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Jon Juaristi

ABC. 31 de diciembre de 2006

ETA entra en el nuevo año convertida en un Estado en la sombra, gracias a una combinación de desventurados factores entre los que destaca la estupidez de un Gobierno entregado a la retorsión de la lógica. Si a éste le quedara un poco de decencia, dimitiría en bloque. Si tuviera un mínimo de vergüenza, convocaría elecciones. Si aún hubiera un asomo de sensatez en semejante colección de ineptos, se bajarían en marcha del «proceso de paz», pero como no les asiste ni la decencia, ni la vergüenza ni la sensatez, seguirán impertérritos hacia el abismo. ¿ETA, vencida? Por muy triturado que se encuentre un grupo terrorista, incluso por muy desprovisto de apoyo social que se haya quedado, no podrá hablarse de derrota del mismo hasta que sus miembros no admitan la radical ilegitimidad de sus objetivos. El argumento de que se debe hablar con organizaciones de este tipo cuando se tiene certeza de su impotencia es falaz. Nadie se planteó jamás un diálogo con el Grapo, ni siquiera cuando la práctica totalidad de sus efectivos estuvo en la cárcel. Se intuía acertadamente que la neutralización no equivalía en su caso a la derrota, porque jamás se consideraron vencidos. ¿Por qué supuso Rodríguez que con ETA iba a ser distinto? ETA tiene su lógica, mal que le pese a Rubalcaba. Una lógica criminal, pero tan racional como la del ministro del Interior, o más.
El Gobierno actual pretende justificar su obcecada persistencia en el proceso, alegando que Aznar trató de hacer lo mismo. Miente. El Gobierno de Aznar hizo precisamente lo contrario: cortar en seco. Pero supongamos que hubiera hecho lo que no hizo, o sea, prolongar los contactos tan infructuosamente como lo han hecho los socialistas. El sentido común obligaría a considerar las tentativas frustradas anteriores como datos disuasorios. Nadie se contradice si afirma que espera triunfar donde otro fracasó, pero se comportará como un majadero si, a la manera del Gobierno de Rodríguez, se exculpa de sus propios fracasos con el argumento de que otros también se estrellaron en los mismos obstáculos.
El segundo argumento de los socialistas, en orden de manoseo, ha sido la ausencia de atentados mortales en los últimos años. Ignoro si esta muletilla se acuñó solamente para tener contenta a la banda, pero logró ese efecto. Veamos: ante la evidencia de que ETA llevaba varios meses sin matar, el Gobierno de Aznar la explicaba por el acorralamiento policial y judicial de los terroristas y sus cómplices, lo que, además de verosímil y convincente, era cierto. Los socialistas, por el contrario, han insistido en que tal situación se debía a un cambio de actitud de ETA, y los etarras han entendido que el Gobierno les reconocía y agradecía que, pudiendo matar, no mataran. En otras palabras, han entendido que se les equiparaba al Estado que limita voluntariamente su monopolio de la violencia renunciando a imponer la pena de muerte y, en consecuencia, se han sentido más alternativa al Estado que nunca, convicción ésta reforzada por la visible renuncia del Estado a ejercer su soberanía territorial. Cabe recordar un fenómeno sobre el que recientemente ha llamado la atención Pierre Manent: la abolición de la pena de muerte en Europa occidental coincidió con el ascenso generalizado del terrorismo, como si sectores de la sociedad se apresurasen a recuperar las competencias que el Estado se negaba a detentar. Un Estado débil llama clamorosamente al terrorismo, y los socialistas han debilitado al Estado.
Con todo, el problema no está en cómo se sientan los de ETA esta Nochevieja, sino en cómo vuelve a ser percibida la banda. Es innegable que -con espanto, rabia o entusiasmo, según sus diversas posiciones morales-, los españoles ven hoy a ETA, Batasuna incluida, como una alternativa de poder, cuando no como un poder paralelo, copartícipe de los arcanos del Estado, cuyo actual Gobierno nos ha ofrecido una versión inédita de la política de las cloacas, tan cara a la izquierda en general y a los socialistas en particular: contubernios sucios donde antes hubo guerra sucia. Y con resultados idénticos.