La chapuza como técnica asesina

Sergio Campos

BastaYa.org. 19 de junio de 2007

Eta asesinó a dos personas en diciembre, lo que significó la ruptura de eso que llamaron “alto el fuego permanente” y que tantas disquisiciones lingüístico-políticas provocó en su día, especialmente con el análisis del adverbio. Curioso país: aquí hasta el más tonto es lingüista. Más tarde sus esbirros callejeros asesinaron a otra persona en Mondragón. Y no han sido estas tres muertes sino un comunicado etarra lo que ha llevado a los responsables del gobierno a elevar sus ojos acuosos al cielo y maldecir la ruptura del llamado por Rubalcaba “llamado proceso de paz”. Ante este peculiar comportamiento, uno puede sospechar que los asesinos han sacado una conclusión tan obvia como terrible: matar sale gratis.

Así parece si tenemos en cuenta que ya se da por hecho un nuevo atentado. Leemos en la prensa, además, que va a ser espectacular. Repugna el aspecto circense del asunto. Esta resignación morbosa, semejante a la que el espectador de una película siente cuando el protagonista las pasa canutas (al fin y al cabo se trata de una ficción, pensará), tiene un aspecto tenebroso. Recordemos que tras el atentado de la T4 y el asesinato de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio todavía había reticencias a la hora de dar por terminado este capítulo triste y grotesco de la política antiterrorista en España. Y parte de esa reticencia se debió a lo siguiente: eta no había querido matarles. Como tampoco los proetarras callejeros quisieron matar por asfixia a Ambrosio Fernández en Mondragón.

Los asesinados, pues, tenían menos importancia que la estrategia. O mejor, que las estrategias (la etarra y la del gobierno).

El visionario presidente Zapatero acertó: no se descartan accidentes, vino a decir varias veces. Y lo de la T4 no fue tanto un asesinato como un accidente. Conviene recordar que los accidentes provocados por los etarras no son errores aislados que los asesinos puedan lamentar con más o menos credibilidad. Los etarras no son guerrilleros eficaces ni asesinos intrépidos y técnicamente perfectos. No. Son asesinos sucios, degenerados y muchísimas veces terriblemente chapuceros. No podemos ofrecerles nuestra resignación y no podemos permitirles que matar les salga gratis.

Respecto al carácter chapucero de las acciones terroristas de eta, permítanme rescatarles sólo una de ellas. Una de tantas. Ocurrió en Bilbao en los años 80 y la escribí en mayo del año pasado, después de una visita a la ciudad.


Aquí se vive muy bien

No es difícil pegar la hebra en cualquier lado. Lo mismo en el metro que en la pensión. El portero de la mía, que está en el casco viejo, me cuenta la historia de un gallego que trabajaba en Baracaldo. Acabó marchándose a Barcelona porque “no aguantaba el ambiente”, según señala con un gesto displicente. Un tiempo después lo vio, no sé si en Galicia, o en Cataluña, y le dijo que tenía que volver a Bilbao de visita, que no se podía imaginar cómo había cambiado la ciudad. El gallego, con cierta reticencia, volvió para quedarse tres días. Le fascinó tanto la ciudad que terminó quedándose una semana. “Es que aquí se vive muy bien”, termina diciéndome el portero. El señor que nos acompaña, muy mayor, asiente ante esta frase terminante. Con voz algo campanuda, producto no tanto del bilbainismo atroz como de su edad, pasa a hablar de aquellos tiempos en que las cuadrillas llenaban los bares cuando se iban de potes. Aquí se vive muy bien. No es la primera vez que oigo esa frase. Y no me refiero a la que le espetó Ibarretxe al hijo de José Ramón Recalde cuando fue a hacerse la foto al hospital donde éste permanecía ingresado tras haber sido tiroteado por un etarra. En Apología de Bilbao (texto también recogido en la bellísima edición de Vaga memoria de cien años) dice Rafael Sánchez Mazas: “El tema, el lema de Bilbao, como dice un documento antiguo, era ‘los que quieren bien vivir”, o sea, el ‘honeste vivere’ latino, que con el ‘alterum non laedere’ y el ‘suum cuique tribuere’, forman la doctrina del hombre civil en el estado justo”. Pero la conversación alcanza ese momento delirante en el que tres personas intercambian frases sobre tres temas distintos sin que se ocupe uno del asunto del otro, así que salgo a la calle.

Calle de María Muñoz. A la izquierda, pasada la calle Solokoetxe y unos metros más allá, está la calle Fica. Actualmente es uno de los reductos del botellón en Bilbao, que pretende ser erradicado por el Ayuntamiento. Toda esta zona está tomada por eso que Patxo Unzueta llamaba “ese sector alegre y combativo de nuestra rebelde juventud actual: tan alegre como un funeral, tan rebelde como un rebaño”. El día 12 de septiembre de 1981, Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, llegó a las puertas de su domicilio unos veinte minutos antes de las nueve de la noche. El número 32 de la calle Fica. Subió los nueve escalones que le separaban de su buzón y cogió un paquete que estaba remitido a su nombre. Algunos meses antes Luis Reina había sufrido una embolia que le había afectado el oído y la vista. Por este motivo, se acercó el paquete a la cara. El paquete explotó y le destrozó el cráneo y parte del tórax. Fueron unos 150 o 200 gramos de explosivo. La explosión causó algunos destrozos en el portal. El ruido hizo que algunos vecinos se acercaran. Entre ellos estaba su hijo, de 25 años. Más tarde, y todavía con el cadáver de Luis Reina presente, dos hermanas del asesinado, ya mayores, se sentaron en un comercio cercano sin poder decir palabra. A la mujer de Luis Reina, paralítica, con quien estaba casado desde hacía unos veinte años, no le dijeron nada hasta pasado un tiempo. En ese momento el Ministerio del Interior desconocía los motivos que habían podido tener los asesinos para matar a Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, con un paquete bomba remitido a su nombre.

Pocas horas después de haberse conocido el asesinato, Jon Idígoras, dirigente de HB, confirmó que Luis Reina Mesonero era simpatizante de la coalición abertzale y que el partido colaboraría en la preparación del funeral. Daba a entender que había sido asesinado por algún grupo de ultraderecha, como ya había ocurrido en algún otro caso. La familia se apresuró a desmentir lo dicho por Idígoras. Miembros de HB se reunieron con los familiares, y poco después anunciaron que Luis Reina Mesonero nada tenía que ver con ellos. No había lugar a victimismo alguno.

El 23 de septiembre de 1989, eta confiesa haber matado a Luis Reina por “una equivocación y error irreparables”. En el mismo comunicado dice hacer “la más seria y sincera autocrítica”. Eta atribuye su confusión al hecho de que Luis Reina tenía el mismo nombre que un policía. La Jefatura Superior de Bilbao negó que hubiese ningún policía con ese nombre.

José María Calleja, en La diáspora vasca, cuenta lo ocurrido al otro lado de este suceso. Luis Reina era propietario de un concesionario de vehículos en Bilbao. Policías y responsables del gobierno civil de Vizcaya compraban allí, y eta se enteró. Amenazó a Luis Reina, que hizo lo posible para que eta no le asesinara. Habló primero con Txomin Ziluaga, “gran dirigente de Herri Batasuna”, que le prometió “tratar su caso para que no le pasara nada, consciente de que este hombre no merecía un atentado”. También acudió Luis Reina a Txema Montero, abogado de HB, que le garantizó que no le pasaría nada. Luis Reina se entrevistó también con Jone Goirizelaia, abogada de HB, que le espetó que si “la organización” le había amenazado, era porque algo habría hecho.

Un tiempo después, Luis Reina moría asesinado. Luis Reina Mesonero. Los guerrilleros intrépidos, esos que aparecen en los periódicos de los años setenta y ochenta como protagonistas de una película policíaca, audaces, inteligentes, fríos y eficaces como máquinas de acero, consultaron las páginas amarillas para localizar a la persona que habían de matar. Y erraron.

Luis Reina, propietario del concesionario, huyó del País Vasco. A Luis Reina Mesonero, pescadero, le reventaron la cabeza y el tórax. Creo que todavía vive una de las hermanas mayores, una de esas ancianas que se sentaron sin poder articular palabra el día del asesinato. El hijo vive en la misma calle Fica. ¿En el mismo inmueble donde asesinaron a su padre? Hay un puesto de pescados en el Mercado de la Ribera a nombre de la mujer paralítica de Luis Reina Mesonero.