugnante debió conducir a una discreción absoluta.
La fuente en que se basó el vicario general Pagola era impecable y a partir de ella he podido obtener informaciones comprobatorias y adicionales. La familia recibió versión oficial de la autoría de ETA y en su entorno vecinal no hay duda de ello. Los detalles son estremecedores y absolutamente previsibles para quien utiliza material incendiario. Una muerte terrible.
A la madre de Begoña, que vive, quisiera extenderle toda la ternura desde el 28 de junio de 1960 hasta el final. A sus asesinos, que el remordimiento les devaste. Indigno inicio en el pecado original de ETA.
En viernes y en el supermercado
Mikel Azurmendi
ABC. 19 de junio de 2007
¿Quién va en viernes a llenar el carro de la compra en el supermercado de la gran ciudad? Van familias de trabajadores, mujeres sobre todo, madres con su hija, también van hermana y hermano. ¿En qué piensa un terrorista vasco cuando coloca una bomba en viernes para que estalle el supermercado? Ese terrorista patea la zona, fuma cigarrillos distendido para estudiar a la gente y la escucha hablar y, si la maldice, porque todos hablan español, entonces piensa que son unos putos españoles y que se merecen una bomba. Y la prepara y la coloca. ¿Qué siente un terrorista vasco cuando su bomba asesina a 21 personas y deja a otras 45 gravemente heridas en un supermercado en viernes? Siente una gran alegría, como nos han informado expertos asesinos, como De Juana.
Los asesinados de ese día en un supermercado de Barcelona se llamaban Carmen, Rafael, Teresa, Jorge, Silvia, María Carmen, Susana, Sonia, Luis Enrique, Maria Emilia, Milagros, Matilde, Mercedes, José, Luisa, Felipe, Consuelo, Mercedes, María Rosa, Bárbara, Maria Paz y Javier. Apenas un solo nombre catalán. Estas personas tampoco llevaron apellidos catalanes mientras vivieron. Eran de Murcia y de Andalucía, apellidados Pascual, Carrillo, Morales, Ocaña, Daza, Vicente, Manzanares, Cabrerizo, Mármol, Salto, Viñuelas, Diéguez, Amez, Franco, Martínez, Domínguez, Valero, Caparrós, o Moreno. Pero ahora son cadáveres y ya no necesitan ser llamados. ETA lo determinó así para que a los vascos nacionalistas les dejaran autodeterminarse.
Lo dejó claro un terrorista que mataba en esa época de Hipercor pero que en 1996 vivía tranquilo en su casa, cuando le aseguraba a una antropóloga vasca que hacía la tesis doctoral en mi universidad: «Sí, lo triste de este mundo es que haya que matar, eso es lo triste, que haya que matar para que la gente se dé cuenta de que hay que resolver un problema. Joder, mañana me apunto yo a una autodeterminación de forma pacífica; tú me vas a respetar... maravilloso, todos contentos. Pero si tú no me garantizas eso ¿qué voy a hacer yo? Es una guerra. Al fin y al cabo el estado de vivir en guerra es un estado que se te impone, tú no lo eliges, a ti se te impone una situación...».
Ocho años antes de esa bomba en Hipercor, ETA voló el hotel Corona de Aragón, en Zaragoza: 78 asesinados. Y cinco años antes ETA había volado una cafetería madrileña asesinando a 12 personas. Durante estas últimas fiestas de Navidad, ETA voló la T-4 de Barajas, asesinando a dos inmigrantes que esperaban en sus coches. Pese a estos crueles atentados, la seña de identidad del terrorismo vasco es que apenas ha asesinado como el resto de los terrorismos. Su estilo ha sido más bien el tiro en la nuca, a ser posible con la víctima de espaldas o de rodillas. Y la víctima ha sido minuciosamente seleccionada Primero entre los defensores del orden público y la legalidad, y luego entre los que más combatían a ETA: dirigentes políticos, magistrados, periodistas, profesores, empleados de prisiones, de teléfonos o de cualquier ámbito que entorpeciera la actividad terrorista. El objetivo fijado por el terrorismo vasco ha sido siempre intimidar y aterrorizar a la ciudadanía descabezándole sus líderes, sus defensores y sus pensadores hasta que España se canse y le haga las concesiones políticas que demanda.
El único terrorismo europeo sobrevive en nuestro país, pertenece a los nacionalistas vascos y todavía ningún partido nacionalista vasco ha desvinculado sus propios objetivos de los fundamentos de ETA. Hasta el PNV comparte sus fines con ETA y asegura que los crímenes del terrorismo reflejan el contencioso entre los vascos y España. Ese nacionalismo vasco jamás ha condenado el nexo entre asesinato y objetivo político, jamás ha llamado verdugo a ETA y siempre ha llamado víctimas a los terroristas muertos a causa de su propia bomba o al atacar a las fuerzas del orden. Los socialistas han terminado amando más a los nacionalistas de cualquier pelaje que a los que no lo somos y han suscrito que a los terroristas les asisten razones políticas. Nosotros seguiremos sosteniendo que las víctimas fueron inocentes y que exigen una justicia política: la persecución política de los objetivos por los que se asesinó.
ABC. 19 de junio de 2007
¿Quién va en viernes a llenar el carro de la compra en el supermercado de la gran ciudad? Van familias de trabajadores, mujeres sobre todo, madres con su hija, también van hermana y hermano. ¿En qué piensa un terrorista vasco cuando coloca una bomba en viernes para que estalle el supermercado? Ese terrorista patea la zona, fuma cigarrillos distendido para estudiar a la gente y la escucha hablar y, si la maldice, porque todos hablan español, entonces piensa que son unos putos españoles y que se merecen una bomba. Y la prepara y la coloca. ¿Qué siente un terrorista vasco cuando su bomba asesina a 21 personas y deja a otras 45 gravemente heridas en un supermercado en viernes? Siente una gran alegría, como nos han informado expertos asesinos, como De Juana.
Los asesinados de ese día en un supermercado de Barcelona se llamaban Carmen, Rafael, Teresa, Jorge, Silvia, María Carmen, Susana, Sonia, Luis Enrique, Maria Emilia, Milagros, Matilde, Mercedes, José, Luisa, Felipe, Consuelo, Mercedes, María Rosa, Bárbara, Maria Paz y Javier. Apenas un solo nombre catalán. Estas personas tampoco llevaron apellidos catalanes mientras vivieron. Eran de Murcia y de Andalucía, apellidados Pascual, Carrillo, Morales, Ocaña, Daza, Vicente, Manzanares, Cabrerizo, Mármol, Salto, Viñuelas, Diéguez, Amez, Franco, Martínez, Domínguez, Valero, Caparrós, o Moreno. Pero ahora son cadáveres y ya no necesitan ser llamados. ETA lo determinó así para que a los vascos nacionalistas les dejaran autodeterminarse.
Lo dejó claro un terrorista que mataba en esa época de Hipercor pero que en 1996 vivía tranquilo en su casa, cuando le aseguraba a una antropóloga vasca que hacía la tesis doctoral en mi universidad: «Sí, lo triste de este mundo es que haya que matar, eso es lo triste, que haya que matar para que la gente se dé cuenta de que hay que resolver un problema. Joder, mañana me apunto yo a una autodeterminación de forma pacífica; tú me vas a respetar... maravilloso, todos contentos. Pero si tú no me garantizas eso ¿qué voy a hacer yo? Es una guerra. Al fin y al cabo el estado de vivir en guerra es un estado que se te impone, tú no lo eliges, a ti se te impone una situación...».
Ocho años antes de esa bomba en Hipercor, ETA voló el hotel Corona de Aragón, en Zaragoza: 78 asesinados. Y cinco años antes ETA había volado una cafetería madrileña asesinando a 12 personas. Durante estas últimas fiestas de Navidad, ETA voló la T-4 de Barajas, asesinando a dos inmigrantes que esperaban en sus coches. Pese a estos crueles atentados, la seña de identidad del terrorismo vasco es que apenas ha asesinado como el resto de los terrorismos. Su estilo ha sido más bien el tiro en la nuca, a ser posible con la víctima de espaldas o de rodillas. Y la víctima ha sido minuciosamente seleccionada Primero entre los defensores del orden público y la legalidad, y luego entre los que más combatían a ETA: dirigentes políticos, magistrados, periodistas, profesores, empleados de prisiones, de teléfonos o de cualquier ámbito que entorpeciera la actividad terrorista. El objetivo fijado por el terrorismo vasco ha sido siempre intimidar y aterrorizar a la ciudadanía descabezándole sus líderes, sus defensores y sus pensadores hasta que España se canse y le haga las concesiones políticas que demanda.
El único terrorismo europeo sobrevive en nuestro país, pertenece a los nacionalistas vascos y todavía ningún partido nacionalista vasco ha desvinculado sus propios objetivos de los fundamentos de ETA. Hasta el PNV comparte sus fines con ETA y asegura que los crímenes del terrorismo reflejan el contencioso entre los vascos y España. Ese nacionalismo vasco jamás ha condenado el nexo entre asesinato y objetivo político, jamás ha llamado verdugo a ETA y siempre ha llamado víctimas a los terroristas muertos a causa de su propia bomba o al atacar a las fuerzas del orden. Los socialistas han terminado amando más a los nacionalistas de cualquier pelaje que a los que no lo somos y han suscrito que a los terroristas les asisten razones políticas. Nosotros seguiremos sosteniendo que las víctimas fueron inocentes y que exigen una justicia política: la persecución política de los objetivos por los que se asesinó.
La chapuza como técnica asesina
Sergio Campos
BastaYa.org. 19 de junio de 2007
Eta asesinó a dos personas en diciembre, lo que significó la ruptura de eso que llamaron “alto el fuego permanente” y que tantas disquisiciones lingüístico-políticas provocó en su día, especialmente con el análisis del adverbio. Curioso país: aquí hasta el más tonto es lingüista. Más tarde sus esbirros callejeros asesinaron a otra persona en Mondragón. Y no han sido estas tres muertes sino un comunicado etarra lo que ha llevado a los responsables del gobierno a elevar sus ojos acuosos al cielo y maldecir la ruptura del llamado por Rubalcaba “llamado proceso de paz”. Ante este peculiar comportamiento, uno puede sospechar que los asesinos han sacado una conclusión tan obvia como terrible: matar sale gratis.
Así parece si tenemos en cuenta que ya se da por hecho un nuevo atentado. Leemos en la prensa, además, que va a ser espectacular. Repugna el aspecto circense del asunto. Esta resignación morbosa, semejante a la que el espectador de una película siente cuando el protagonista las pasa canutas (al fin y al cabo se trata de una ficción, pensará), tiene un aspecto tenebroso. Recordemos que tras el atentado de la T4 y el asesinato de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio todavía había reticencias a la hora de dar por terminado este capítulo triste y grotesco de la política antiterrorista en España. Y parte de esa reticencia se debió a lo siguiente: eta no había querido matarles. Como tampoco los proetarras callejeros quisieron matar por asfixia a Ambrosio Fernández en Mondragón.
Los asesinados, pues, tenían menos importancia que la estrategia. O mejor, que las estrategias (la etarra y la del gobierno).
El visionario presidente Zapatero acertó: no se descartan accidentes, vino a decir varias veces. Y lo de la T4 no fue tanto un asesinato como un accidente. Conviene recordar que los accidentes provocados por los etarras no son errores aislados que los asesinos puedan lamentar con más o menos credibilidad. Los etarras no son guerrilleros eficaces ni asesinos intrépidos y técnicamente perfectos. No. Son asesinos sucios, degenerados y muchísimas veces terriblemente chapuceros. No podemos ofrecerles nuestra resignación y no podemos permitirles que matar les salga gratis.
Respecto al carácter chapucero de las acciones terroristas de eta, permítanme rescatarles sólo una de ellas. Una de tantas. Ocurrió en Bilbao en los años 80 y la escribí en mayo del año pasado, después de una visita a la ciudad.
Aquí se vive muy bien
No es difícil pegar la hebra en cualquier lado. Lo mismo en el metro que en la pensión. El portero de la mía, que está en el casco viejo, me cuenta la historia de un gallego que trabajaba en Baracaldo. Acabó marchándose a Barcelona porque “no aguantaba el ambiente”, según señala con un gesto displicente. Un tiempo después lo vio, no sé si en Galicia, o en Cataluña, y le dijo que tenía que volver a Bilbao de visita, que no se podía imaginar cómo había cambiado la ciudad. El gallego, con cierta reticencia, volvió para quedarse tres días. Le fascinó tanto la ciudad que terminó quedándose una semana. “Es que aquí se vive muy bien”, termina diciéndome el portero. El señor que nos acompaña, muy mayor, asiente ante esta frase terminante. Con voz algo campanuda, producto no tanto del bilbainismo atroz como de su edad, pasa a hablar de aquellos tiempos en que las cuadrillas llenaban los bares cuando se iban de potes. Aquí se vive muy bien. No es la primera vez que oigo esa frase. Y no me refiero a la que le espetó Ibarretxe al hijo de José Ramón Recalde cuando fue a hacerse la foto al hospital donde éste permanecía ingresado tras haber sido tiroteado por un etarra. En Apología de Bilbao (texto también recogido en la bellísima edición de Vaga memoria de cien años) dice Rafael Sánchez Mazas: “El tema, el lema de Bilbao, como dice un documento antiguo, era ‘los que quieren bien vivir”, o sea, el ‘honeste vivere’ latino, que con el ‘alterum non laedere’ y el ‘suum cuique tribuere’, forman la doctrina del hombre civil en el estado justo”. Pero la conversación alcanza ese momento delirante en el que tres personas intercambian frases sobre tres temas distintos sin que se ocupe uno del asunto del otro, así que salgo a la calle.
Calle de María Muñoz. A la izquierda, pasada la calle Solokoetxe y unos metros más allá, está la calle Fica. Actualmente es uno de los reductos del botellón en Bilbao, que pretende ser erradicado por el Ayuntamiento. Toda esta zona está tomada por eso que Patxo Unzueta llamaba “ese sector alegre y combativo de nuestra rebelde juventud actual: tan alegre como un funeral, tan rebelde como un rebaño”. El día 12 de septiembre de 1981, Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, llegó a las puertas de su domicilio unos veinte minutos antes de las nueve de la noche. El número 32 de la calle Fica. Subió los nueve escalones que le separaban de su buzón y cogió un paquete que estaba remitido a su nombre. Algunos meses antes Luis Reina había sufrido una embolia que le había afectado el oído y la vista. Por este motivo, se acercó el paquete a la cara. El paquete explotó y le destrozó el cráneo y parte del tórax. Fueron unos 150 o 200 gramos de explosivo. La explosión causó algunos destrozos en el portal. El ruido hizo que algunos vecinos se acercaran. Entre ellos estaba su hijo, de 25 años. Más tarde, y todavía con el cadáver de Luis Reina presente, dos hermanas del asesinado, ya mayores, se sentaron en un comercio cercano sin poder decir palabra. A la mujer de Luis Reina, paralítica, con quien estaba casado desde hacía unos veinte años, no le dijeron nada hasta pasado un tiempo. En ese momento el Ministerio del Interior desconocía los motivos que habían podido tener los asesinos para matar a Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, con un paquete bomba remitido a su nombre.
Pocas horas después de haberse conocido el asesinato, Jon Idígoras, dirigente de HB, confirmó que Luis Reina Mesonero era simpatizante de la coalición abertzale y que el partido colaboraría en la preparación del funeral. Daba a entender que había sido asesinado por algún grupo de ultraderecha, como ya había ocurrido en algún otro caso. La familia se apresuró a desmentir lo dicho por Idígoras. Miembros de HB se reunieron con los familiares, y poco después anunciaron que Luis Reina Mesonero nada tenía que ver con ellos. No había lugar a victimismo alguno.
El 23 de septiembre de 1989, eta confiesa haber matado a Luis Reina por “una equivocación y error irreparables”. En el mismo comunicado dice hacer “la más seria y sincera autocrítica”. Eta atribuye su confusión al hecho de que Luis Reina tenía el mismo nombre que un policía. La Jefatura Superior de Bilbao negó que hubiese ningún policía con ese nombre.
José María Calleja, en La diáspora vasca, cuenta lo ocurrido al otro lado de este suceso. Luis Reina era propietario de un concesionario de vehículos en Bilbao. Policías y responsables del gobierno civil de Vizcaya compraban allí, y eta se enteró. Amenazó a Luis Reina, que hizo lo posible para que eta no le asesinara. Habló primero con Txomin Ziluaga, “gran dirigente de Herri Batasuna”, que le prometió “tratar su caso para que no le pasara nada, consciente de que este hombre no merecía un atentado”. También acudió Luis Reina a Txema Montero, abogado de HB, que le garantizó que no le pasaría nada. Luis Reina se entrevistó también con Jone Goirizelaia, abogada de HB, que le espetó que si “la organización” le había amenazado, era porque algo habría hecho.
Un tiempo después, Luis Reina moría asesinado. Luis Reina Mesonero. Los guerrilleros intrépidos, esos que aparecen en los periódicos de los años setenta y ochenta como protagonistas de una película policíaca, audaces, inteligentes, fríos y eficaces como máquinas de acero, consultaron las páginas amarillas para localizar a la persona que habían de matar. Y erraron.
Luis Reina, propietario del concesionario, huyó del País Vasco. A Luis Reina Mesonero, pescadero, le reventaron la cabeza y el tórax. Creo que todavía vive una de las hermanas mayores, una de esas ancianas que se sentaron sin poder articular palabra el día del asesinato. El hijo vive en la misma calle Fica. ¿En el mismo inmueble donde asesinaron a su padre? Hay un puesto de pescados en el Mercado de la Ribera a nombre de la mujer paralítica de Luis Reina Mesonero.
BastaYa.org. 19 de junio de 2007
Eta asesinó a dos personas en diciembre, lo que significó la ruptura de eso que llamaron “alto el fuego permanente” y que tantas disquisiciones lingüístico-políticas provocó en su día, especialmente con el análisis del adverbio. Curioso país: aquí hasta el más tonto es lingüista. Más tarde sus esbirros callejeros asesinaron a otra persona en Mondragón. Y no han sido estas tres muertes sino un comunicado etarra lo que ha llevado a los responsables del gobierno a elevar sus ojos acuosos al cielo y maldecir la ruptura del llamado por Rubalcaba “llamado proceso de paz”. Ante este peculiar comportamiento, uno puede sospechar que los asesinos han sacado una conclusión tan obvia como terrible: matar sale gratis.
Así parece si tenemos en cuenta que ya se da por hecho un nuevo atentado. Leemos en la prensa, además, que va a ser espectacular. Repugna el aspecto circense del asunto. Esta resignación morbosa, semejante a la que el espectador de una película siente cuando el protagonista las pasa canutas (al fin y al cabo se trata de una ficción, pensará), tiene un aspecto tenebroso. Recordemos que tras el atentado de la T4 y el asesinato de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio todavía había reticencias a la hora de dar por terminado este capítulo triste y grotesco de la política antiterrorista en España. Y parte de esa reticencia se debió a lo siguiente: eta no había querido matarles. Como tampoco los proetarras callejeros quisieron matar por asfixia a Ambrosio Fernández en Mondragón.
Los asesinados, pues, tenían menos importancia que la estrategia. O mejor, que las estrategias (la etarra y la del gobierno).
El visionario presidente Zapatero acertó: no se descartan accidentes, vino a decir varias veces. Y lo de la T4 no fue tanto un asesinato como un accidente. Conviene recordar que los accidentes provocados por los etarras no son errores aislados que los asesinos puedan lamentar con más o menos credibilidad. Los etarras no son guerrilleros eficaces ni asesinos intrépidos y técnicamente perfectos. No. Son asesinos sucios, degenerados y muchísimas veces terriblemente chapuceros. No podemos ofrecerles nuestra resignación y no podemos permitirles que matar les salga gratis.
Respecto al carácter chapucero de las acciones terroristas de eta, permítanme rescatarles sólo una de ellas. Una de tantas. Ocurrió en Bilbao en los años 80 y la escribí en mayo del año pasado, después de una visita a la ciudad.
Aquí se vive muy bien
No es difícil pegar la hebra en cualquier lado. Lo mismo en el metro que en la pensión. El portero de la mía, que está en el casco viejo, me cuenta la historia de un gallego que trabajaba en Baracaldo. Acabó marchándose a Barcelona porque “no aguantaba el ambiente”, según señala con un gesto displicente. Un tiempo después lo vio, no sé si en Galicia, o en Cataluña, y le dijo que tenía que volver a Bilbao de visita, que no se podía imaginar cómo había cambiado la ciudad. El gallego, con cierta reticencia, volvió para quedarse tres días. Le fascinó tanto la ciudad que terminó quedándose una semana. “Es que aquí se vive muy bien”, termina diciéndome el portero. El señor que nos acompaña, muy mayor, asiente ante esta frase terminante. Con voz algo campanuda, producto no tanto del bilbainismo atroz como de su edad, pasa a hablar de aquellos tiempos en que las cuadrillas llenaban los bares cuando se iban de potes. Aquí se vive muy bien. No es la primera vez que oigo esa frase. Y no me refiero a la que le espetó Ibarretxe al hijo de José Ramón Recalde cuando fue a hacerse la foto al hospital donde éste permanecía ingresado tras haber sido tiroteado por un etarra. En Apología de Bilbao (texto también recogido en la bellísima edición de Vaga memoria de cien años) dice Rafael Sánchez Mazas: “El tema, el lema de Bilbao, como dice un documento antiguo, era ‘los que quieren bien vivir”, o sea, el ‘honeste vivere’ latino, que con el ‘alterum non laedere’ y el ‘suum cuique tribuere’, forman la doctrina del hombre civil en el estado justo”. Pero la conversación alcanza ese momento delirante en el que tres personas intercambian frases sobre tres temas distintos sin que se ocupe uno del asunto del otro, así que salgo a la calle.
Calle de María Muñoz. A la izquierda, pasada la calle Solokoetxe y unos metros más allá, está la calle Fica. Actualmente es uno de los reductos del botellón en Bilbao, que pretende ser erradicado por el Ayuntamiento. Toda esta zona está tomada por eso que Patxo Unzueta llamaba “ese sector alegre y combativo de nuestra rebelde juventud actual: tan alegre como un funeral, tan rebelde como un rebaño”. El día 12 de septiembre de 1981, Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, llegó a las puertas de su domicilio unos veinte minutos antes de las nueve de la noche. El número 32 de la calle Fica. Subió los nueve escalones que le separaban de su buzón y cogió un paquete que estaba remitido a su nombre. Algunos meses antes Luis Reina había sufrido una embolia que le había afectado el oído y la vista. Por este motivo, se acercó el paquete a la cara. El paquete explotó y le destrozó el cráneo y parte del tórax. Fueron unos 150 o 200 gramos de explosivo. La explosión causó algunos destrozos en el portal. El ruido hizo que algunos vecinos se acercaran. Entre ellos estaba su hijo, de 25 años. Más tarde, y todavía con el cadáver de Luis Reina presente, dos hermanas del asesinado, ya mayores, se sentaron en un comercio cercano sin poder decir palabra. A la mujer de Luis Reina, paralítica, con quien estaba casado desde hacía unos veinte años, no le dijeron nada hasta pasado un tiempo. En ese momento el Ministerio del Interior desconocía los motivos que habían podido tener los asesinos para matar a Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, con un paquete bomba remitido a su nombre.
Pocas horas después de haberse conocido el asesinato, Jon Idígoras, dirigente de HB, confirmó que Luis Reina Mesonero era simpatizante de la coalición abertzale y que el partido colaboraría en la preparación del funeral. Daba a entender que había sido asesinado por algún grupo de ultraderecha, como ya había ocurrido en algún otro caso. La familia se apresuró a desmentir lo dicho por Idígoras. Miembros de HB se reunieron con los familiares, y poco después anunciaron que Luis Reina Mesonero nada tenía que ver con ellos. No había lugar a victimismo alguno.
El 23 de septiembre de 1989, eta confiesa haber matado a Luis Reina por “una equivocación y error irreparables”. En el mismo comunicado dice hacer “la más seria y sincera autocrítica”. Eta atribuye su confusión al hecho de que Luis Reina tenía el mismo nombre que un policía. La Jefatura Superior de Bilbao negó que hubiese ningún policía con ese nombre.
José María Calleja, en La diáspora vasca, cuenta lo ocurrido al otro lado de este suceso. Luis Reina era propietario de un concesionario de vehículos en Bilbao. Policías y responsables del gobierno civil de Vizcaya compraban allí, y eta se enteró. Amenazó a Luis Reina, que hizo lo posible para que eta no le asesinara. Habló primero con Txomin Ziluaga, “gran dirigente de Herri Batasuna”, que le prometió “tratar su caso para que no le pasara nada, consciente de que este hombre no merecía un atentado”. También acudió Luis Reina a Txema Montero, abogado de HB, que le garantizó que no le pasaría nada. Luis Reina se entrevistó también con Jone Goirizelaia, abogada de HB, que le espetó que si “la organización” le había amenazado, era porque algo habría hecho.
Un tiempo después, Luis Reina moría asesinado. Luis Reina Mesonero. Los guerrilleros intrépidos, esos que aparecen en los periódicos de los años setenta y ochenta como protagonistas de una película policíaca, audaces, inteligentes, fríos y eficaces como máquinas de acero, consultaron las páginas amarillas para localizar a la persona que habían de matar. Y erraron.
Luis Reina, propietario del concesionario, huyó del País Vasco. A Luis Reina Mesonero, pescadero, le reventaron la cabeza y el tórax. Creo que todavía vive una de las hermanas mayores, una de esas ancianas que se sentaron sin poder articular palabra el día del asesinato. El hijo vive en la misma calle Fica. ¿En el mismo inmueble donde asesinaron a su padre? Hay un puesto de pescados en el Mercado de la Ribera a nombre de la mujer paralítica de Luis Reina Mesonero.
Justicia, víctimas, propaganda y circunstancias
Maite Pagazaurtundua
El Correo. 8 de junio de 2007
Es más probable que quienes han perdido a un ser querido, asesinado por los terroristas, encaren su condición humana despojándose de las circunstancias -políticas tácticas hay que entender- y de la propaganda ambiental. Es más probable que sientan y se comporten como seres humanos, según la máxima de Albert Camus demandando justicia. Es probable que se resistan a componendas chapuceras que aspiren a disfrazar algún tipo de impunidad judicial o social. Ahora bien, un medio ambiente cegado para la verdad, bajo toneladas de propaganda partidista, puede provocarles un dolor moral inmenso que convierta su duelo cotidiano en una tortura.
La tragedia humana del 11-M no derivó en grandeza moral por parte de las fuerzas políticas en aquella comisión parlamentaria en la que sus señorías -con algunas honrosas excepciones- se tiraban los trastos a la cabeza, concernidos en sus cosas, y olvidando el terrible duelo que habían iniciado pocas semanas antes tantos familiares de asesinados, tantos heridos con secuelas gravísimas, con mutilaciones
Los nacionalistas vascos que durante muchos años confiaron en el diálogo -con los terroristas y sus representantes políticos- como la fórmula mágica para el fin del terrorismo consideraban con paternalismo a las víctimas. Ante su palabra pública, estimaban que no era necesario contestarles porque eran víctimas y el dolor les habría cegado el entendimiento, como si la condición de víctima anulase la posibilidad de tener atisbos siquiera de lucidez intelectual. Paradójicamente, ese falso argumento escondía la imposibilidad de los nacionalistas -y después de algunos dirigentes socialistas vascos- de despojarse de las circunstancias políticas tácticas, del pragmatismo ramplón más primario, y de encarar la necesidad de justicia que se alberga en el fondo de la condición humana. La necesidad de justicia que nos aleja de la venganza y de la respuesta violenta ante el poder de los terroristas. La necesidad de justicia que da orden y principios a una sociedad, incluyendo la reinserción y la generosidad hacia los penados bajo la condición del arrepentimiento, en primerísimo lugar.
Lo cierto es que hace menos de una semana muchas personas se comportaban de forma insensible ante quienes sentíamos horror por el previsible envío a su domicilio de un asesino múltiple con una nueva condena por amenazas que se negaba a cumplir. Incluso ahora que ETA ha comunicado lo que todos sabíamos, muchas personas pueden seguir contemplando a las víctimas como gentes llenas de odio, cuando dos generaciones de huérfanos no han sido educadas en la venganza, sino en el deseo de justicia, paz y libertad. Durante los últimos tiempos, las víctimas del terrorismo etarra han querido ser vistas por una parte de la opinión pública como un pequeño colectivo cuyas reivindicaciones serían privativas, en lugar de verlas como la realidad de una sociedad amenazada en su libertad política, en sus reglas de juego y en la dignidad y derechos más básicos, los de la vida y la libertad.
Me puedo equivocar y mucho, pero la sociedad vasca puede hacer las cosas más importantes para frenar la impunidad ambiental que existe en el País Vasco. La gente normal, la que nunca se mete en nada, es la única que tiene el poder de hacer ver a los miembros de Batasuna que viven en una burbuja conceptual, que su Euskal Herria no es la sociedad en la que quieren vivir los vascos y navarros. Y esa gente que no se mete en política, que intenta sacar a su familia adelante, es más poderosa que los gobiernos y los políticos porque, ante la multitud, como hace diez años cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, los de ETA no podrán evitar sentir la realidad que se ocultan a sí mismos con una férrea disciplina mental y organizativa.
La gente puede hacer mucho negándose a dar como normal la amenaza de muerte expresa de algunos de sus vecinos y la amenaza aleatoria -aunque no lo piensen, es así- de sus seres más queridos, por el azar de un atentado cualquiera. El compromiso social pacífico y democrático, especialmente en los jóvenes, y la demanda neta y humana de justicia en el sentido que expresaba Camus podrían frenar el poder de los iluminados que confunden su noción de Euskal Herria con la realidad social, plural y moderna del País Vasco y Navarra. La petición de justicia, lo humano con mayúsculas, es nuestra gran fuerza a medio plazo, si la mayoría social, y sobre todo la juventud, se atreve a dar la cara. Algunos estamos muy heridos y no podemos hacerlo solos.
El Correo. 8 de junio de 2007
Es más probable que quienes han perdido a un ser querido, asesinado por los terroristas, encaren su condición humana despojándose de las circunstancias -políticas tácticas hay que entender- y de la propaganda ambiental. Es más probable que sientan y se comporten como seres humanos, según la máxima de Albert Camus demandando justicia. Es probable que se resistan a componendas chapuceras que aspiren a disfrazar algún tipo de impunidad judicial o social. Ahora bien, un medio ambiente cegado para la verdad, bajo toneladas de propaganda partidista, puede provocarles un dolor moral inmenso que convierta su duelo cotidiano en una tortura.
La tragedia humana del 11-M no derivó en grandeza moral por parte de las fuerzas políticas en aquella comisión parlamentaria en la que sus señorías -con algunas honrosas excepciones- se tiraban los trastos a la cabeza, concernidos en sus cosas, y olvidando el terrible duelo que habían iniciado pocas semanas antes tantos familiares de asesinados, tantos heridos con secuelas gravísimas, con mutilaciones
Los nacionalistas vascos que durante muchos años confiaron en el diálogo -con los terroristas y sus representantes políticos- como la fórmula mágica para el fin del terrorismo consideraban con paternalismo a las víctimas. Ante su palabra pública, estimaban que no era necesario contestarles porque eran víctimas y el dolor les habría cegado el entendimiento, como si la condición de víctima anulase la posibilidad de tener atisbos siquiera de lucidez intelectual. Paradójicamente, ese falso argumento escondía la imposibilidad de los nacionalistas -y después de algunos dirigentes socialistas vascos- de despojarse de las circunstancias políticas tácticas, del pragmatismo ramplón más primario, y de encarar la necesidad de justicia que se alberga en el fondo de la condición humana. La necesidad de justicia que nos aleja de la venganza y de la respuesta violenta ante el poder de los terroristas. La necesidad de justicia que da orden y principios a una sociedad, incluyendo la reinserción y la generosidad hacia los penados bajo la condición del arrepentimiento, en primerísimo lugar.
Lo cierto es que hace menos de una semana muchas personas se comportaban de forma insensible ante quienes sentíamos horror por el previsible envío a su domicilio de un asesino múltiple con una nueva condena por amenazas que se negaba a cumplir. Incluso ahora que ETA ha comunicado lo que todos sabíamos, muchas personas pueden seguir contemplando a las víctimas como gentes llenas de odio, cuando dos generaciones de huérfanos no han sido educadas en la venganza, sino en el deseo de justicia, paz y libertad. Durante los últimos tiempos, las víctimas del terrorismo etarra han querido ser vistas por una parte de la opinión pública como un pequeño colectivo cuyas reivindicaciones serían privativas, en lugar de verlas como la realidad de una sociedad amenazada en su libertad política, en sus reglas de juego y en la dignidad y derechos más básicos, los de la vida y la libertad.
Me puedo equivocar y mucho, pero la sociedad vasca puede hacer las cosas más importantes para frenar la impunidad ambiental que existe en el País Vasco. La gente normal, la que nunca se mete en nada, es la única que tiene el poder de hacer ver a los miembros de Batasuna que viven en una burbuja conceptual, que su Euskal Herria no es la sociedad en la que quieren vivir los vascos y navarros. Y esa gente que no se mete en política, que intenta sacar a su familia adelante, es más poderosa que los gobiernos y los políticos porque, ante la multitud, como hace diez años cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, los de ETA no podrán evitar sentir la realidad que se ocultan a sí mismos con una férrea disciplina mental y organizativa.
La gente puede hacer mucho negándose a dar como normal la amenaza de muerte expresa de algunos de sus vecinos y la amenaza aleatoria -aunque no lo piensen, es así- de sus seres más queridos, por el azar de un atentado cualquiera. El compromiso social pacífico y democrático, especialmente en los jóvenes, y la demanda neta y humana de justicia en el sentido que expresaba Camus podrían frenar el poder de los iluminados que confunden su noción de Euskal Herria con la realidad social, plural y moderna del País Vasco y Navarra. La petición de justicia, lo humano con mayúsculas, es nuestra gran fuerza a medio plazo, si la mayoría social, y sobre todo la juventud, se atreve a dar la cara. Algunos estamos muy heridos y no podemos hacerlo solos.
La hora de los principios
María Caballero
Diario de Navarra. 6 de junio de 2007
Nunca hubiese imaginado que acabaría firmando un artículo como “hija de Tomás Caballero, asesinado por ETA”. A la vista del rumbo que han tomado los acontecimientos en las dos últimas semanas, creo que es lo mínimo que puedo hacer por mi padre. Se lo debo a él y a todas las demás víctimas de ETA.
Firmo mi artículo como hija de Tomás Caballero porque intuyo que estamos a punto de cruzar una frontera a la que nunca deberíamos habernos acercado. Hay quien asegura que ninguna muerte tiene sentido, pero yo estoy convencida de que sí podemos dar un sentido a la ausencia de los asesinados si logramos mantener vivo su recuerdo, si lo convertimos en un estímulo, si asumimos que tenemos contraída una deuda con los que murieron, si sentimos en primera persona la responsabilidad de la Historia. Las tumbas de los asesinados deben recordarnos siempre por dónde discurren los límites de la democracia, de la paz y la libertad.
¿Qué tiene que ver todo esto con la actual coyuntura política?, podría preguntarme alguien. Mucho. Bastante más de lo que a mí me gustaría. Parece obvio que las elecciones han abierto la posibilidad de una alternativa a UPN-CDN, tanto en el Gobierno de Navarra como en el Ayuntamiento de Pamplona. Pero el cambio que se pretende exige los votos de Nafarroa Bai y, en el segundo caso, los de ANV. Tanto Nafarroa Bai como ANV son formaciones nacionalistas y comparten un planteamiento esencialmente distinto al de casi todos los demás partidos. Para ellos es nuclear el hecho de considerarse distintos: cuando nosotros nos sentamos a la mesa para empezar a hablar, ellos irrumpen con sus reivindicaciones históricas. ¿De verdad el PSN tiene más en común con ellos que con UPN? ¿De verdad cree el PSN que los ciudadanos de Navarra hemos pedido que sea Nafarroa Bai quien organice la cultura o la educación de nuestros hijos durante los próximos cuatro años? ¿También los parlamentarios y los concejales socialistas se taparán la nariz —como ha anunciado que hará Mariné Pueyo— a la hora de votar?
He dirigido esta carta a los socialistas navarros: estoy convencida de que no todos estarán conformes con lo que parece que va a pasar. Me gustaría que al menos algunos detengan esta especie de carrera desenfrenada hacia no se sabe dónde, que trasciendan el mapa político que han dibujado las siglas, que piensen en la historia reciente, que se miren en el espejo de sus propias convicciones y que mediten el paso que su partido está a punto de dar.
A mi padre le privaron de su escaño de concejal pegándole dos tiros. Lo mataron porque nunca perdió su dignidad, porque expuso con firmeza sus convicciones, porque defendió con valentía la libertad de todos frente a ETA. Para nosotros es un orgullo saber que siempre fue fiel a sus principios, que no los rebajó por miedo y que no los ocultó para medrar. Ejerció la oposición con la cabeza bien alta, fiel a sí mismo y a quienes le habían votado.
A la vuelta de nueve años, es triste comprobar que aquellos que justificaron su muerte están a punto de volver a las instituciones. Y no me refiero únicamente a los dos ediles de ANV; estoy pensando también en Patxi Zabaleta, portavoz de Herri Batasuna en el Parlamento de Navarra cuando mataron a mi padre. Por supuesto, no condenó el asesinato.
Con todo, mi mensaje no es para Zabaleta sino para los socialistas que estos días barajan un posible pacto con él y con sus compañeros de coalición. Son ellos quienes realmente van a decidir el futuro de Navarra y de Pamplona, por mucho que intenten desviar la responsabilidad hacia Nafarroa Bai y digan que es Uxue Barkos quien se va a beneficiar de los votos de ANV. Hay entre esos socialistas hombres y mujeres con los que he vivido momentos muy duros y muy difíciles. Hemos compartido reuniones, proyectos y pancartas (una de ellas, por cierto, contra el nacionalismo obligatorio). Algunos nos arroparon a mis hermanos y a mí cuando los asesinos de mi padre fueron juzgados en la Audiencia Nacional, y siempre les estaré agradecida. Entiendo que la posibilidad de gobernar es atractiva, pero me atrevería a recordarles que no deberían hacerlo a cualquier precio. Me cuesta creer que es mayor el resentimiento que albergan hacia UPN que el que sienten por ANV o Nafarroa Bai. Es un hecho que cada partido tiene su estrategia y que las decisiones que toma una ejecutiva a veces no son unánimes. Pero, al final, todos somos dueños de nuestros actos. Por eso apelo a los socialistas que estos días deciden su futuro y el nuestro: para que lo hagan atendiendo a sus principios, a su historia, y también a los principios y a la historia de quienes han sido asesinados.
María Caballero
Hija de Tomás Caballero, asesinado por ETA
Diario de Navarra. 6 de junio de 2007
Nunca hubiese imaginado que acabaría firmando un artículo como “hija de Tomás Caballero, asesinado por ETA”. A la vista del rumbo que han tomado los acontecimientos en las dos últimas semanas, creo que es lo mínimo que puedo hacer por mi padre. Se lo debo a él y a todas las demás víctimas de ETA.
Firmo mi artículo como hija de Tomás Caballero porque intuyo que estamos a punto de cruzar una frontera a la que nunca deberíamos habernos acercado. Hay quien asegura que ninguna muerte tiene sentido, pero yo estoy convencida de que sí podemos dar un sentido a la ausencia de los asesinados si logramos mantener vivo su recuerdo, si lo convertimos en un estímulo, si asumimos que tenemos contraída una deuda con los que murieron, si sentimos en primera persona la responsabilidad de la Historia. Las tumbas de los asesinados deben recordarnos siempre por dónde discurren los límites de la democracia, de la paz y la libertad.
¿Qué tiene que ver todo esto con la actual coyuntura política?, podría preguntarme alguien. Mucho. Bastante más de lo que a mí me gustaría. Parece obvio que las elecciones han abierto la posibilidad de una alternativa a UPN-CDN, tanto en el Gobierno de Navarra como en el Ayuntamiento de Pamplona. Pero el cambio que se pretende exige los votos de Nafarroa Bai y, en el segundo caso, los de ANV. Tanto Nafarroa Bai como ANV son formaciones nacionalistas y comparten un planteamiento esencialmente distinto al de casi todos los demás partidos. Para ellos es nuclear el hecho de considerarse distintos: cuando nosotros nos sentamos a la mesa para empezar a hablar, ellos irrumpen con sus reivindicaciones históricas. ¿De verdad el PSN tiene más en común con ellos que con UPN? ¿De verdad cree el PSN que los ciudadanos de Navarra hemos pedido que sea Nafarroa Bai quien organice la cultura o la educación de nuestros hijos durante los próximos cuatro años? ¿También los parlamentarios y los concejales socialistas se taparán la nariz —como ha anunciado que hará Mariné Pueyo— a la hora de votar?
He dirigido esta carta a los socialistas navarros: estoy convencida de que no todos estarán conformes con lo que parece que va a pasar. Me gustaría que al menos algunos detengan esta especie de carrera desenfrenada hacia no se sabe dónde, que trasciendan el mapa político que han dibujado las siglas, que piensen en la historia reciente, que se miren en el espejo de sus propias convicciones y que mediten el paso que su partido está a punto de dar.
A mi padre le privaron de su escaño de concejal pegándole dos tiros. Lo mataron porque nunca perdió su dignidad, porque expuso con firmeza sus convicciones, porque defendió con valentía la libertad de todos frente a ETA. Para nosotros es un orgullo saber que siempre fue fiel a sus principios, que no los rebajó por miedo y que no los ocultó para medrar. Ejerció la oposición con la cabeza bien alta, fiel a sí mismo y a quienes le habían votado.
A la vuelta de nueve años, es triste comprobar que aquellos que justificaron su muerte están a punto de volver a las instituciones. Y no me refiero únicamente a los dos ediles de ANV; estoy pensando también en Patxi Zabaleta, portavoz de Herri Batasuna en el Parlamento de Navarra cuando mataron a mi padre. Por supuesto, no condenó el asesinato.
Con todo, mi mensaje no es para Zabaleta sino para los socialistas que estos días barajan un posible pacto con él y con sus compañeros de coalición. Son ellos quienes realmente van a decidir el futuro de Navarra y de Pamplona, por mucho que intenten desviar la responsabilidad hacia Nafarroa Bai y digan que es Uxue Barkos quien se va a beneficiar de los votos de ANV. Hay entre esos socialistas hombres y mujeres con los que he vivido momentos muy duros y muy difíciles. Hemos compartido reuniones, proyectos y pancartas (una de ellas, por cierto, contra el nacionalismo obligatorio). Algunos nos arroparon a mis hermanos y a mí cuando los asesinos de mi padre fueron juzgados en la Audiencia Nacional, y siempre les estaré agradecida. Entiendo que la posibilidad de gobernar es atractiva, pero me atrevería a recordarles que no deberían hacerlo a cualquier precio. Me cuesta creer que es mayor el resentimiento que albergan hacia UPN que el que sienten por ANV o Nafarroa Bai. Es un hecho que cada partido tiene su estrategia y que las decisiones que toma una ejecutiva a veces no son unánimes. Pero, al final, todos somos dueños de nuestros actos. Por eso apelo a los socialistas que estos días deciden su futuro y el nuestro: para que lo hagan atendiendo a sus principios, a su historia, y también a los principios y a la historia de quienes han sido asesinados.
María Caballero
Hija de Tomás Caballero, asesinado por ETA
El hijo del «chivato»
Nieves Colli
ABC. 9 de abril de 2004
No piden nada, sólo vivir tranquilos. Son víctimas del terrorismo de ETA y están satisfechos con la Justicia: los asesinos están en la cárcel y la indemnización -aunque aún no la han cobrado completa- les ha permitido cerrar a cal y canto la puerta por la que la tragedia entró un día en su casa. Abuela y nieto se han hecho imprescindibles el uno para el otro ya jubilada a pesar de sus 59 años, ha sufrido en sus carnes los «efectos colaterales» de la sinrazón, del tiro en la nuca. De ello son testigo y consecuencia las profundas arrugas que surcan su rostro.
La epopeya de Ana María no comienza con el atentado que, el 2 de junio de 1993, acabó con la vida de su yerno. Su historia empezó mucho antes y ETA no hizo sino apalear al apaleado. A perro flaco todo se le vuelven pulgas, dice el refrán.
Ana María y su esposo -padres de cinco hijos- eran feriantes, trabajo que les permitió contactar con políticos en numerosos municipios vascos. Entre ellos, el que fuera presidente del PP guipuzcoano, Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA el 23 de enero de 1995, y su sucesora en el cargo, María San Gil, en el punto de mira de los terroristas y condenada por ello a vivir con protección.
Cuando en 1993 ETA asesinó a Ángel (el yerno de Ana María) por su relación con el mundo de las drogas -los terroristas llamaron a la puerta de su casa y le dispararon un tiro en la cabeza cuando abrió-, Ana María ya se había hecho cargo de su nieto Jon ante la incapacidad de su hija Julia y del marido de ésta, ambos toxicómanos, de educar al chiquillo.
A los tres años de edad, Jon apenas conocía a su padre que, durante ese tiempo, cumplió con el servicio militar primero y con una condena después, tras verse implicado en una pelea. En 1987, cuando Ángel salió de la cárcel, éste y Julia se casaron y volvieron a hacerse cargo de su hijo, al que llevaban los fines de semana a casa de Ana María. Al niño le gustaba estar con su abuela.
Pedir la custodia
Pero la normalidad duró bien poco. Ángel volvió a engancharse a la droga y detrás de él Julia, que hasta llegó a pasar dos años en prisión por tráfico de estupefacientes. Ya no volvieron a casa de la abuela para recoger a Jon.
Pasaron unos años antes de que el niño volviera a ver a su madre. Fue cuando ésta salió de la cárcel. Julia volvió a casa de Ana María y, con la promesa de dejar definitivamente las drogas, empezó a trabajar con ella en las ferias. Pero no fue así y, en 1990, cuando Jon tenía cinco años, su madre volvió a dejarle y a hundirse con su marido en el infierno de la heroína. «Mi marido -cuenta Ana María con la serenidad que da el tiempo transcurrido- me llamó para decirme que nuestro nieto había llegado llorando a la caravana. Julia se había vuelto a marchar».
Este episodio fue la gota que colmó el vaso así que Ana María decidió pedir la custodia del niño. Desde entonces, esta mujer ejerce de madre y de abuela tanto de Jon -que ya ha cumplido 21 años- como de una de sus hermanas pequeñas, Erika, que nació en septiembre de 2001 fruto de una relación posterior de Julia. Erika nació con anticuerpos del sida.
Esta familia vive en Madrid desde 1997, año en el que Ana María decidió abandonar San Sebastián a raíz de que otros niños en el colegio señalaran a Jon con el dedo como el hijo del «chivato» asesinado por ETA. Las duras experiencias vividas por el muchacho le provocaron depresiones de las que hoy, por fin, está plenamente recuperado.
De su vida en el País Vasco Jon guarda pocos recuerdos. Abandonó esa tierra siendo niño y, además, prefiere no pensar mucho en aquellos años. «Ya pasó», dice, ahorrando tanto en recuerdos como en palabras. Amable y cordial, contesta a todas las preguntas sobre su infancia, sus padres, el colegio, sobre el día del atentado... pero la brevedad de sus respuestas es el espejo de su voluntad por no reabrir una herida que le ha costado, pero ha conseguido cerrar.
«¿Mis recuerdos sobre mis padres? Hoy por hoy, bien pocos. Recuerdo que vivía con ellos, pero poco», cuenta Jon arañando en el pasado. «Lo que más, un cumpleaños, el último, con cinco o seis años, que mi padre me regaló un coche teledirigido».
Sin rencor
Sus palabras no encierran ningún rencor, ni siquiera por los momentos más duros, aquellos que llevaron a su abuela -«para mí, ella es mi madre», asegura- a sacarle del País Vasco. «Allí tenía muchos amigos, sobre todo uno del barrio y dos del «cole»», asegura. Y sigue: «Luego había quien me echaba en cara que yo no tenía padre, que le habían matado... Es como en todos lados, que hay gente con ganas de hacer daño. Pero no todo el mundo es igual». En cualquier caso, Jon prefiere no ir por allí, porque le devuelve a la memoria los malos momentos.
«Y del día del atentado... Mi madre llegó llorando. Desde el primer momento lo vi en la tele. Lo supe en seguida, pero no sabía qué significaba. Luego he pensado en ello. Me hago preguntas, sobre todo por qué mi padre abrió la puerta, y es surrealista. Él nunca abría a nadie si no lo conocía, por eso he pensado que era alguien conocido».
Ana María, su abuela, sonríe al confesar que en Madrid ha recuperado la libertad, algo de lo que no se disfruta en el País Vasco. «Allí vas a un bar y no puedes hablar ni de fútbol», indica. Y lo mismo le ha ocurrido siempre con casi todos los simpatizantes de Batasuna que conoce, que son muchos. «En seguida te echan en cara que eres españolista», explica.
Jubilada, esta víctima del terrorismo cobra la pensión mínima (cerca de 400 euros al mes), que no le llega ni para pagar el alquiler del piso en el que vive junto con una de sus hijas y sus dos nietos adoptados, en un popular barrio madrileño. En casa ya no entra tampoco la pensión de orfandad que percibía Jon, pues ya ha cumplido 21 años y, por ley, ese dinero pasa a la viuda de la víctima del atentado.
Pero Ana María fue muy precavida e invirtió en la compra de pisos -que puso a nombre de su nieto- la mitad del dinero percibido en su día como indemnización por el atentado. La otra mitad la gastó en terapias de rehabilitación de toxicómanos para su hija -madre de Jon y de Erika-, pero todo el esfuerzo cayó en saco roto. Gracias a su previsión, ha podido ofrecer a sus nietos una vida digna y la formación escolar adecuada.
ABC. 9 de abril de 2004
No piden nada, sólo vivir tranquilos. Son víctimas del terrorismo de ETA y están satisfechos con la Justicia: los asesinos están en la cárcel y la indemnización -aunque aún no la han cobrado completa- les ha permitido cerrar a cal y canto la puerta por la que la tragedia entró un día en su casa. Abuela y nieto se han hecho imprescindibles el uno para el otro ya jubilada a pesar de sus 59 años, ha sufrido en sus carnes los «efectos colaterales» de la sinrazón, del tiro en la nuca. De ello son testigo y consecuencia las profundas arrugas que surcan su rostro.
La epopeya de Ana María no comienza con el atentado que, el 2 de junio de 1993, acabó con la vida de su yerno. Su historia empezó mucho antes y ETA no hizo sino apalear al apaleado. A perro flaco todo se le vuelven pulgas, dice el refrán.
Ana María y su esposo -padres de cinco hijos- eran feriantes, trabajo que les permitió contactar con políticos en numerosos municipios vascos. Entre ellos, el que fuera presidente del PP guipuzcoano, Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA el 23 de enero de 1995, y su sucesora en el cargo, María San Gil, en el punto de mira de los terroristas y condenada por ello a vivir con protección.
Cuando en 1993 ETA asesinó a Ángel (el yerno de Ana María) por su relación con el mundo de las drogas -los terroristas llamaron a la puerta de su casa y le dispararon un tiro en la cabeza cuando abrió-, Ana María ya se había hecho cargo de su nieto Jon ante la incapacidad de su hija Julia y del marido de ésta, ambos toxicómanos, de educar al chiquillo.
A los tres años de edad, Jon apenas conocía a su padre que, durante ese tiempo, cumplió con el servicio militar primero y con una condena después, tras verse implicado en una pelea. En 1987, cuando Ángel salió de la cárcel, éste y Julia se casaron y volvieron a hacerse cargo de su hijo, al que llevaban los fines de semana a casa de Ana María. Al niño le gustaba estar con su abuela.
Pedir la custodia
Pero la normalidad duró bien poco. Ángel volvió a engancharse a la droga y detrás de él Julia, que hasta llegó a pasar dos años en prisión por tráfico de estupefacientes. Ya no volvieron a casa de la abuela para recoger a Jon.
Pasaron unos años antes de que el niño volviera a ver a su madre. Fue cuando ésta salió de la cárcel. Julia volvió a casa de Ana María y, con la promesa de dejar definitivamente las drogas, empezó a trabajar con ella en las ferias. Pero no fue así y, en 1990, cuando Jon tenía cinco años, su madre volvió a dejarle y a hundirse con su marido en el infierno de la heroína. «Mi marido -cuenta Ana María con la serenidad que da el tiempo transcurrido- me llamó para decirme que nuestro nieto había llegado llorando a la caravana. Julia se había vuelto a marchar».
Este episodio fue la gota que colmó el vaso así que Ana María decidió pedir la custodia del niño. Desde entonces, esta mujer ejerce de madre y de abuela tanto de Jon -que ya ha cumplido 21 años- como de una de sus hermanas pequeñas, Erika, que nació en septiembre de 2001 fruto de una relación posterior de Julia. Erika nació con anticuerpos del sida.
Esta familia vive en Madrid desde 1997, año en el que Ana María decidió abandonar San Sebastián a raíz de que otros niños en el colegio señalaran a Jon con el dedo como el hijo del «chivato» asesinado por ETA. Las duras experiencias vividas por el muchacho le provocaron depresiones de las que hoy, por fin, está plenamente recuperado.
De su vida en el País Vasco Jon guarda pocos recuerdos. Abandonó esa tierra siendo niño y, además, prefiere no pensar mucho en aquellos años. «Ya pasó», dice, ahorrando tanto en recuerdos como en palabras. Amable y cordial, contesta a todas las preguntas sobre su infancia, sus padres, el colegio, sobre el día del atentado... pero la brevedad de sus respuestas es el espejo de su voluntad por no reabrir una herida que le ha costado, pero ha conseguido cerrar.
«¿Mis recuerdos sobre mis padres? Hoy por hoy, bien pocos. Recuerdo que vivía con ellos, pero poco», cuenta Jon arañando en el pasado. «Lo que más, un cumpleaños, el último, con cinco o seis años, que mi padre me regaló un coche teledirigido».
Sin rencor
Sus palabras no encierran ningún rencor, ni siquiera por los momentos más duros, aquellos que llevaron a su abuela -«para mí, ella es mi madre», asegura- a sacarle del País Vasco. «Allí tenía muchos amigos, sobre todo uno del barrio y dos del «cole»», asegura. Y sigue: «Luego había quien me echaba en cara que yo no tenía padre, que le habían matado... Es como en todos lados, que hay gente con ganas de hacer daño. Pero no todo el mundo es igual». En cualquier caso, Jon prefiere no ir por allí, porque le devuelve a la memoria los malos momentos.
«Y del día del atentado... Mi madre llegó llorando. Desde el primer momento lo vi en la tele. Lo supe en seguida, pero no sabía qué significaba. Luego he pensado en ello. Me hago preguntas, sobre todo por qué mi padre abrió la puerta, y es surrealista. Él nunca abría a nadie si no lo conocía, por eso he pensado que era alguien conocido».
Ana María, su abuela, sonríe al confesar que en Madrid ha recuperado la libertad, algo de lo que no se disfruta en el País Vasco. «Allí vas a un bar y no puedes hablar ni de fútbol», indica. Y lo mismo le ha ocurrido siempre con casi todos los simpatizantes de Batasuna que conoce, que son muchos. «En seguida te echan en cara que eres españolista», explica.
Jubilada, esta víctima del terrorismo cobra la pensión mínima (cerca de 400 euros al mes), que no le llega ni para pagar el alquiler del piso en el que vive junto con una de sus hijas y sus dos nietos adoptados, en un popular barrio madrileño. En casa ya no entra tampoco la pensión de orfandad que percibía Jon, pues ya ha cumplido 21 años y, por ley, ese dinero pasa a la viuda de la víctima del atentado.
Pero Ana María fue muy precavida e invirtió en la compra de pisos -que puso a nombre de su nieto- la mitad del dinero percibido en su día como indemnización por el atentado. La otra mitad la gastó en terapias de rehabilitación de toxicómanos para su hija -madre de Jon y de Erika-, pero todo el esfuerzo cayó en saco roto. Gracias a su previsión, ha podido ofrecer a sus nietos una vida digna y la formación escolar adecuada.
Votaré mirando al cielo
Teresa Jiménez-Becerril
ABC. 26 de mayo de 2007
Hay veces en las que hay que mirar al cielo y no al suelo a la hora de votar. En unas elecciones municipales juzgamos al candidato de manera diferente que en unas generales y los socavones de nuestras calles pesan. Pero hay momentos en los que debemos anteponer los valores en los que creemos a soluciones pasajeras. Tenemos derecho a una ciudad que funcione, pero también a vivir en un país donde no te maten por hacer política. No disfrutaremos viendo nuestros barrios limpios si no evitamos que quienes los mancharon de sangre inocente se paseen por ellos con la cabeza alta. Por eso desconfío de quienes exigen que no hablemos de ETA. ¿Acaso nos hemos olvidado de Gregorio, de Alberto, de Miguel Ángel y de todos los concejales que no llegaron a alcaldes porque los mataron?
Es inadmisible que un candidato diga «que si no existiera ETA, el PP la crearía». Decir que un partido mayoritario no puede vivir sin el terror es alarmante. Quienes nos quieren silenciar repiten que los que hablamos de ETA, la creamos para enfrentarnos al Gobierno. Nos dicen que no pensemos en el terrorismo. De acuerdo, este domingo me sentaré en un banco de Sevilla, mi ciudad, limpia para la ocasión y le diré a mi sobrina Ascen, que es la primera vez que vota, que cuando elija al que será su voz, no tenga en cuenta si éste ha consentido con su cobarde silencio una vergonzosa negociación con quienes asesinaron a sus padres. Le diré que hoy los hombres libres escasean y los súbditos abundan... la invitaré a que mire las farolas de la Avenida, que iluminan más que nunca. Lo que no conseguiré es que esa luz ilumine su alma que quedó a oscuras cuando tenía ocho años. Hoy con 18, ella y todos los españoles tenemos derecho a pedir cuentas en las urnas a quienes nos gobiernan, y lo haremos sobre lo que más nos interese sin que nadie nos obligue a olvidar lo que muchos parecen haber olvidado. Ascen, te prometo que al votar miraré al cielo, no al suelo. Y el mío será un voto libre, digno y justo.
ABC. 26 de mayo de 2007
Hay veces en las que hay que mirar al cielo y no al suelo a la hora de votar. En unas elecciones municipales juzgamos al candidato de manera diferente que en unas generales y los socavones de nuestras calles pesan. Pero hay momentos en los que debemos anteponer los valores en los que creemos a soluciones pasajeras. Tenemos derecho a una ciudad que funcione, pero también a vivir en un país donde no te maten por hacer política. No disfrutaremos viendo nuestros barrios limpios si no evitamos que quienes los mancharon de sangre inocente se paseen por ellos con la cabeza alta. Por eso desconfío de quienes exigen que no hablemos de ETA. ¿Acaso nos hemos olvidado de Gregorio, de Alberto, de Miguel Ángel y de todos los concejales que no llegaron a alcaldes porque los mataron?
Es inadmisible que un candidato diga «que si no existiera ETA, el PP la crearía». Decir que un partido mayoritario no puede vivir sin el terror es alarmante. Quienes nos quieren silenciar repiten que los que hablamos de ETA, la creamos para enfrentarnos al Gobierno. Nos dicen que no pensemos en el terrorismo. De acuerdo, este domingo me sentaré en un banco de Sevilla, mi ciudad, limpia para la ocasión y le diré a mi sobrina Ascen, que es la primera vez que vota, que cuando elija al que será su voz, no tenga en cuenta si éste ha consentido con su cobarde silencio una vergonzosa negociación con quienes asesinaron a sus padres. Le diré que hoy los hombres libres escasean y los súbditos abundan... la invitaré a que mire las farolas de la Avenida, que iluminan más que nunca. Lo que no conseguiré es que esa luz ilumine su alma que quedó a oscuras cuando tenía ocho años. Hoy con 18, ella y todos los españoles tenemos derecho a pedir cuentas en las urnas a quienes nos gobiernan, y lo haremos sobre lo que más nos interese sin que nadie nos obligue a olvidar lo que muchos parecen haber olvidado. Ascen, te prometo que al votar miraré al cielo, no al suelo. Y el mío será un voto libre, digno y justo.
No todo es homenaje
Teo Uriarte
BastaYa.org. 4 de abril de 2007
De un tiempo a esta parte han proliferado homenajes a las víctimas del terrorismo, diferentes colectivos incluidos religiosos se afanan, incluso en ocasiones con una excesiva culpabilidad que no debieran tener, por manifestar solidaridad con las mismas y solicitarles, además, perdón. La cosa no tiene mucha trascendencia en casos de grupos religiosos, incluso se les puede hacer el no pequeño favor de aclararles que ellos no son el principal problema ante la soledad y el desamparo de las víctimas, y que se puede, por aquello de no ser desagradecido, por no frustrarles, aceptar esa petición de perdón, cuando no hay más que perdonarles, en todo caso, que el olvido y seguir el pairo del nacional catolicismo vasco dominante. El problema es político.
Por eso la cuestión cambia cuando el que desea manifestar el homenaje a las víctimas es una institución política. No es de extrañar que a pesar de la intensa labor de Maixabel Lasa, directora del departamento para las víctimas del terrorismo del Gobierno vasco, determinadas personas en principio poco sospechosas de rechazar un homenaje de esta institución lo hayan acabado haciendo. Es que, aunque venga bien cualquier reconocimiento, no cabe duda de que ese homenaje lo que puede acabar denunciando es la inexistencia de otras cuestiones que pueden preocupar más a las víctimas, como es la de la dignidad de sus muertos o la reclamación de justicia. Aspectos ambos más importantes que el verse candorosamente mecidas por un discurso que no aclara cual va a ser la posición de ese Gobierno frente al terrorismo. Todo ello, sin que se pueda adelantar la sospecha de que un Gobierno, sea el vasco u otro, lo que pueda estar intentando lisonjeando emotivamente a estas víctimas sea que dejen de ser un obstáculo ante cualquier solución negociada con el grupo terrorista que asesinó a sus familiares. El problema es político y como tal una institución política no lo tiene tan fácil para realizar un homenaje a este tipo de colectivos.
Si dicha institución considera que comparte con ETA los objetivos finales, autodeterminación, territorialidad e independencia, y considera que es necesario la negociación política con ella, es decir negociar sobre los elementos políticos antes citados, negociar con un grupo delincuente toda una institución legitimando a éste, acabaría otorgando sentido político, validez, al asesinato de los seres queridos, porque esos asesinatos han servido para negociar, incluso para que se abra la posibilidad de esos fines compartidos puedan conseguirse. Con ello, también, en el seno de este proceso negociador, proceso constituyente, en el seno de ese nuevo futuro político, es más que probable que sean amnistiado los asesinos. En este tipo de cuestiones reside la preocupación de las víctimas, que quede sin sentido positivo a favor de la convivencia democrática la muerte de su ser querido y que, por el contrario, se haya acabado convirtiendo en una razón para una negociación por la que se pone en entredicho el sistema por el que su familiar murió. Quedan sus muertes sin sentido, por el contrario, las gana para el victimario, y, además, éste queda incólume ante la justicia porque saldrá de la cárcel en la nueva situación política.. Las víctimas quedan huérfanas, así, de su dignidad y de la justicia, por mutis por el foro del Estado. Por eso le costará mucho al Gobierno vasco, parte importante de ese Estado, que las víctimas acudan a un homenaje como el suyo.
Joseba Arregi manifiesta con todo tino que la cuestión es preservar, en toda esta crisis política y de valores que la negociación ha creado, el relato. Un relato que debe ser el de los demócratas y el de las víctimas, porque si no será el relato del nacionalismo en el que el asesinato del otro, del opositor o del funcionario, cobra sentido político, y donde sería el relato del nacionalismo más agresivo el que acabaría dominando en nuestra sociedad. Es decir, una Euskadi, y por contagio, una España, que sea como una gran Azkoitia, donde Pilar Elias además de amenazada es socialmente aislada y donde los victimarios son los que a la postre han tenido la razón histórica. Tuvieron toda la razón en asesinar a su marido. A esto nos puede llevar evitar en los homenajes un relato político que sea el que verdaderamente homenajee a las víctimas. Lo otro, las lágrimas de cocodrilo, no sólo no valen, crean sospecha y preocupación.
Por eso cuando decía al principio que se puede descargar de responsabilidad y, sobre todo de culpabilidad, a determinados colectivos, entre ellos los religiosos, cuando vienen ahora a pedir perdón, es porque el problema es político, y hasta que las instituciones no lo consideren así, poca responsabilidad tiene el ciudadano, por demás aislado en una sociedad atravesada por la violencia y una ideología muy agresiva y sectaria, en no haber manifestado antes su solidaridad con las víctimas. Es que sin Estado, sin discurso de éste, no hay ciudadano, y menos ciudadanos conscientes y valientes, y menos cristianos misericordiosos.
BastaYa.org. 4 de abril de 2007
De un tiempo a esta parte han proliferado homenajes a las víctimas del terrorismo, diferentes colectivos incluidos religiosos se afanan, incluso en ocasiones con una excesiva culpabilidad que no debieran tener, por manifestar solidaridad con las mismas y solicitarles, además, perdón. La cosa no tiene mucha trascendencia en casos de grupos religiosos, incluso se les puede hacer el no pequeño favor de aclararles que ellos no son el principal problema ante la soledad y el desamparo de las víctimas, y que se puede, por aquello de no ser desagradecido, por no frustrarles, aceptar esa petición de perdón, cuando no hay más que perdonarles, en todo caso, que el olvido y seguir el pairo del nacional catolicismo vasco dominante. El problema es político.
Por eso la cuestión cambia cuando el que desea manifestar el homenaje a las víctimas es una institución política. No es de extrañar que a pesar de la intensa labor de Maixabel Lasa, directora del departamento para las víctimas del terrorismo del Gobierno vasco, determinadas personas en principio poco sospechosas de rechazar un homenaje de esta institución lo hayan acabado haciendo. Es que, aunque venga bien cualquier reconocimiento, no cabe duda de que ese homenaje lo que puede acabar denunciando es la inexistencia de otras cuestiones que pueden preocupar más a las víctimas, como es la de la dignidad de sus muertos o la reclamación de justicia. Aspectos ambos más importantes que el verse candorosamente mecidas por un discurso que no aclara cual va a ser la posición de ese Gobierno frente al terrorismo. Todo ello, sin que se pueda adelantar la sospecha de que un Gobierno, sea el vasco u otro, lo que pueda estar intentando lisonjeando emotivamente a estas víctimas sea que dejen de ser un obstáculo ante cualquier solución negociada con el grupo terrorista que asesinó a sus familiares. El problema es político y como tal una institución política no lo tiene tan fácil para realizar un homenaje a este tipo de colectivos.
Si dicha institución considera que comparte con ETA los objetivos finales, autodeterminación, territorialidad e independencia, y considera que es necesario la negociación política con ella, es decir negociar sobre los elementos políticos antes citados, negociar con un grupo delincuente toda una institución legitimando a éste, acabaría otorgando sentido político, validez, al asesinato de los seres queridos, porque esos asesinatos han servido para negociar, incluso para que se abra la posibilidad de esos fines compartidos puedan conseguirse. Con ello, también, en el seno de este proceso negociador, proceso constituyente, en el seno de ese nuevo futuro político, es más que probable que sean amnistiado los asesinos. En este tipo de cuestiones reside la preocupación de las víctimas, que quede sin sentido positivo a favor de la convivencia democrática la muerte de su ser querido y que, por el contrario, se haya acabado convirtiendo en una razón para una negociación por la que se pone en entredicho el sistema por el que su familiar murió. Quedan sus muertes sin sentido, por el contrario, las gana para el victimario, y, además, éste queda incólume ante la justicia porque saldrá de la cárcel en la nueva situación política.. Las víctimas quedan huérfanas, así, de su dignidad y de la justicia, por mutis por el foro del Estado. Por eso le costará mucho al Gobierno vasco, parte importante de ese Estado, que las víctimas acudan a un homenaje como el suyo.
Joseba Arregi manifiesta con todo tino que la cuestión es preservar, en toda esta crisis política y de valores que la negociación ha creado, el relato. Un relato que debe ser el de los demócratas y el de las víctimas, porque si no será el relato del nacionalismo en el que el asesinato del otro, del opositor o del funcionario, cobra sentido político, y donde sería el relato del nacionalismo más agresivo el que acabaría dominando en nuestra sociedad. Es decir, una Euskadi, y por contagio, una España, que sea como una gran Azkoitia, donde Pilar Elias además de amenazada es socialmente aislada y donde los victimarios son los que a la postre han tenido la razón histórica. Tuvieron toda la razón en asesinar a su marido. A esto nos puede llevar evitar en los homenajes un relato político que sea el que verdaderamente homenajee a las víctimas. Lo otro, las lágrimas de cocodrilo, no sólo no valen, crean sospecha y preocupación.
Por eso cuando decía al principio que se puede descargar de responsabilidad y, sobre todo de culpabilidad, a determinados colectivos, entre ellos los religiosos, cuando vienen ahora a pedir perdón, es porque el problema es político, y hasta que las instituciones no lo consideren así, poca responsabilidad tiene el ciudadano, por demás aislado en una sociedad atravesada por la violencia y una ideología muy agresiva y sectaria, en no haber manifestado antes su solidaridad con las víctimas. Es que sin Estado, sin discurso de éste, no hay ciudadano, y menos ciudadanos conscientes y valientes, y menos cristianos misericordiosos.
Víctimas del terrorismo: dolor social y recetas privadas
Ángel Altuna
BastaYa.org. 6 de marzo de 2007
Estamos observando cada vez más el grado de molestia que en determinadas conciencias produce la lucha que otros hacen por determinadas causas y por ciertos derechos de ciudadanía. Las víctimas del terrorismo, supervivientes de atentados y familiares de asesinados, están comprobando en los últimos tiempos su aparición en una dimensión pública que anteriormente permanecía oculta. A partir de ese momento han sentido con nitidez por parte de algunos esa condición de convidado molesto.
Durante muchos años ha existido un buen número de generaciones que sufrieron y vivieron las consecuencias de la violencia terrorista en un terreno exclusivamente privado. Víctimas anónimas, ocultas y ocultadas. Tanto era así que, como todos sabemos, los entierros se hacían casi clandestinamente, muchos funerales rayaban el patetismo, el arropamiento y el apoyo por parte de lo público prácticamente no existía, las informaciones sobre los asesinatos eran mínimas y las excarcelaciones de los presos eran silenciosas en los grandes medios de comunicación aunque sonoras en las plazas de los pueblos del País Vasco. Las cosas han ido cambiando y todos los ciudadanos, también las víctimas, han ido creciendo en paralelo a la profundidad de la democracia y al desarrollo de un estado moderno y más abierto.
Hoy en día existe un gran número de víctimas del terrorismo que siguen sobreviviendo con enormes dificultades a su inmenso dolor; un dolor que en un principio era únicamente privado. Son víctimas que durante muchos años de travesía personal y solitaria han convivido con ese daño agudo y profundo sin responder jamás con odio, con venganza o con justicia privada. Buena parte de ellas, principalmente mujeres, han inculcado a los suyos y a los que les siguen unos principios de convivencia fundamentados en el respeto y en la capacidad de convivencia. Nunca nuestra democracia podrá agradecer suficientemente a todas las víctimas del terrorismo esta respuesta siempre ajustada a derecho.
En este proceso inevitable de dolor que discurre en todas y cada una de las vidas de las víctimas hay un momento, habitualmente tardío, en el que suele aparecer en ellas como respuesta psicológica general un intento de socializar lo sucedido con un deseo profundo de justicia. Se destapan en esos momentos con gran nitidez nuevas dimensiones, antes ocultas, como es la lucha por los derechos de la víctima como ciudadano; como un ciudadano cualquiera que exige sus derechos. En ocasiones y en estos mismos momentos las víctimas individuales tienden a asociarse y a compartir objetivos comunes, sociales y de carácter más amplio.
Ahora estamos observando cómo en determinadas conciencias empieza a aflorar la sensación de molestia que provocan las víctimas ya que dichas conciencias parecen querer obviar la dimensión social del terrorismo. Algunos prefieren tratarlo exclusivamente y en todo momento desde el ámbito privado. Esta lógica parece seguir la siguiente consideración: ante el dolor privado e individual la respuesta y la atención de la administración y de la comunidad debe ser privada y personal. También desde esta concepción, la dimensión social de la víctima debe ser aminorada y seguramente sea así porque esta dimensión es precisamente la que realmente molesta. Estas personas caen en el error de sólo querer ver “dolor privado” en determinadas fases en las que la víctima expresa nítida y explícitamente un “dolor social”. Y en este caso las recetas de la administración no deberían ser las mismas. Ante el dolor social reflejado por las víctimas del terrorismo no sirve la cápsula privada de atención. Ante este dolor social específico no cabe la cura privada y tampoco cabe que el tratamiento del mismo se intente asimilar al producido en accidentes fortuitos o en catástrofes naturales.
Actualmente comprobamos también la existencia de ataques verbales inmediatos ante las referencias y apariciones públicas de cualquier víctima del terrorismo. Dichos ataques se producen normalmente por el carácter público de dichas apariciones y no tanto por sus contenidos. Este ha sido el caso reciente de Toñi Santiago y antes lo fue el de Pilar Ruiz. Normalmente estos ataques de superficie y que intentan ser devastadores, discurren siempre con la repetida idea de que la víctima está manipulada, sea ésta ama de casa, universitaria, empresaria, funcionaria o mediopensionista. En definitiva, existen en algunos sectores, determinadas concepciones de la realidad que parecen añorar o preferir, ante este dolor social y actual que reflejan muchas víctimas, los remedios del pasado de carácter privado: entierros clandestinos, olvido, excarcelaciones silenciosas, ocultación de la víctima y burbuja aislada de protección ante la sociedad. Recetas caducas para nuevas realidades.
Ángel Altuna es psicólogo y miembro de COVITE
BastaYa.org. 6 de marzo de 2007
Estamos observando cada vez más el grado de molestia que en determinadas conciencias produce la lucha que otros hacen por determinadas causas y por ciertos derechos de ciudadanía. Las víctimas del terrorismo, supervivientes de atentados y familiares de asesinados, están comprobando en los últimos tiempos su aparición en una dimensión pública que anteriormente permanecía oculta. A partir de ese momento han sentido con nitidez por parte de algunos esa condición de convidado molesto.
Durante muchos años ha existido un buen número de generaciones que sufrieron y vivieron las consecuencias de la violencia terrorista en un terreno exclusivamente privado. Víctimas anónimas, ocultas y ocultadas. Tanto era así que, como todos sabemos, los entierros se hacían casi clandestinamente, muchos funerales rayaban el patetismo, el arropamiento y el apoyo por parte de lo público prácticamente no existía, las informaciones sobre los asesinatos eran mínimas y las excarcelaciones de los presos eran silenciosas en los grandes medios de comunicación aunque sonoras en las plazas de los pueblos del País Vasco. Las cosas han ido cambiando y todos los ciudadanos, también las víctimas, han ido creciendo en paralelo a la profundidad de la democracia y al desarrollo de un estado moderno y más abierto.
Hoy en día existe un gran número de víctimas del terrorismo que siguen sobreviviendo con enormes dificultades a su inmenso dolor; un dolor que en un principio era únicamente privado. Son víctimas que durante muchos años de travesía personal y solitaria han convivido con ese daño agudo y profundo sin responder jamás con odio, con venganza o con justicia privada. Buena parte de ellas, principalmente mujeres, han inculcado a los suyos y a los que les siguen unos principios de convivencia fundamentados en el respeto y en la capacidad de convivencia. Nunca nuestra democracia podrá agradecer suficientemente a todas las víctimas del terrorismo esta respuesta siempre ajustada a derecho.
En este proceso inevitable de dolor que discurre en todas y cada una de las vidas de las víctimas hay un momento, habitualmente tardío, en el que suele aparecer en ellas como respuesta psicológica general un intento de socializar lo sucedido con un deseo profundo de justicia. Se destapan en esos momentos con gran nitidez nuevas dimensiones, antes ocultas, como es la lucha por los derechos de la víctima como ciudadano; como un ciudadano cualquiera que exige sus derechos. En ocasiones y en estos mismos momentos las víctimas individuales tienden a asociarse y a compartir objetivos comunes, sociales y de carácter más amplio.
Ahora estamos observando cómo en determinadas conciencias empieza a aflorar la sensación de molestia que provocan las víctimas ya que dichas conciencias parecen querer obviar la dimensión social del terrorismo. Algunos prefieren tratarlo exclusivamente y en todo momento desde el ámbito privado. Esta lógica parece seguir la siguiente consideración: ante el dolor privado e individual la respuesta y la atención de la administración y de la comunidad debe ser privada y personal. También desde esta concepción, la dimensión social de la víctima debe ser aminorada y seguramente sea así porque esta dimensión es precisamente la que realmente molesta. Estas personas caen en el error de sólo querer ver “dolor privado” en determinadas fases en las que la víctima expresa nítida y explícitamente un “dolor social”. Y en este caso las recetas de la administración no deberían ser las mismas. Ante el dolor social reflejado por las víctimas del terrorismo no sirve la cápsula privada de atención. Ante este dolor social específico no cabe la cura privada y tampoco cabe que el tratamiento del mismo se intente asimilar al producido en accidentes fortuitos o en catástrofes naturales.
Actualmente comprobamos también la existencia de ataques verbales inmediatos ante las referencias y apariciones públicas de cualquier víctima del terrorismo. Dichos ataques se producen normalmente por el carácter público de dichas apariciones y no tanto por sus contenidos. Este ha sido el caso reciente de Toñi Santiago y antes lo fue el de Pilar Ruiz. Normalmente estos ataques de superficie y que intentan ser devastadores, discurren siempre con la repetida idea de que la víctima está manipulada, sea ésta ama de casa, universitaria, empresaria, funcionaria o mediopensionista. En definitiva, existen en algunos sectores, determinadas concepciones de la realidad que parecen añorar o preferir, ante este dolor social y actual que reflejan muchas víctimas, los remedios del pasado de carácter privado: entierros clandestinos, olvido, excarcelaciones silenciosas, ocultación de la víctima y burbuja aislada de protección ante la sociedad. Recetas caducas para nuevas realidades.
Ángel Altuna es psicólogo y miembro de COVITE
Rendición, sencillamente
Salvador Ulayar
ABC. 2 de marzo de 2007. Carta al director.
El sábado en Madrid, la Asociación de Víctimas del Terrorismo celebró un homenaje a los 25 asesinados por De Juana, matarife del que ZP nos cuenta que está a favor de su «proceso», ése que acaba de ganar un pulso al Estado de Derecho, el mismo que colocó la bomba que hirió a Gerardo Puente y mató a su compañero Esteban del Amo. El brazo abrasado de mi amigo Gerardo le dice cada día que años atrás fue Tedax. En 1981 su compañero Esteban le acompañaba en el intento de desactivación de la carga mortífera que albergaba un coche bomba preparado por De Juana. Explotó y Esteban murió. Su cuerpo actuó de parapeto para Gerardo, que salvó la vida. La semana pasada mi amigo repartía octavillas en Granada animando a los ciudadanos para que acudiesen a nuestra concentración del sábado. Una mujer se acercó y le llamó fascista, supongo que una mujer envenenada por la propaganda gubernamental anti-AVT. Gerardo volvió a casa profundamente triste, con un dolor inefable. Él, la víctima, era el fascista. Casi no supe qué decirle. Al menos mi llamada le alivió.
Zapatero está consiguiendo que el nivel de sufrimiento de las víctimas del terrorismo llegue a las cotas de aquellos terribles años de plomo. Los asesinados solían ser culpables de algo. La mujer que insultó a mi amigo me recuerda a los que nos insultaban entonces con el infame «algo habrá hecho».
De Juana, ETA, ha ganado su desafío. El comunicado en el que los terroristas asumieron el atentado de Barajas exigía su excarcelación. Hoy, escondido tras un ministro, Zapatero ha cumplido. Precio pagado en la infernal negociación. Estos días, la semana pasada y muchas semanas pasadas de estos años de Gobierno socialista, sus voceros atacan a las víctimas. Terribles las mentiras lanzadas, la difamación permanente contra el presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz, a quien respaldamos la abrumadora mayoría de las víctimas. Sin embargo, Patxi López o Manuel Chaves se han pronunciado a favor de sacar a De Juana de la cárcel. El histriónico Rodríguez Ibarra interpretó su papel de coartada del PSOE soltando la perla de «que no se muera ese cabrón», por De Juana, para que no lo conviertan en un mártir. Como si la aplicación de la firmeza del Estado de Derecho frente a un chantajista tuviera que tener en cuenta qué dirán después los batasunos. En cualquier caso, ahora lo aclamarán como a un héroe.
Héroes fueron mi amigo Gerardo y su compañero Esteban, a los que España envió a desactivar aquella maldita bomba, a salvar nuestras vidas y la democracia. De Juana es un asesino múltiple por el que Zapatero se preocupa mucho más que por sus víctimas, a las que no escucha y además desprecia. Hemos pasado décadas en situaciones bien dolorosas, confiando en nuestros gobernantes. Así nos lo demandaban siempre en favor del Estado de Derecho. Nos prometieron su victoria sobre el terror. Nosotros les creímos, necesitábamos creerlo. Las víctimas hicimos una aportación decisiva a nuestro sistema de convivencia y dejamos a un lado cualquier tentación de venganza en aquellos tiempos de humillación y olvido. ¿Alguien imagina qué habría pasado si algunos se hubieran tomado la justicia por su mano? Consolidar la democracia costó el sacrificio de las víctimas. Estamos orgullosos de nuestra actuación, ejemplo de ciudadanía. Pero ahora, cuando ya teníamos a la banda doblegada, Zapatero renuncia a la política que lo hizo posible, negocia y revive a los terroristas. Para las víctimas, adiós a las promesas de décadas. ¿Por qué tanta infamia?
Salvador Ulayar. Hijo de Jesús Ulayar, asesinado por ETA en Navarra en 1979
ABC. 2 de marzo de 2007. Carta al director.
El sábado en Madrid, la Asociación de Víctimas del Terrorismo celebró un homenaje a los 25 asesinados por De Juana, matarife del que ZP nos cuenta que está a favor de su «proceso», ése que acaba de ganar un pulso al Estado de Derecho, el mismo que colocó la bomba que hirió a Gerardo Puente y mató a su compañero Esteban del Amo. El brazo abrasado de mi amigo Gerardo le dice cada día que años atrás fue Tedax. En 1981 su compañero Esteban le acompañaba en el intento de desactivación de la carga mortífera que albergaba un coche bomba preparado por De Juana. Explotó y Esteban murió. Su cuerpo actuó de parapeto para Gerardo, que salvó la vida. La semana pasada mi amigo repartía octavillas en Granada animando a los ciudadanos para que acudiesen a nuestra concentración del sábado. Una mujer se acercó y le llamó fascista, supongo que una mujer envenenada por la propaganda gubernamental anti-AVT. Gerardo volvió a casa profundamente triste, con un dolor inefable. Él, la víctima, era el fascista. Casi no supe qué decirle. Al menos mi llamada le alivió.
Zapatero está consiguiendo que el nivel de sufrimiento de las víctimas del terrorismo llegue a las cotas de aquellos terribles años de plomo. Los asesinados solían ser culpables de algo. La mujer que insultó a mi amigo me recuerda a los que nos insultaban entonces con el infame «algo habrá hecho».
De Juana, ETA, ha ganado su desafío. El comunicado en el que los terroristas asumieron el atentado de Barajas exigía su excarcelación. Hoy, escondido tras un ministro, Zapatero ha cumplido. Precio pagado en la infernal negociación. Estos días, la semana pasada y muchas semanas pasadas de estos años de Gobierno socialista, sus voceros atacan a las víctimas. Terribles las mentiras lanzadas, la difamación permanente contra el presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz, a quien respaldamos la abrumadora mayoría de las víctimas. Sin embargo, Patxi López o Manuel Chaves se han pronunciado a favor de sacar a De Juana de la cárcel. El histriónico Rodríguez Ibarra interpretó su papel de coartada del PSOE soltando la perla de «que no se muera ese cabrón», por De Juana, para que no lo conviertan en un mártir. Como si la aplicación de la firmeza del Estado de Derecho frente a un chantajista tuviera que tener en cuenta qué dirán después los batasunos. En cualquier caso, ahora lo aclamarán como a un héroe.
Héroes fueron mi amigo Gerardo y su compañero Esteban, a los que España envió a desactivar aquella maldita bomba, a salvar nuestras vidas y la democracia. De Juana es un asesino múltiple por el que Zapatero se preocupa mucho más que por sus víctimas, a las que no escucha y además desprecia. Hemos pasado décadas en situaciones bien dolorosas, confiando en nuestros gobernantes. Así nos lo demandaban siempre en favor del Estado de Derecho. Nos prometieron su victoria sobre el terror. Nosotros les creímos, necesitábamos creerlo. Las víctimas hicimos una aportación decisiva a nuestro sistema de convivencia y dejamos a un lado cualquier tentación de venganza en aquellos tiempos de humillación y olvido. ¿Alguien imagina qué habría pasado si algunos se hubieran tomado la justicia por su mano? Consolidar la democracia costó el sacrificio de las víctimas. Estamos orgullosos de nuestra actuación, ejemplo de ciudadanía. Pero ahora, cuando ya teníamos a la banda doblegada, Zapatero renuncia a la política que lo hizo posible, negocia y revive a los terroristas. Para las víctimas, adiós a las promesas de décadas. ¿Por qué tanta infamia?
Salvador Ulayar. Hijo de Jesús Ulayar, asesinado por ETA en Navarra en 1979
Memoria de un superviviente de De Juana Chaos
Mikel Azurmendi
ABC. 18 de febrero de 2007
Con la imperturbabilidad del péndulo en sus entrañas los asesinos estipulan el día y la hora. Y la munición. Tic tac, tic tac. Día 12 de junio del año 1985. Madrid amanece claro y con un resto de la brisa de una noche en la que cuatro asesinos han dispuesto que el amanecer sea rojo. Que se expanda por España el calor de Euskadi, ese tinte de fondo rojo para «representar el llamamiento a guerra contra el extranjero» que Sabino Arana imprimió a su bandera al inventar el nacionalismo vasco. A las ocho y cuarto esperan los cuatro el paso de un coronel del ejército. Fuego cruzado contra el coche y asesinato del coronel Vicente Romero y de su chofer particular, Juan García, un asalariado que se ganaba la vida conduciendo. Dos menos, piensan los asesinos. Más rojo en esa bandera donde la cruz blanca significa Dios y la verde de brazos oblicuos, la independencia. Cuanto más rojo más cercano será el resplandor del nuevo dios, la independencia. Más muertos, más cerca del poder. De Juana Chaos y sus tres conmilitones han pensado retirarse preparando una bomba trampa en su propio coche. Por si arde Madrid en el aparcamiento de El Corte Inglés, avenida de Felipe II. «No teníamos dónde aparcarlo», dirá cínicamente más tarde De Juana ante el juez.
Un día señalado
Es un día importante para España pues concurren en Madrid los ministros de Asuntos Exteriores europeos para firmar, en el Senado, nuestro ingreso en las instituciones europeas. Por eso ETA debe sacar a pasear su bandera de sangre, con el nuevo dios de la serpiente enroscándose en el hacha. La ikurriña bicrucífera de los nuevos nazis. Por eso dos policías se pasan la mañana inspeccionando los sótanos del Senado. Son los especialistas en desactivación de artefactos explosivos Esteban y Gerardo.
Como la policía antiterrorista localiza el coche en el aparcamiento de El Corte Inglés y sospecha de él ante la presencia de varios cartuchos bien visibles, llaman a los tedax. Y acuden los más próximos, Esteban y Gerardo: «Enseguida vimos que uno de los cartuchos de las balas que había en los asientos de atrás tenía un hilito atado que se escondía por medio». Y como en las películas de malos, se acordona la zona pues entraban y salían coches de manera constante. «Mi compañero fue por una puerta, yo me fui por otra para poder tirar de los asientos traseros y ver algo, entonces nos fuimos cada uno por un lado para que el movimiento fuera lo más mínimo. Si te vas por un lado tienes que pegar un tironcillo más fuerte, entonces nos fuimos cada uno por un lado y conseguimos moverlo, moverlo un poquito. Metimos la linterna y ya vimos que había unos cuatro o cinco chorizos de goma dos, chorizos de dos kilos y una serie de metros de cordón detonante bastante pronunciado. También vimos que uno de los cordones detonantes se introducía dentro del maletero pero había allí unas cajas o algo, intentábamos meter la linterna para ver si había más explosivos en los maleteros, pero no conseguíamos ver nada... entonces en esa zona no quisimos, bueno, de hecho no se tocó nada al principio pero tampoco quisimos tocar..., no sé lo que era, si era como panel o cartón, no lo llegué a distinguir bien por la oscuridad que había y con la linterna, pues no se veía bien».
Maletero letal
Goma dos a la vista, cordones detonantes a la vista pero, oculto, un maletero impredecible que podía contener hasta 300 kilos de material para matar. Esteban y Gerardo deciden que se impone un desalojo completo pues a veinticinco metros seguía entrando y saliendo gente de la puerta del garaje. Se desaloja el conjunto de las galerías comerciales hacia las calles Alcalá y Goya y se desaloja también la zona de Felipe II. «Y volvimos a entrar otra vez en el coche. Que hay que tener un par de cojones... No había sitio para poder trabajar ni para intentar meter un robot».
Se consultan mutuamente e infieren, sugieren y deciden. «Había una típica pincita que era una de las primeras trampas que tenía, una pincita con el cablecito a sus lados. Creo que estaba más bien atado al cartucho. No se veía muy bien. Eso no lo tocamos para que no pasara absolutamente nada. La parte derecha del coche no tenía ningún artefacto, más que nada era explosivo y todo el cordón detonante, y la parte izquierda es donde estaba casi todo. Esteban y yo nos fuimos al lado de la izquierda, allí no había sitio para trabajar los dos, claro. Tomamos apuntes, tomamos notas mentalmente y comentábamos lo que veíamos. Una de las veces, estaba él mirando por la parte de delante, a ver si había algo en los asientos de delante y me quedé yo mirando atrás. Teníamos casi medio cuerpo dentro del coche, sin tocar nada, mirando él en el asiento de delante y me dijo: «¡Gerardo, quítate un momento que he visto algo!». No sé lo que vio. Yo me echo para atrás, porque no había espacio para poder trabajar dentro del coche, y entonces él se pone delante de mí. Yo me agacho un poquito para ver por debajo de sus piernas pero no veo, no se veía nada porque tenía la linterna por un lado y entonces no me enfocaba a mí, y como no veía nada me levanto. Conforme me estoy levantando me quedo ciego. No vi la explosión y sentirla, menos. Allí no se escucha nada, yo no oí absolutamente nada pero sí me quedé ciego, me pegó un resplandor, como si te tiras mirando al sol un par de minutos».
Fuego y miedo
Son las once de la mañana roja de la serpiente y el hacha. Gerardo, 31 años, sólo recuerda que salió como volando. Al recuperar el sentido, nota que se encuentra en el suelo, de lado, quemándosele toda la espalda. «Veo fuego por el parque, por las tuberías, veo que está ardiendo todo y me da miedo, me da miedo. Entonces es cuando yo noto que ha pasado lo que ha pasado. Me da mucho miedo». Por la experiencia que tiene en explosivos, Gerardo sabe que se descerrajan las articulaciones de muñecas, brazos, rodillas y tobillos, y tiene miedo de no sentir esas articulaciones y rehúsa levantarse y se acuerda de su Virgen de la Angustia, la patrona de Granada y le reza. No hay más remedio cuando truena. «Entonces me veo el brazo. Me miro y me veo el brazo todo en hueso, veo todos los tendones. Lo veo allí a mi lado. Yo no sabía si el brazo era mío o ya se había quedado allí, no sabía si lo tenía pegado todavía. Del mismo miedo que me da, lo cojo me lo pego al cuerpo y no me miro más por si me falta algo o no me falta. Y del mismo miedo me levanto y salgo corriendo». El coche arde y es un amasijo de fuego expansivo.
Mirado desde fuera de la moralidad, un cuerpo humano es un gran hueco revestido de un sutil caparazón. La mirada del artificiero añade que ese hueco es capaz de absorber una enorme onda expansiva. El compañero Esteban del Amo García le ha salvado la vida a Gerardo recibiendo aquél la onda expansiva, pero yace despanzurrado en pedazos. «Hay una familia que se ha criado sin padre y una viuda, y yo estoy vivo gracias a él», dice Gerardo y añade que salió «corriendo por el garaje. Todo estaba negro, negro, nose veía nada, no era un humo, parecía una pared, todo oscuro, todo negro. Pero yo veo una luz y salgo corriendo». Al emerger a la luz le hicieron una fotografía que ganó el premio periodístico del año. En un coche de la policía lo llevan y no recuerda si al Gregorio Marañón o al Provincial. Recuerda que un camillero lo coge y evitando el colapso de los ascensores lo conduce hasta quirófanos. Alguien le pregunta si puede abrir los ojos. Su cuerpo, quemado al 75 por ciento, consigue abrir los ojos. Y dice que le van a sedar. Gerardo sólo recuerda que estaba evacuando por todos sus orificios, cagándose, meándose, echando agua y sangre. A la tarde, despertó en otro hospital, en el de La Paz, sección de quemados. Recuerda que en la ambulancia escuchaba ecos de voces diciendo éste se nos va, éste se nos va. Siete operaciones en quince días para transplantarle piel sintética traída en vuelo especial de los Estados Unidos. En una de esas jornadas es cuando le dicen que Esteban murió. Hasta entonces le habían dicho que se hallaba en otro hospital. Su mujer lo aguanta todo. En casa tiene dos hijas, de nueve y ocho años, y un chaval de siete. Van a casa de los abuelos. Son el futuro al que hay que mirar pero Gerardo queda embarrancado en el aparcamiento de El Corte Inglés.
Resentimiento
Al daño físico se le une entonces el daño psíquico que le repliega hostilmente a uno dentro de sí generando el resentimiento para consigo mismo. Esteban ha muerto y él, ¿por qué él sigue vivo? Le visita el ministro Barrionuevo pero el gran quemado le manda a tomar por el culo. Asimismo. Gerardo no está para ministros ni para nadie. Tampoco hay sitio para él en su interior. Sus compañeros dejan de visitarlo, no quieren ser hostilizados, seguramente también se hallan culpabilizados. Lo abandonan. A Gerardo le llega el comentario de que había abandonado a su compañero para salvarse él. Gerardo teniendo que justificar su pasado. Esteban ya no existe pero Gerardo va muriendo a diario a manos de su propio rencor. Posiblemente se trata de la misma sintomatología que descubrió dentro de sí Jean Améry, un superviviente de Auschwitz: «En las mazmorras y campos de concentración del Tercer Reich, todos nosotros, debido a nuestra indefensión y fragilidad absoluta, tendíamos a despreciarnos antes que a compadecernos. No creíamos en las lágrimas... El resentimiento nos clava a la cruz de nuestro pasado destruido». («Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia», Pre-textos, 2001: 148-149).
Sin saber que se es víctima
Gerardo desconoce que él es una víctima del terrorismo. Cree que lo suyo era un acto de servicio. Nadie le avisa de que a los pocos años se celebra el juicio contra los terroristas, contra De Juana especialmente. Gerardo, solo con su hijo, siempre en casa porque su piel no tolera el sol, apagando la televisión cuando se informa de atentados terroristas. Durante cuatro años, Gerardo haciendo rehabilitación de su brazo izquierdo en el que le queda algún dedo pero sin sensibilidad. Jubilación a los cinco años del atentado sin indemnización monetaria alguna. «Me sentí humillado, ni una indemnización de cinco millones de pesetas por un destrozo de hombre, destrozada mi carrera de policía. Me gustaba mucho a mí la policía, me gustaba mi trabajo de tedax, y me la destrozaron por completo, destrozaron mi casa... Si venía alguna visita se la recibía en el rellano de la escalera, yo le decía a la mujer que no pasaran, que yo se lo agradecía un montón pero que estaba dormido y que no me molestaran. La verdad es que a mí no me apetecía hablar con nadie, ni que vinieran a verme, estaba vegetal, mi sensación era que no quería saber nada de nadie».
Luego surgen los problemas con el alcohol que multiplican los problemas familiares. Hasta que decide emprender una vida personal y deja el alcohol y busca trabajos para salir de sí mismo, barman con una mano, vendedor de extintores con una mano, guarda de seguridad con una mano. Y deja Madrid, y con su mujer emprende una nueva vida en Granada donde da con una persona, víctima como él del terrorismo, que le transforma la vida. Cobra sentido. Gerardo ahora ayuda a otros: «Conozco víctimas que lo han pasado muchísimo peor que yo... Mi problema, mi atentado, lo empiezo a poner en un segundo término».
Gerardo se apega a la vida, a la vida digna que exige verdad, justicia y dignidad. Y entrega parte de su fuerza a la Asociación de Víctimas del Terrorismo y altera su visión de ETA. Los terroristas no son ya para él el asunto personal de su pasado sino un problema de la democracia. Y piensa en la Ciudad política, que no debe serles entregada.
Además de dos docenas de muertos, la serpiente y el hacha de De Juana Chaos han dejado tullidos a múltiples Gerardo, vidas truncadas por las que el verdugo no ha sido nunca juzgado. Sin embargo un azar favorable ha vuelto más humanas esas vidas y el relato de su reinserción cívica nos vuelve más seguros de lo que es el Estado de Derecho y más determinados a defenderlo. Tic tac, tic tac. El péndulo imperturbable de las cosas de la verdad y de la justicia y de la dignidad. El montón de cadáveres de la ikurriña en su macabra danza hacia la independencia. El montón de tullidos y truncados...
ABC. 18 de febrero de 2007
Con la imperturbabilidad del péndulo en sus entrañas los asesinos estipulan el día y la hora. Y la munición. Tic tac, tic tac. Día 12 de junio del año 1985. Madrid amanece claro y con un resto de la brisa de una noche en la que cuatro asesinos han dispuesto que el amanecer sea rojo. Que se expanda por España el calor de Euskadi, ese tinte de fondo rojo para «representar el llamamiento a guerra contra el extranjero» que Sabino Arana imprimió a su bandera al inventar el nacionalismo vasco. A las ocho y cuarto esperan los cuatro el paso de un coronel del ejército. Fuego cruzado contra el coche y asesinato del coronel Vicente Romero y de su chofer particular, Juan García, un asalariado que se ganaba la vida conduciendo. Dos menos, piensan los asesinos. Más rojo en esa bandera donde la cruz blanca significa Dios y la verde de brazos oblicuos, la independencia. Cuanto más rojo más cercano será el resplandor del nuevo dios, la independencia. Más muertos, más cerca del poder. De Juana Chaos y sus tres conmilitones han pensado retirarse preparando una bomba trampa en su propio coche. Por si arde Madrid en el aparcamiento de El Corte Inglés, avenida de Felipe II. «No teníamos dónde aparcarlo», dirá cínicamente más tarde De Juana ante el juez.
Un día señalado
Es un día importante para España pues concurren en Madrid los ministros de Asuntos Exteriores europeos para firmar, en el Senado, nuestro ingreso en las instituciones europeas. Por eso ETA debe sacar a pasear su bandera de sangre, con el nuevo dios de la serpiente enroscándose en el hacha. La ikurriña bicrucífera de los nuevos nazis. Por eso dos policías se pasan la mañana inspeccionando los sótanos del Senado. Son los especialistas en desactivación de artefactos explosivos Esteban y Gerardo.
Como la policía antiterrorista localiza el coche en el aparcamiento de El Corte Inglés y sospecha de él ante la presencia de varios cartuchos bien visibles, llaman a los tedax. Y acuden los más próximos, Esteban y Gerardo: «Enseguida vimos que uno de los cartuchos de las balas que había en los asientos de atrás tenía un hilito atado que se escondía por medio». Y como en las películas de malos, se acordona la zona pues entraban y salían coches de manera constante. «Mi compañero fue por una puerta, yo me fui por otra para poder tirar de los asientos traseros y ver algo, entonces nos fuimos cada uno por un lado para que el movimiento fuera lo más mínimo. Si te vas por un lado tienes que pegar un tironcillo más fuerte, entonces nos fuimos cada uno por un lado y conseguimos moverlo, moverlo un poquito. Metimos la linterna y ya vimos que había unos cuatro o cinco chorizos de goma dos, chorizos de dos kilos y una serie de metros de cordón detonante bastante pronunciado. También vimos que uno de los cordones detonantes se introducía dentro del maletero pero había allí unas cajas o algo, intentábamos meter la linterna para ver si había más explosivos en los maleteros, pero no conseguíamos ver nada... entonces en esa zona no quisimos, bueno, de hecho no se tocó nada al principio pero tampoco quisimos tocar..., no sé lo que era, si era como panel o cartón, no lo llegué a distinguir bien por la oscuridad que había y con la linterna, pues no se veía bien».
Maletero letal
Goma dos a la vista, cordones detonantes a la vista pero, oculto, un maletero impredecible que podía contener hasta 300 kilos de material para matar. Esteban y Gerardo deciden que se impone un desalojo completo pues a veinticinco metros seguía entrando y saliendo gente de la puerta del garaje. Se desaloja el conjunto de las galerías comerciales hacia las calles Alcalá y Goya y se desaloja también la zona de Felipe II. «Y volvimos a entrar otra vez en el coche. Que hay que tener un par de cojones... No había sitio para poder trabajar ni para intentar meter un robot».
Se consultan mutuamente e infieren, sugieren y deciden. «Había una típica pincita que era una de las primeras trampas que tenía, una pincita con el cablecito a sus lados. Creo que estaba más bien atado al cartucho. No se veía muy bien. Eso no lo tocamos para que no pasara absolutamente nada. La parte derecha del coche no tenía ningún artefacto, más que nada era explosivo y todo el cordón detonante, y la parte izquierda es donde estaba casi todo. Esteban y yo nos fuimos al lado de la izquierda, allí no había sitio para trabajar los dos, claro. Tomamos apuntes, tomamos notas mentalmente y comentábamos lo que veíamos. Una de las veces, estaba él mirando por la parte de delante, a ver si había algo en los asientos de delante y me quedé yo mirando atrás. Teníamos casi medio cuerpo dentro del coche, sin tocar nada, mirando él en el asiento de delante y me dijo: «¡Gerardo, quítate un momento que he visto algo!». No sé lo que vio. Yo me echo para atrás, porque no había espacio para poder trabajar dentro del coche, y entonces él se pone delante de mí. Yo me agacho un poquito para ver por debajo de sus piernas pero no veo, no se veía nada porque tenía la linterna por un lado y entonces no me enfocaba a mí, y como no veía nada me levanto. Conforme me estoy levantando me quedo ciego. No vi la explosión y sentirla, menos. Allí no se escucha nada, yo no oí absolutamente nada pero sí me quedé ciego, me pegó un resplandor, como si te tiras mirando al sol un par de minutos».
Fuego y miedo
Son las once de la mañana roja de la serpiente y el hacha. Gerardo, 31 años, sólo recuerda que salió como volando. Al recuperar el sentido, nota que se encuentra en el suelo, de lado, quemándosele toda la espalda. «Veo fuego por el parque, por las tuberías, veo que está ardiendo todo y me da miedo, me da miedo. Entonces es cuando yo noto que ha pasado lo que ha pasado. Me da mucho miedo». Por la experiencia que tiene en explosivos, Gerardo sabe que se descerrajan las articulaciones de muñecas, brazos, rodillas y tobillos, y tiene miedo de no sentir esas articulaciones y rehúsa levantarse y se acuerda de su Virgen de la Angustia, la patrona de Granada y le reza. No hay más remedio cuando truena. «Entonces me veo el brazo. Me miro y me veo el brazo todo en hueso, veo todos los tendones. Lo veo allí a mi lado. Yo no sabía si el brazo era mío o ya se había quedado allí, no sabía si lo tenía pegado todavía. Del mismo miedo que me da, lo cojo me lo pego al cuerpo y no me miro más por si me falta algo o no me falta. Y del mismo miedo me levanto y salgo corriendo». El coche arde y es un amasijo de fuego expansivo.
Mirado desde fuera de la moralidad, un cuerpo humano es un gran hueco revestido de un sutil caparazón. La mirada del artificiero añade que ese hueco es capaz de absorber una enorme onda expansiva. El compañero Esteban del Amo García le ha salvado la vida a Gerardo recibiendo aquél la onda expansiva, pero yace despanzurrado en pedazos. «Hay una familia que se ha criado sin padre y una viuda, y yo estoy vivo gracias a él», dice Gerardo y añade que salió «corriendo por el garaje. Todo estaba negro, negro, nose veía nada, no era un humo, parecía una pared, todo oscuro, todo negro. Pero yo veo una luz y salgo corriendo». Al emerger a la luz le hicieron una fotografía que ganó el premio periodístico del año. En un coche de la policía lo llevan y no recuerda si al Gregorio Marañón o al Provincial. Recuerda que un camillero lo coge y evitando el colapso de los ascensores lo conduce hasta quirófanos. Alguien le pregunta si puede abrir los ojos. Su cuerpo, quemado al 75 por ciento, consigue abrir los ojos. Y dice que le van a sedar. Gerardo sólo recuerda que estaba evacuando por todos sus orificios, cagándose, meándose, echando agua y sangre. A la tarde, despertó en otro hospital, en el de La Paz, sección de quemados. Recuerda que en la ambulancia escuchaba ecos de voces diciendo éste se nos va, éste se nos va. Siete operaciones en quince días para transplantarle piel sintética traída en vuelo especial de los Estados Unidos. En una de esas jornadas es cuando le dicen que Esteban murió. Hasta entonces le habían dicho que se hallaba en otro hospital. Su mujer lo aguanta todo. En casa tiene dos hijas, de nueve y ocho años, y un chaval de siete. Van a casa de los abuelos. Son el futuro al que hay que mirar pero Gerardo queda embarrancado en el aparcamiento de El Corte Inglés.
Resentimiento
Al daño físico se le une entonces el daño psíquico que le repliega hostilmente a uno dentro de sí generando el resentimiento para consigo mismo. Esteban ha muerto y él, ¿por qué él sigue vivo? Le visita el ministro Barrionuevo pero el gran quemado le manda a tomar por el culo. Asimismo. Gerardo no está para ministros ni para nadie. Tampoco hay sitio para él en su interior. Sus compañeros dejan de visitarlo, no quieren ser hostilizados, seguramente también se hallan culpabilizados. Lo abandonan. A Gerardo le llega el comentario de que había abandonado a su compañero para salvarse él. Gerardo teniendo que justificar su pasado. Esteban ya no existe pero Gerardo va muriendo a diario a manos de su propio rencor. Posiblemente se trata de la misma sintomatología que descubrió dentro de sí Jean Améry, un superviviente de Auschwitz: «En las mazmorras y campos de concentración del Tercer Reich, todos nosotros, debido a nuestra indefensión y fragilidad absoluta, tendíamos a despreciarnos antes que a compadecernos. No creíamos en las lágrimas... El resentimiento nos clava a la cruz de nuestro pasado destruido». («Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia», Pre-textos, 2001: 148-149).
Sin saber que se es víctima
Gerardo desconoce que él es una víctima del terrorismo. Cree que lo suyo era un acto de servicio. Nadie le avisa de que a los pocos años se celebra el juicio contra los terroristas, contra De Juana especialmente. Gerardo, solo con su hijo, siempre en casa porque su piel no tolera el sol, apagando la televisión cuando se informa de atentados terroristas. Durante cuatro años, Gerardo haciendo rehabilitación de su brazo izquierdo en el que le queda algún dedo pero sin sensibilidad. Jubilación a los cinco años del atentado sin indemnización monetaria alguna. «Me sentí humillado, ni una indemnización de cinco millones de pesetas por un destrozo de hombre, destrozada mi carrera de policía. Me gustaba mucho a mí la policía, me gustaba mi trabajo de tedax, y me la destrozaron por completo, destrozaron mi casa... Si venía alguna visita se la recibía en el rellano de la escalera, yo le decía a la mujer que no pasaran, que yo se lo agradecía un montón pero que estaba dormido y que no me molestaran. La verdad es que a mí no me apetecía hablar con nadie, ni que vinieran a verme, estaba vegetal, mi sensación era que no quería saber nada de nadie».
Luego surgen los problemas con el alcohol que multiplican los problemas familiares. Hasta que decide emprender una vida personal y deja el alcohol y busca trabajos para salir de sí mismo, barman con una mano, vendedor de extintores con una mano, guarda de seguridad con una mano. Y deja Madrid, y con su mujer emprende una nueva vida en Granada donde da con una persona, víctima como él del terrorismo, que le transforma la vida. Cobra sentido. Gerardo ahora ayuda a otros: «Conozco víctimas que lo han pasado muchísimo peor que yo... Mi problema, mi atentado, lo empiezo a poner en un segundo término».
Gerardo se apega a la vida, a la vida digna que exige verdad, justicia y dignidad. Y entrega parte de su fuerza a la Asociación de Víctimas del Terrorismo y altera su visión de ETA. Los terroristas no son ya para él el asunto personal de su pasado sino un problema de la democracia. Y piensa en la Ciudad política, que no debe serles entregada.
Además de dos docenas de muertos, la serpiente y el hacha de De Juana Chaos han dejado tullidos a múltiples Gerardo, vidas truncadas por las que el verdugo no ha sido nunca juzgado. Sin embargo un azar favorable ha vuelto más humanas esas vidas y el relato de su reinserción cívica nos vuelve más seguros de lo que es el Estado de Derecho y más determinados a defenderlo. Tic tac, tic tac. El péndulo imperturbable de las cosas de la verdad y de la justicia y de la dignidad. El montón de cadáveres de la ikurriña en su macabra danza hacia la independencia. El montón de tullidos y truncados...
Víctimas de nuevo
Ángel Altuna
El Correo. 18 de febrero de 2007
El 11 de marzo de 2004 todos los ciudadanos vimos tambalearse los fundamentos de nuestra existencia personal y colectiva. Sentimos en el dolor de las víctimas nuestros miedos más profundos y primarios, y reconocimos, esta vez hasta el extremo, las más horribles capacidades de la condición humana para poder generar exterminio, dolor y sufrimiento. Quizá transcurridos tres años podamos hacer una labor de introspección y comprobar que sentimos un cierto vértigo al contemplarnos a nosotros mismos realizando diferentes análisis sociopolíticos sobre lo ocurrido, siempre desde una posición supuestamente 'objetiva' como simples observadores externos. Incluso nos atrevemos a dar explicaciones acerca de las causas últimas del atentado, convirtiéndonos así en expertos historicistas. Todo este proceso de intelectualización viene irremediablemente acompañado de la capacidad de alejarnos, casi sin darnos cuenta, de los efectos producidos. Y, en consecuencia, de las víctimas.
Tras el golpe atroz del atentado, el inestimable arropamiento emocional y la asistencia humana a los supervivientes y a los familiares de los fallecidos posibilitaron en algunos casos que las destrozadas referencias psicológicas pudieran reconstruirse desde un basamento más sólido. Frente al terror, la infamia brutal y la deshumanización, algunas víctimas encontraron en aquellos primeros momentos el calor del desconocido, del profesional sanitario, del voluntario, del funcionario que le ayudó, del vecino que le abrazaba, del minuto de silencio en un estadio. Todo esto significó mucho, pero, paradójicamente, también poco.
Las víctimas afirman hoy que aquel colchón inicial ofrecido por la comunidad supuso un primer paso inestimable, pero a la vez insuficiente, para encarar las sucesivas etapas que les ha tocado vivir y sufrir: la realidad insondable de la ausencia, la soledad más solitaria, las incapacidades adquiridas, la rabia y el resentimiento, la propia culpabilización del superviviente y lo que podríamos definir como una 'deconstrucción forzada'; es decir, lo que antes constituía el eje central de la existencia personal y ya no lo es.
En todo ese proceso posterior que afronta la víctima, el componente social resulta fundamental. Incluyo en lo social el apoyo de la Administración, el tratamiento de los medios de comunicación y la actuación de la Justicia. La víctima superviviente y el familiar del asesinado se sitúan indeseadamente desde entonces en un desagradable escenario, como es el terrorismo, sobre el que todo el mundo opina, discute y parece tener una explicación.
Ahora que arranca el juicio, la rememoración de las vivencias sufridas va a suponer un impacto emocional inevitable. Y es en este momento cuando se pondrán en juego las capacidades y los recursos actuales con que cuentan los afectados. Habrá personas que quizá tuvieran una mayor vulnerabilidad previa ante posibles situaciones traumáticas. Habrá otras a las que el apoyo recibido no les haya hecho recuperar todavía eventos y objetivos vitales positivos. También las habrá que, ante el trance judicial, hagan frente a estos duros momentos de una manera ejemplarizante por lo sobrehumano. Se producirán respuestas psicológicas tan distintas como personas afectadas existen. Incluso en una misma unidad familiar habrá quien desee estar absolutamente informado; quien se duela ante cualquier referencia y opte por desconectarse; quien procure transmitir sensaciones y desahogos de forma explícita y pública; y quien prefiera digerir los pensamientos y vivencias privadamente.
Estas víctimas específicas de 'macroatentados colectivos' corren el peligro de que su historia personal quede solapada y diluida por el gran número de damnificados o por la reducción de todo lo sucedido a una pequeña sigla: 11-M. Muchos de los que van a rodear en el futuro al superviviente o al familiar tendrán a su vez a un conocido, o a un conocido de un conocido, que también sufrió los efectos del golpe de una o de otra manera. En otras ocasiones, las reacciones del entorno pueden provocar una desviación de lo sufrido como algo más cercano a una catástrofe natural no intencionada que a un atentado terrorista, lo que puede debilitar la transmisión de las terribles vivencias personales.
Ante el hecho indudable de que la verdadera 'cojera vital' sólo la van a sufrir los propios afectados y los familiares más directos, quienes les acompañen pueden dar por sobreentendido y, por lo tanto no vivenciado, el dolor real de la víctima. Es, pues, imprescindible que se continúe personalizando a cada afectado en la divulgación de la información, en la atención social, en las ayudas comunitarias y en las tramitaciones administrativas. Y los medios deben seguir intentando humanizar y dar nombre a cada uno de los 192 asesinados.
Los factores psicológicos previos situarán a cada superviviente y familiar en una tesitura determinada, mientras el transcurso del tiempo va jugando sus bazas; muchas veces para bien y otras no tanto. Es cierto que la vivencia de un superviviente herido difiere de la del viudo, ésta será diferente a la vivencia del hijo y ésta, a su vez, a la de una madre. Todos ellos discurrirán, irremediablemente aunque con muchas dificultades, por otras etapas de 'reconstrucción' en la que puedan llegar a recuperar metas vitales, socialicen lo ocurrido y logren luchar si lo desean por la Justicia y la búsqueda de la verdad.
Verdad reparadora
Esta verdad, aunque produzca dolor momentáneo, tiene por norma general un efecto reparador en la víctima, como también las acciones policiales y judiciales ajustadas a Derecho. En la mano de todos está que el doloroso proceso de los damnificados hacia una nueva vida, que ya nunca será la misma, pueda ser un poco mejor. Las instancias judiciales deben tenerlo en cuenta. Las víctimas saben que nunca habrá proporcionalidad entre el daño recibido y la condena y el resarcimiento.
Magistrados de la Audiencia Nacional han sido conscientes, y se han hecho eco incluso en público, de que muchos de los procedimientos judiciales victimizan aún más a las víctimas; lo que los expertos han denominado 'doble victimación'. Cuidado con ello. Las víctimas delegan siempre en el Estado su pleito con los asesinos, a través de los tribunales. Nunca el Estado podrá hacer dejación de este contrato social que le obliga a administrar estos pleitos y a velar por sus consecuencias. Por ello, seamos ciudadanos absolutamente vigilantes ante la actuación judicial, seamos exigentes con los procedimientos; la gravedad de los hechos lo merecen. Y tampoco confundamos las peticiones de Justicia y las posiciones de firmeza de las víctimas con la venganza; es un insulto que nos vuelve a victimizar doblemente.
En definitiva, caigamos en la cuenta de que nunca nuestra democracia podrá agradecer del todo la respuesta ajustada a Derecho de todas y cada una de las víctimas del terrorismo en este país durante casi cuarenta años. También en estos momentos conviene no olvidarlo.
Ángel Altuna nació en 1963 en Vitoria. Es licenciado en Psicología. A los 17 años, un comando de ETA asesinó en Álava a su padre, Basilio Altuna. Es miembro del Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco (COVITE).
El Correo. 18 de febrero de 2007
El 11 de marzo de 2004 todos los ciudadanos vimos tambalearse los fundamentos de nuestra existencia personal y colectiva. Sentimos en el dolor de las víctimas nuestros miedos más profundos y primarios, y reconocimos, esta vez hasta el extremo, las más horribles capacidades de la condición humana para poder generar exterminio, dolor y sufrimiento. Quizá transcurridos tres años podamos hacer una labor de introspección y comprobar que sentimos un cierto vértigo al contemplarnos a nosotros mismos realizando diferentes análisis sociopolíticos sobre lo ocurrido, siempre desde una posición supuestamente 'objetiva' como simples observadores externos. Incluso nos atrevemos a dar explicaciones acerca de las causas últimas del atentado, convirtiéndonos así en expertos historicistas. Todo este proceso de intelectualización viene irremediablemente acompañado de la capacidad de alejarnos, casi sin darnos cuenta, de los efectos producidos. Y, en consecuencia, de las víctimas.
Tras el golpe atroz del atentado, el inestimable arropamiento emocional y la asistencia humana a los supervivientes y a los familiares de los fallecidos posibilitaron en algunos casos que las destrozadas referencias psicológicas pudieran reconstruirse desde un basamento más sólido. Frente al terror, la infamia brutal y la deshumanización, algunas víctimas encontraron en aquellos primeros momentos el calor del desconocido, del profesional sanitario, del voluntario, del funcionario que le ayudó, del vecino que le abrazaba, del minuto de silencio en un estadio. Todo esto significó mucho, pero, paradójicamente, también poco.
Las víctimas afirman hoy que aquel colchón inicial ofrecido por la comunidad supuso un primer paso inestimable, pero a la vez insuficiente, para encarar las sucesivas etapas que les ha tocado vivir y sufrir: la realidad insondable de la ausencia, la soledad más solitaria, las incapacidades adquiridas, la rabia y el resentimiento, la propia culpabilización del superviviente y lo que podríamos definir como una 'deconstrucción forzada'; es decir, lo que antes constituía el eje central de la existencia personal y ya no lo es.
En todo ese proceso posterior que afronta la víctima, el componente social resulta fundamental. Incluyo en lo social el apoyo de la Administración, el tratamiento de los medios de comunicación y la actuación de la Justicia. La víctima superviviente y el familiar del asesinado se sitúan indeseadamente desde entonces en un desagradable escenario, como es el terrorismo, sobre el que todo el mundo opina, discute y parece tener una explicación.
Ahora que arranca el juicio, la rememoración de las vivencias sufridas va a suponer un impacto emocional inevitable. Y es en este momento cuando se pondrán en juego las capacidades y los recursos actuales con que cuentan los afectados. Habrá personas que quizá tuvieran una mayor vulnerabilidad previa ante posibles situaciones traumáticas. Habrá otras a las que el apoyo recibido no les haya hecho recuperar todavía eventos y objetivos vitales positivos. También las habrá que, ante el trance judicial, hagan frente a estos duros momentos de una manera ejemplarizante por lo sobrehumano. Se producirán respuestas psicológicas tan distintas como personas afectadas existen. Incluso en una misma unidad familiar habrá quien desee estar absolutamente informado; quien se duela ante cualquier referencia y opte por desconectarse; quien procure transmitir sensaciones y desahogos de forma explícita y pública; y quien prefiera digerir los pensamientos y vivencias privadamente.
Estas víctimas específicas de 'macroatentados colectivos' corren el peligro de que su historia personal quede solapada y diluida por el gran número de damnificados o por la reducción de todo lo sucedido a una pequeña sigla: 11-M. Muchos de los que van a rodear en el futuro al superviviente o al familiar tendrán a su vez a un conocido, o a un conocido de un conocido, que también sufrió los efectos del golpe de una o de otra manera. En otras ocasiones, las reacciones del entorno pueden provocar una desviación de lo sufrido como algo más cercano a una catástrofe natural no intencionada que a un atentado terrorista, lo que puede debilitar la transmisión de las terribles vivencias personales.
Ante el hecho indudable de que la verdadera 'cojera vital' sólo la van a sufrir los propios afectados y los familiares más directos, quienes les acompañen pueden dar por sobreentendido y, por lo tanto no vivenciado, el dolor real de la víctima. Es, pues, imprescindible que se continúe personalizando a cada afectado en la divulgación de la información, en la atención social, en las ayudas comunitarias y en las tramitaciones administrativas. Y los medios deben seguir intentando humanizar y dar nombre a cada uno de los 192 asesinados.
Los factores psicológicos previos situarán a cada superviviente y familiar en una tesitura determinada, mientras el transcurso del tiempo va jugando sus bazas; muchas veces para bien y otras no tanto. Es cierto que la vivencia de un superviviente herido difiere de la del viudo, ésta será diferente a la vivencia del hijo y ésta, a su vez, a la de una madre. Todos ellos discurrirán, irremediablemente aunque con muchas dificultades, por otras etapas de 'reconstrucción' en la que puedan llegar a recuperar metas vitales, socialicen lo ocurrido y logren luchar si lo desean por la Justicia y la búsqueda de la verdad.
Verdad reparadora
Esta verdad, aunque produzca dolor momentáneo, tiene por norma general un efecto reparador en la víctima, como también las acciones policiales y judiciales ajustadas a Derecho. En la mano de todos está que el doloroso proceso de los damnificados hacia una nueva vida, que ya nunca será la misma, pueda ser un poco mejor. Las instancias judiciales deben tenerlo en cuenta. Las víctimas saben que nunca habrá proporcionalidad entre el daño recibido y la condena y el resarcimiento.
Magistrados de la Audiencia Nacional han sido conscientes, y se han hecho eco incluso en público, de que muchos de los procedimientos judiciales victimizan aún más a las víctimas; lo que los expertos han denominado 'doble victimación'. Cuidado con ello. Las víctimas delegan siempre en el Estado su pleito con los asesinos, a través de los tribunales. Nunca el Estado podrá hacer dejación de este contrato social que le obliga a administrar estos pleitos y a velar por sus consecuencias. Por ello, seamos ciudadanos absolutamente vigilantes ante la actuación judicial, seamos exigentes con los procedimientos; la gravedad de los hechos lo merecen. Y tampoco confundamos las peticiones de Justicia y las posiciones de firmeza de las víctimas con la venganza; es un insulto que nos vuelve a victimizar doblemente.
En definitiva, caigamos en la cuenta de que nunca nuestra democracia podrá agradecer del todo la respuesta ajustada a Derecho de todas y cada una de las víctimas del terrorismo en este país durante casi cuarenta años. También en estos momentos conviene no olvidarlo.
Ángel Altuna nació en 1963 en Vitoria. Es licenciado en Psicología. A los 17 años, un comando de ETA asesinó en Álava a su padre, Basilio Altuna. Es miembro del Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco (COVITE).
¡Qué dolor!
Teresa Jiménez-Becerril
ABC. 14 de febrero de 2007
Ha sido un golpe bajo. He sentido ahora el viento del dolor que arreció cuando me dieron la noticia del asesinato de mi hermano y su mujer. Entonces, el huracán arrastró nuestra razón y nuestra voluntad, y si no se llevó más fue porque no pudimos permitirnos el lujo de abandonarnos, como habríamos deseado más de uno de los que llevamos su misma sangre. Tres chiquillos que nos miraban con ojos de asombro y súplica fueron razones más que poderosas para seguir viviendo y hacerlo sin poder derramar las lágrimas que ayudan a descargar el sufrimiento. ¡Cuántos dibujos animados, cuánta risa forzada, cuánta alegría inexistente para paliar el ansia de unos niños que se habían quedado sin madre ni padre de la noche a la mañana! No existían asociaciones de víctimas, ni foros de libertad, ni ideologías, ni medios de comunicación. Por no existir, no existían ni los terroristas que habían matado a los nuestros. Nada se anteponía a lo que sería por mucho tiempo nuestro único objetivo; aliviar la angustia de quienes a tan corta edad habían pasado de tenerlo todo a no tener nada. Y eso hicimos y hacemos desde entonces. Pero llegó un momento en el que en sus miradas empecé a ver algo más.
Quizás esos niños, a los que ETA había dejado huérfanos, necesitaban algo más que el cariño y la tranquilidad que siempre les habíamos dado. A lo mejor había llegado la hora de devolverles el honor, de reconocer el sacrificio de sus padres. Desde entonces, luché como pude para que la memoria de mi hermano y de su mujer siguiera viva y para que sus hijos pudieran, si no disfrutar como debieran de sus padres, sí tener el consuelo de sentirse orgullosos de ellos. Y eso hice: recordarlos en público en su aniversario cuantas veces pude para que no cayeran en el olvido. Hasta que empezó el martirio al que las víctimas de ETA nos hemos visto sometidas durante estos últimos dos años. Negociaciones, siempre desmentidas. Continuos acercamientos a la banda terrorista. Declaraciones y más declaraciones que contentaban al entorno de ETA. Se cambiaba a los asesinos por hombres de paz y a las víctimas del terrorismo, por gentes de mala fe. Hemos visto mucho más de lo que podíamos soportar, se nos ha humillado como nunca pensamos que se pudiera hacer. Y cuando aún suspirábamos aliviados por el triunfo de la justicia sobre la conveniencia, cuando dormíamos tranquilos pensando que el asesino Ignacio De Juana Chaos esperaría unos años antes de asustarnos de nuevo con sus pistolas o con sus carcajadas, cuando aún no nos habíamos recuperado de esa mirada de odio que el etarra nos lanzaba desde su cama, mientras vendía su cuerpo y su alma a un diario inglés, nos vuelven a poner a prueba.
¡Qué más da, son sólo víctimas! Están acostumbradas a sufrir, otro empujoncito más y otra que cae. Si este Gobierno hubiera puesto el mismo empeño en derrotar a ETA que en acabar con nosotros, yo creo que la banda terrorista estaría contra las tablas.
En cambio, somos nosotros los que pedimos tiempo, los que nunca hemos matado a nadie, los que ni siquiera nos hemos defendido... Tiempo para respirar, para curar nuestras heridas, fruto de los continuos golpes recibidos. Tiempo para poder tomar aliento con el que decirle a los españoles que nos ayuden, que no permitan que un grupo de asesinos, animados por una chusma nacionalista, golpee hasta la muerte a quienes nunca pudieron defenderse. Que no se conviertan en cómplices de este circo romano, donde parece que todos han perdido la razón y disfrutan de un innoble espectáculo.
No logro escribir más. Sólo sé que esta noche yo dormiré triste, pero tranquila, y que las risas de mis sobrinos Ascen, Alberto y Clara aliviarán mi pesar, aunque no logren saciar mi sed de justicia. El terrorista que escribió cuando asesinaron a los padres de esos niños que con el dolor de estos había comido para un mes, seguirá hambriento durante un tiempo, quizás hasta que sean mayores y logren comprender que han sido abandonados por quienes tenían el deber moral de protegerlos. Entonces llorarán de nuevo, como lloro yo hoy, viendo cómo Ignacio De Juana Chaos se prepara para darse de nuevo un festín, animado por nuestro dolor.
Pero no te confíes, héroe y mártir de pacotilla, porque nosotros, con lágrimas o sin ellas, somos más y somos mejores. Y al final lo conseguiremos. No creáis tú , tus amigos y tus falsos enemigos que estos vientos que ahora os son favorables y que intentan plegar a las víctimas son eternos. Todos sabemos lo rápido que cambia la corriente y aunque tú, De Juana, te hayas librado gracias a la ambición de algunos y a la indiferencia de muchos, nosotros volveremos a recuperar el sitio que merecemos y que nunca debimos perder. Y con nosotros lo recuperarán todos los españoles que hoy se encuentran perdidos.
ABC. 14 de febrero de 2007
Ha sido un golpe bajo. He sentido ahora el viento del dolor que arreció cuando me dieron la noticia del asesinato de mi hermano y su mujer. Entonces, el huracán arrastró nuestra razón y nuestra voluntad, y si no se llevó más fue porque no pudimos permitirnos el lujo de abandonarnos, como habríamos deseado más de uno de los que llevamos su misma sangre. Tres chiquillos que nos miraban con ojos de asombro y súplica fueron razones más que poderosas para seguir viviendo y hacerlo sin poder derramar las lágrimas que ayudan a descargar el sufrimiento. ¡Cuántos dibujos animados, cuánta risa forzada, cuánta alegría inexistente para paliar el ansia de unos niños que se habían quedado sin madre ni padre de la noche a la mañana! No existían asociaciones de víctimas, ni foros de libertad, ni ideologías, ni medios de comunicación. Por no existir, no existían ni los terroristas que habían matado a los nuestros. Nada se anteponía a lo que sería por mucho tiempo nuestro único objetivo; aliviar la angustia de quienes a tan corta edad habían pasado de tenerlo todo a no tener nada. Y eso hicimos y hacemos desde entonces. Pero llegó un momento en el que en sus miradas empecé a ver algo más.
Quizás esos niños, a los que ETA había dejado huérfanos, necesitaban algo más que el cariño y la tranquilidad que siempre les habíamos dado. A lo mejor había llegado la hora de devolverles el honor, de reconocer el sacrificio de sus padres. Desde entonces, luché como pude para que la memoria de mi hermano y de su mujer siguiera viva y para que sus hijos pudieran, si no disfrutar como debieran de sus padres, sí tener el consuelo de sentirse orgullosos de ellos. Y eso hice: recordarlos en público en su aniversario cuantas veces pude para que no cayeran en el olvido. Hasta que empezó el martirio al que las víctimas de ETA nos hemos visto sometidas durante estos últimos dos años. Negociaciones, siempre desmentidas. Continuos acercamientos a la banda terrorista. Declaraciones y más declaraciones que contentaban al entorno de ETA. Se cambiaba a los asesinos por hombres de paz y a las víctimas del terrorismo, por gentes de mala fe. Hemos visto mucho más de lo que podíamos soportar, se nos ha humillado como nunca pensamos que se pudiera hacer. Y cuando aún suspirábamos aliviados por el triunfo de la justicia sobre la conveniencia, cuando dormíamos tranquilos pensando que el asesino Ignacio De Juana Chaos esperaría unos años antes de asustarnos de nuevo con sus pistolas o con sus carcajadas, cuando aún no nos habíamos recuperado de esa mirada de odio que el etarra nos lanzaba desde su cama, mientras vendía su cuerpo y su alma a un diario inglés, nos vuelven a poner a prueba.
¡Qué más da, son sólo víctimas! Están acostumbradas a sufrir, otro empujoncito más y otra que cae. Si este Gobierno hubiera puesto el mismo empeño en derrotar a ETA que en acabar con nosotros, yo creo que la banda terrorista estaría contra las tablas.
En cambio, somos nosotros los que pedimos tiempo, los que nunca hemos matado a nadie, los que ni siquiera nos hemos defendido... Tiempo para respirar, para curar nuestras heridas, fruto de los continuos golpes recibidos. Tiempo para poder tomar aliento con el que decirle a los españoles que nos ayuden, que no permitan que un grupo de asesinos, animados por una chusma nacionalista, golpee hasta la muerte a quienes nunca pudieron defenderse. Que no se conviertan en cómplices de este circo romano, donde parece que todos han perdido la razón y disfrutan de un innoble espectáculo.
No logro escribir más. Sólo sé que esta noche yo dormiré triste, pero tranquila, y que las risas de mis sobrinos Ascen, Alberto y Clara aliviarán mi pesar, aunque no logren saciar mi sed de justicia. El terrorista que escribió cuando asesinaron a los padres de esos niños que con el dolor de estos había comido para un mes, seguirá hambriento durante un tiempo, quizás hasta que sean mayores y logren comprender que han sido abandonados por quienes tenían el deber moral de protegerlos. Entonces llorarán de nuevo, como lloro yo hoy, viendo cómo Ignacio De Juana Chaos se prepara para darse de nuevo un festín, animado por nuestro dolor.
Pero no te confíes, héroe y mártir de pacotilla, porque nosotros, con lágrimas o sin ellas, somos más y somos mejores. Y al final lo conseguiremos. No creáis tú , tus amigos y tus falsos enemigos que estos vientos que ahora os son favorables y que intentan plegar a las víctimas son eternos. Todos sabemos lo rápido que cambia la corriente y aunque tú, De Juana, te hayas librado gracias a la ambición de algunos y a la indiferencia de muchos, nosotros volveremos a recuperar el sitio que merecemos y que nunca debimos perder. Y con nosotros lo recuperarán todos los españoles que hoy se encuentran perdidos.
Razones y tentaciones del Estado
Franciso Tomás y Valiente
El País. 15 de febrero de 1996
Se ha escrito tanto contra la razón de Estado que pudiera pensarse que, suprimida ésta, al Estado no le queda ninguna para defender su necesidad y para, por lo tanto, subsistir. Eso es lo que desean y lo que persiguen con el tiro en la nuca sin piedad los enemigos del Estado, de este Estado. Urge hablar de otra u otras razones del y de este Estado. En el siglo XVII se contraponían la mala y la buena razón de Estado. Aquella revestía la forma del sometimiento de la moral a la fama del Príncipe, a la reputación de la Monarquía o a cualquier otra divinización del poder como realidad sustantiva. Frente a ella, los teóricos de la Contrarreforma esgrimían lo que llamaban la buena razón de Estado, consistente en la subordinación del poder y sus instrumentos en defensa de la moral y el derecho natural, de la verdadera fe, de la Iglesia católica. Ahora los nombres y las razones han cambiado, pero la contraposición entre ellas subsiste porque el Estado continúa siendo un instrumento necesario y legítimo.
La mala razón de Estado, su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad, es la divinización o satanización del poder: la voluntad de poder, su sustantivización, el sometimiento de todo a su conservación por parte de quienes lo tengan, y el todo vale desde él en la persecución de fines legítimos o ¡legítimos. Contra esta mala razón de Estado estamos todos los demócratas conscientes, quienes entendemos como únicos valores sustantivos los del hombre individual y sus derechos a la vida, a la paz, a la libertad y los de ellos derivados. Pero hay que decir enseguida que, para lograr o no perder estos valores y derechos, el Estado es imprescindible, es instrumento, pero instrumento necesario, de manera que, si se destruye, nos quedamos sin los objetivos que lo legitiman y que constituyen su razón de ser, la buena razón de Estado.
Aquí y ahora, en este Estado que se construyó en y desde la Constitución de 1978,y en la sociedad que lo sustenta y lo necesita, estamos incurriendo en determinadas tentaciones cuyo triunfo definitivo podría determinar la destrucción de aquél y que ya están produciendo su descrédito y debilidad.
La primera tentación contra el Estado es el olvido de su legitimidad y de sus límites, es decir, la utilización del poder para, luchando contra los terroristas, emplear sus mismos métodos, sus crímenes. El mayor enemigo del Estado es la mala razón de Estado. Hay, pues, que perseguir a quienes hayan caído en ella. Pero al hacerlo, tarde y escandalosamente, se ha incurrido en la tentación de destruir gran parte del aparato del poder estatal legítimo, en la desmoralización de buen número de sus agentes, en la desaparición de alguna de sus piezas imprescindibles para luchar contra los terroristas y en el descrédito del Estado, dentro y fuera de sus fronteras. La mala razón de Estado y el torpe desenmascaramiento de sus crímenes, sin el cuidado en el aislamiento de quienes hayan vulnerado la ley desde el Estado y sin la discreción judicial y periodística como cautela y garantía de derechos, se han unido en la producción de los efectos que ahora padecemos, de manera que a la tentación de la mala razón de Estado se ha unido la autodestrucción como apéndice perverso.
La segunda tentación consiste en la fragmentación interna de las fuerzas políticas demócratas en su necesario frente común, desde el Estado, contra los criminales del terror. Se había avanzado mucho en este camino: en poco tiempo se ha desandado casi todo el trecho recorrido. Si los nacionalistas no violentos se sienten más nacionalistas que otra cosa; si toleran en silencio quemas o entierros de la constitución; si repitieran palabras de comprensión hacia los terroristas encarcelados o en libertad por su intencionalidad política; si unos y otros, en el País Vasco y fuera de él, alimentaran no la colaboración entre las respectivas fuerzas policiales, sino la desconfianza y rivalidad entre ellas, si se callara que la sociedad vasca ha ganado ya, con las insuficiencias y los discutibles incumplimientos que puedan aún señalarse, las libertades y el autogobiemo cuya insatisfacción puede haber significado desde el siglo pasado la injusticia histórica que algún comprensivo prelado recuerda oportune et importune; si la defensa del cumplimiento total de las condenas se esgrime como equívoca arma de campaña electoral; si la necesidad de la unión entre los demócratas (nosotros) frente a ETA (ellos) se proclama sólo en los entierros de cada última víctima; si todo eso continúa pasando, estaremos cayendo en la, tentación de la fragmentación intema, para desgracia de demócratas y alegría y fortalecimiento de los terroristas.
La tercera tentación, o tal vez la primera en el orden cronológico, es el abandono de la calle. La tolerancia mal entendida respecto a lo que algunos llamaban problemas juveniles de la sociedad vasca está desembocando en el triunfo del terror en las calles de las ciudades de Euskadi. Y la calle es símbolo y realidad del Estado, escenario de libertades, ámbito de la paz y la seguridad de los ciudadanos. 0 todo lo contrario. Si se pierde la calle, se pierde todo. Que nadie discuta esto, porque los primeros en saberlo son ellos. No se trata de evaluar en pesetas los autobuses incendiados, las cabinas telefónicas destruidas o los daños producidos en establecimientos bancarios y comerciales. El daño es cualitativamente otro: es la pérdida de la paz. Y como la paz es el fin primario del Estado, si se pierde ésta, se pierde aquél y se regresa a la guerra de todos contra todos, cuya versión actual es la persecución armada de unos pocos contra la inmensa mayoría.
No basta con decir estas cosas: pero el silencio es deshonesto antes y después de la muerte del último hombre asesinado. Del último hasta hoy. Es necesario reflexionar sobre estas tres tentaciones para no seguir cayendo en ellas. Si el espíritu de enmienda prosperara, se podría, desde él, discutir cuáles son los instrumentos legales que el Estado necesita y proveerse de ellos. Pero si se pierde la convicción en la propia legitimidad, en la buena razón del Estado, lo demás es imposible. Los especialistas en tentaciones y pecados suelen clasificar éstos y disculpar algunas de aquéllas. Todos hemos dicho alguna vez que hay tentaciones inventadas para caer en ellas, lo cual puede ser cierto respecto a las de la carne, pero no a propósito de las aquí comentadas. En ellas nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual, porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora, como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco a cada uno de nosotros.
El País. 15 de febrero de 1996
Se ha escrito tanto contra la razón de Estado que pudiera pensarse que, suprimida ésta, al Estado no le queda ninguna para defender su necesidad y para, por lo tanto, subsistir. Eso es lo que desean y lo que persiguen con el tiro en la nuca sin piedad los enemigos del Estado, de este Estado. Urge hablar de otra u otras razones del y de este Estado. En el siglo XVII se contraponían la mala y la buena razón de Estado. Aquella revestía la forma del sometimiento de la moral a la fama del Príncipe, a la reputación de la Monarquía o a cualquier otra divinización del poder como realidad sustantiva. Frente a ella, los teóricos de la Contrarreforma esgrimían lo que llamaban la buena razón de Estado, consistente en la subordinación del poder y sus instrumentos en defensa de la moral y el derecho natural, de la verdadera fe, de la Iglesia católica. Ahora los nombres y las razones han cambiado, pero la contraposición entre ellas subsiste porque el Estado continúa siendo un instrumento necesario y legítimo.
La mala razón de Estado, su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad, es la divinización o satanización del poder: la voluntad de poder, su sustantivización, el sometimiento de todo a su conservación por parte de quienes lo tengan, y el todo vale desde él en la persecución de fines legítimos o ¡legítimos. Contra esta mala razón de Estado estamos todos los demócratas conscientes, quienes entendemos como únicos valores sustantivos los del hombre individual y sus derechos a la vida, a la paz, a la libertad y los de ellos derivados. Pero hay que decir enseguida que, para lograr o no perder estos valores y derechos, el Estado es imprescindible, es instrumento, pero instrumento necesario, de manera que, si se destruye, nos quedamos sin los objetivos que lo legitiman y que constituyen su razón de ser, la buena razón de Estado.
Aquí y ahora, en este Estado que se construyó en y desde la Constitución de 1978,y en la sociedad que lo sustenta y lo necesita, estamos incurriendo en determinadas tentaciones cuyo triunfo definitivo podría determinar la destrucción de aquél y que ya están produciendo su descrédito y debilidad.
La primera tentación contra el Estado es el olvido de su legitimidad y de sus límites, es decir, la utilización del poder para, luchando contra los terroristas, emplear sus mismos métodos, sus crímenes. El mayor enemigo del Estado es la mala razón de Estado. Hay, pues, que perseguir a quienes hayan caído en ella. Pero al hacerlo, tarde y escandalosamente, se ha incurrido en la tentación de destruir gran parte del aparato del poder estatal legítimo, en la desmoralización de buen número de sus agentes, en la desaparición de alguna de sus piezas imprescindibles para luchar contra los terroristas y en el descrédito del Estado, dentro y fuera de sus fronteras. La mala razón de Estado y el torpe desenmascaramiento de sus crímenes, sin el cuidado en el aislamiento de quienes hayan vulnerado la ley desde el Estado y sin la discreción judicial y periodística como cautela y garantía de derechos, se han unido en la producción de los efectos que ahora padecemos, de manera que a la tentación de la mala razón de Estado se ha unido la autodestrucción como apéndice perverso.
La segunda tentación consiste en la fragmentación interna de las fuerzas políticas demócratas en su necesario frente común, desde el Estado, contra los criminales del terror. Se había avanzado mucho en este camino: en poco tiempo se ha desandado casi todo el trecho recorrido. Si los nacionalistas no violentos se sienten más nacionalistas que otra cosa; si toleran en silencio quemas o entierros de la constitución; si repitieran palabras de comprensión hacia los terroristas encarcelados o en libertad por su intencionalidad política; si unos y otros, en el País Vasco y fuera de él, alimentaran no la colaboración entre las respectivas fuerzas policiales, sino la desconfianza y rivalidad entre ellas, si se callara que la sociedad vasca ha ganado ya, con las insuficiencias y los discutibles incumplimientos que puedan aún señalarse, las libertades y el autogobiemo cuya insatisfacción puede haber significado desde el siglo pasado la injusticia histórica que algún comprensivo prelado recuerda oportune et importune; si la defensa del cumplimiento total de las condenas se esgrime como equívoca arma de campaña electoral; si la necesidad de la unión entre los demócratas (nosotros) frente a ETA (ellos) se proclama sólo en los entierros de cada última víctima; si todo eso continúa pasando, estaremos cayendo en la, tentación de la fragmentación intema, para desgracia de demócratas y alegría y fortalecimiento de los terroristas.
La tercera tentación, o tal vez la primera en el orden cronológico, es el abandono de la calle. La tolerancia mal entendida respecto a lo que algunos llamaban problemas juveniles de la sociedad vasca está desembocando en el triunfo del terror en las calles de las ciudades de Euskadi. Y la calle es símbolo y realidad del Estado, escenario de libertades, ámbito de la paz y la seguridad de los ciudadanos. 0 todo lo contrario. Si se pierde la calle, se pierde todo. Que nadie discuta esto, porque los primeros en saberlo son ellos. No se trata de evaluar en pesetas los autobuses incendiados, las cabinas telefónicas destruidas o los daños producidos en establecimientos bancarios y comerciales. El daño es cualitativamente otro: es la pérdida de la paz. Y como la paz es el fin primario del Estado, si se pierde ésta, se pierde aquél y se regresa a la guerra de todos contra todos, cuya versión actual es la persecución armada de unos pocos contra la inmensa mayoría.
No basta con decir estas cosas: pero el silencio es deshonesto antes y después de la muerte del último hombre asesinado. Del último hasta hoy. Es necesario reflexionar sobre estas tres tentaciones para no seguir cayendo en ellas. Si el espíritu de enmienda prosperara, se podría, desde él, discutir cuáles son los instrumentos legales que el Estado necesita y proveerse de ellos. Pero si se pierde la convicción en la propia legitimidad, en la buena razón del Estado, lo demás es imposible. Los especialistas en tentaciones y pecados suelen clasificar éstos y disculpar algunas de aquéllas. Todos hemos dicho alguna vez que hay tentaciones inventadas para caer en ellas, lo cual puede ser cierto respecto a las de la carne, pero no a propósito de las aquí comentadas. En ellas nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual, porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora, como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco a cada uno de nosotros.
El presidente Tomás y Valiente
Jorge de Esteban
El Mundo. 15 de febrero de 1996
SON las once y veinte de la mañana. Me encuentro impartiendo la clase a los alumnos de segundo año de la Facultad de Derecho de la Complutense. En ese momento, de forma inesperada, entra sofocada la secretaria del Departamento, y me comunica que acaban de asesinar en la Universidad Autónoma al catedrático y ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente.
La noticia me deja aturdido, se la comunico a mis alumnos, que reflejan en sus rostros la consternación, y suspendo inmediatamente la clase. Nuevamente la irracionalidad del terrorismo se acaba de cobrar otra víctima que, en este caso, es todo un símbolo. Mi amigo y colega Tomás y Valiente no era sólo un ilustre catedrático de la Universidad española, no era sólo el historiador del Derecho de mayor prestigio en nuestro país, no era sólo un hombre bueno, leal y generoso, amigo de sus amigos. Era mucho más: era todo un símbolo del Estado de Derecho que los españoles de buena voluntad desean que exista en España.
Fue, en efecto, uno de los magistrados fundadores en 1980 del Tribunal Constitucional y permaneció en él durante doce años, los seis últimos como presidente. Era lógico, pues, que en el verano de 1990, cuando se me encargó la dirección de un curso en El Escorial sobre los diez años de vida de nuestro Tribunal, le invitase para que lo inaugurara. Cuando le llamé para invitarlo a pronunciar esa conferencia, a pesar de que estaba muy ocupado con su labor de presidente, no dudó ni un momento en aceptar.
Cualquiera de los alumnos que asistieron a ese curso estoy seguro de que tendrán en su memoria todavía la fascinante exposición que nos hizo, explicando cómo se creó el Tribunal, las dificultades que tuvieron que superar, la pasión con que lo hicieron, sabiendo que estaban cimentando la piedra angular de nuestro Estado de Derecho. Durante la larga hora que habló, no se oyó ni el vuelo de una mosca, pues era apasionante oír unas palabras que traslucían la fe en el Derecho, en la democracia y en el futuro de nuestro país. Al término de la conferencia, le animé a que escribiese unas Memorias en que desarrollase más lo que nos había contado, pues pocos como él estaban en el secreto de lo que cuesta construir un Estado civilizado bajo el signo de una Constitución que ampare a todos, incluidos los que no la aceptan.
Fue bajo su presidencia precisamente cuando el Tribunal declaró inconstitucional una ley antiterrorista, a efectos de anular los abusivos diez días de detención que esta norma permitía para los casos de terrorismo. Sus convicciones, que fueron también las de todo el Tribunal, le llevaban a sostener, con esa sentencia, que la única manera de acabar con la plaga irracional del terrorismo era a través del máximo respeto a la Ley, al Derecho.
Fue también bajo su Presidencia, cuando el Tribunal Constitucional, interpretando el oscuro Título VIII de la Constitución, puso las bases para la construcción del Estado de las Autonomías. Mediante una jurisprudencia creadora, el Tribunal ha sido el mayor defensor de una concepción plural de España, reconociendo la autonomía de las diversas comunidades y, en especial, la de las denominadas históricas. Nadie duda ya de que una gran parte del mérito del Tribunal, en esta gigantesca tarea, fue obra de Tomás y Valiente, quien redactó en 1984 un decisivo informe sobre el reparto competencial entre el Estado y las comunidades autónomas publicado después como libro.
Fue lógico, en consecuencia, cuando el primer presidente del Tribunal, el profesor García-Pelayo dejó su puesto en 1986, abatido por los avatares de la política, que el nombre de Tomás y Valiente fuese el que más sonase para reemplazarlo. Recuerdo que pocos días antes de reunirse el Tribunal para nombrar nuevo presidente, recibí la visita de Tomás y Valiente en la Embajada en Roma. Como yo conocía perfectamente el prestigio y la ecuanimidad que se había ganado entre sus compañeros del Tribunal, le profeticé que él sería el nuevo Presidente. Sin embargo, recuerdo también perfectamente su sincera modestia cuando me contestó que había otros compañeros más capaces que él de dirigirlo.
Durante mi estancia en Roma, tuve la suerte de tenerlo varias veces de invitado en la Embajada, ya que su prestigio como eminente jurista e historiador había traspasado las fronteras y, especialmente, en Italia tenía grandes amigos y admiradores. Incluso la Universidad de Messina le concedió el título de Doctor «Honoris Causa», como reconocimiento a su obra científica. Obra que, por supuesto, comprende grandes aportaciones a la Historia del Derecho Español en general, a la Historia del Constitucionalismo, al estudio del Derecho y a su concepción del Estado del Derecho, proyectada ésta en toda su obra jurisprudencial durante los fecundos doce años que estuvo en el Tribunal Constitucional.
Pero si su talla como jurista es indiscutible, lo es aún más su humanidad y generosidad, como se demuestra en el último artículo que escribió anteayer en El País. En él reivindicaba la figura de Joaquín Ruiz Giménez, como uno de los grandes precursores de nuestra democracia, y al que no se ha valorado como merece.
Hoy, cuando los terroristas de ETA han vuelto a demostrar que su locura no lleva a ninguna parte, más que nunca, hay que recordar, en memoria de un gran español, de un gran jurista, las palabras de Von Ihering: «El Derecho no es una idea lógica, sino una idea de fuerza; he ahí por qué la justicia, que sostiene en una mano la balanza donde pesa el Derecho, sostiene en la otra la espada que sirve para hacerlo efectivo. La espada, sin la balanza, es la fuerza bruta, y la balanza sin la espada, es el Derecho en su impotencia; se completan recíprocamente: y el Derecho no reina verdaderamente, más que en el caso en que la fuerza desplegada por la Justicia para sostener la espada, iguale a la habilidad que emplea en manejar la balanza».
Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del consejo editorial de EL MUNDO.
El Mundo. 15 de febrero de 1996
SON las once y veinte de la mañana. Me encuentro impartiendo la clase a los alumnos de segundo año de la Facultad de Derecho de la Complutense. En ese momento, de forma inesperada, entra sofocada la secretaria del Departamento, y me comunica que acaban de asesinar en la Universidad Autónoma al catedrático y ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente.
La noticia me deja aturdido, se la comunico a mis alumnos, que reflejan en sus rostros la consternación, y suspendo inmediatamente la clase. Nuevamente la irracionalidad del terrorismo se acaba de cobrar otra víctima que, en este caso, es todo un símbolo. Mi amigo y colega Tomás y Valiente no era sólo un ilustre catedrático de la Universidad española, no era sólo el historiador del Derecho de mayor prestigio en nuestro país, no era sólo un hombre bueno, leal y generoso, amigo de sus amigos. Era mucho más: era todo un símbolo del Estado de Derecho que los españoles de buena voluntad desean que exista en España.
Fue, en efecto, uno de los magistrados fundadores en 1980 del Tribunal Constitucional y permaneció en él durante doce años, los seis últimos como presidente. Era lógico, pues, que en el verano de 1990, cuando se me encargó la dirección de un curso en El Escorial sobre los diez años de vida de nuestro Tribunal, le invitase para que lo inaugurara. Cuando le llamé para invitarlo a pronunciar esa conferencia, a pesar de que estaba muy ocupado con su labor de presidente, no dudó ni un momento en aceptar.
Cualquiera de los alumnos que asistieron a ese curso estoy seguro de que tendrán en su memoria todavía la fascinante exposición que nos hizo, explicando cómo se creó el Tribunal, las dificultades que tuvieron que superar, la pasión con que lo hicieron, sabiendo que estaban cimentando la piedra angular de nuestro Estado de Derecho. Durante la larga hora que habló, no se oyó ni el vuelo de una mosca, pues era apasionante oír unas palabras que traslucían la fe en el Derecho, en la democracia y en el futuro de nuestro país. Al término de la conferencia, le animé a que escribiese unas Memorias en que desarrollase más lo que nos había contado, pues pocos como él estaban en el secreto de lo que cuesta construir un Estado civilizado bajo el signo de una Constitución que ampare a todos, incluidos los que no la aceptan.
Fue bajo su presidencia precisamente cuando el Tribunal declaró inconstitucional una ley antiterrorista, a efectos de anular los abusivos diez días de detención que esta norma permitía para los casos de terrorismo. Sus convicciones, que fueron también las de todo el Tribunal, le llevaban a sostener, con esa sentencia, que la única manera de acabar con la plaga irracional del terrorismo era a través del máximo respeto a la Ley, al Derecho.
Fue también bajo su Presidencia, cuando el Tribunal Constitucional, interpretando el oscuro Título VIII de la Constitución, puso las bases para la construcción del Estado de las Autonomías. Mediante una jurisprudencia creadora, el Tribunal ha sido el mayor defensor de una concepción plural de España, reconociendo la autonomía de las diversas comunidades y, en especial, la de las denominadas históricas. Nadie duda ya de que una gran parte del mérito del Tribunal, en esta gigantesca tarea, fue obra de Tomás y Valiente, quien redactó en 1984 un decisivo informe sobre el reparto competencial entre el Estado y las comunidades autónomas publicado después como libro.
Fue lógico, en consecuencia, cuando el primer presidente del Tribunal, el profesor García-Pelayo dejó su puesto en 1986, abatido por los avatares de la política, que el nombre de Tomás y Valiente fuese el que más sonase para reemplazarlo. Recuerdo que pocos días antes de reunirse el Tribunal para nombrar nuevo presidente, recibí la visita de Tomás y Valiente en la Embajada en Roma. Como yo conocía perfectamente el prestigio y la ecuanimidad que se había ganado entre sus compañeros del Tribunal, le profeticé que él sería el nuevo Presidente. Sin embargo, recuerdo también perfectamente su sincera modestia cuando me contestó que había otros compañeros más capaces que él de dirigirlo.
Durante mi estancia en Roma, tuve la suerte de tenerlo varias veces de invitado en la Embajada, ya que su prestigio como eminente jurista e historiador había traspasado las fronteras y, especialmente, en Italia tenía grandes amigos y admiradores. Incluso la Universidad de Messina le concedió el título de Doctor «Honoris Causa», como reconocimiento a su obra científica. Obra que, por supuesto, comprende grandes aportaciones a la Historia del Derecho Español en general, a la Historia del Constitucionalismo, al estudio del Derecho y a su concepción del Estado del Derecho, proyectada ésta en toda su obra jurisprudencial durante los fecundos doce años que estuvo en el Tribunal Constitucional.
Pero si su talla como jurista es indiscutible, lo es aún más su humanidad y generosidad, como se demuestra en el último artículo que escribió anteayer en El País. En él reivindicaba la figura de Joaquín Ruiz Giménez, como uno de los grandes precursores de nuestra democracia, y al que no se ha valorado como merece.
Hoy, cuando los terroristas de ETA han vuelto a demostrar que su locura no lleva a ninguna parte, más que nunca, hay que recordar, en memoria de un gran español, de un gran jurista, las palabras de Von Ihering: «El Derecho no es una idea lógica, sino una idea de fuerza; he ahí por qué la justicia, que sostiene en una mano la balanza donde pesa el Derecho, sostiene en la otra la espada que sirve para hacerlo efectivo. La espada, sin la balanza, es la fuerza bruta, y la balanza sin la espada, es el Derecho en su impotencia; se completan recíprocamente: y el Derecho no reina verdaderamente, más que en el caso en que la fuerza desplegada por la Justicia para sostener la espada, iguale a la habilidad que emplea en manejar la balanza».
Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del consejo editorial de EL MUNDO.
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