Hasta aquí hemos llegado

Teresa Jiménez-Becerril

ABC. 2 de enero de 2007

NUESTRAS peores sospechas se confirman: ETA nos da el fin de año. Ellos, a brindar con champán, mientras nosotros esperamos largas colas con nuestros hijos que nos lloran en brazos. Ellos, a sonreír y nosotros, a sufrir. Es su meta; a más sufrimiento de los que ellos llaman despectivamente «españoles», más satisfacción del mundo de ETA. ¿Y quién es ETA? Eso es lo que habría que saber. Para mí son más de los que nos dicen que son, porque, como dice el refrán, «quien calla, otorga», y en el País Vasco callan muchos y los que hablan lo hacen para exigir derechos, que no deberes, del pueblo vasco. Ustedes se han parado a pensar que el señor Otegi no ha condenado un atentado con 800 kilos, o los que sean, de explosivos, donde han volado cuatro plantas de aparcamiento y con ellas dos personas. Para mí eso es ETA; la prepotencia, la crueldad, la indiferencia, el desprecio por la vida. Otegi es ETA. Y todos aquellos que aceptan las atrocidades de la banda terrorista como algo razonable son ETA. No importa si ponen bombas, si disparan a bocajarro, si secuestran, si queman cajeros y autobuses, si extorsionan. No importa el alcance de sus acciones, si su intención es matar a un político determinado o a un ciudadano anónimo, todos son ETA. Todos culpables. ¿O es que quien aparcó el coche en la T-4 para sembrar el terror es menos malo que quien le dio un tiro en la nuca a mi hermano y a su mujer? No, los dos son asesinos, los dos ETA, los dos pertenecientes a ese mundo, que jamás tuvo intención de abandonar la violencia, a pesar de que hubo quien nos hizo creer que así sería.
Quienes nunca lo creímos fuimos tachados de intolerantes, de enemigos de la paz, de seres llenos de odio, incapaces de afrontar el futuro con esperanza. La gente nos decía: «¿Pero algo habrá que hacer?» Y yo les contestaba: «Hay que vigilarlos». No se trataba de querer o no la paz. ¡Qué ingenuidad! La paz la queremos todos, menos ellos. Se trataba de ver con claridad lo que otros no veían o no querían ver y por ello hemos sido estigmatizados. Las víctimas llegamos a convertirnos en los malos» en un mundo de «buenos». Y aún hoy debemos medir nuestras palabras o corremos el riesgo de aparecer como los aguafiestas de esta absurda función donde sólo los terroristas saben e interpretan bien su papel. Y donde el resto de los intérpretes debemos seguir el guión que ellos van escribiendo según lo creen conveniente. Y hoy nos toca pasar miedo, en los aeropuertos, en los trenes, en los centros comerciales, allá donde el terror decida golpear inocentes. España vuelve a ser rehén de ETA, siempre lo fue, pero hubo un tiempo en que lo fuimos con dignidad, con coraje, de tú a tú. Hubo un tiempo en el que al asesino logramos llamarle asesino y no hombre de paz. Con muertos o sin muertos, hubo un tiempo en el que los españoles levantamos no sólo las manos blancas, sino la cara para mirar de frente al terror y decidle: «Mátame si quieres, pero yo soy libre y por tanto más fuerte que tú». Fuimos muchos, y ellos por una vez nos respetaron y nos temieron. Nos siguieron matando. Mi hermano y su mujer fueron asesinados después de la multitudinaria manifestación que siguió a la muerte de Miguel Ángel Blanco en Madrid, pero a pesar de ello estábamos unidos y crecidos, y nuestro miedo disminuía entre la solidaridad de todo un pueblo. Esa unión consiguió que le gritáramos «!basta ya!» a una banda de asesinos que hasta entonces había engañado a tantos con su disfraz de perseguido político. ¡Qué tiempos aquellos! Tiempos tristes, os lo aseguro, que los he vivido y los sigo viviendo en mi propia piel, pero tiempos de honor, donde un país, España, se enfrentó a un grupo terrorista ETA. Tiempos donde la suerte de un muchacho secuestrado fue la de la mayoría de los españoles, y con su muerte nos mataron a todos un poco. Recuerdo que mi hermano fue a recoger al aeropuerto al alcalde de Ermua que vino a Sevilla para encabezar una enorme manifestación contra ETA. No sabía Alberto que a los pocos meses Sevilla saldría de nuevo a gritar asesinos con las manos pintadas de blanco a quienes acabaron con su vida y con la de su mujer. La gente salió a llorar en público y a desafiar a quienes sembraban de huérfanos su país.
No se trata de comparar nada, ni de mirar atrás aferrados al pasado, pero debemos afrontar el presente con los ojos abiertos, valorar el atentado de ETA, sin complejos, sin miedo a ser considerados enemigos políticos de nadie y sobre todo debemos reaccionar ante una barbarie semejante. Independientemente de lo que haga el Gobierno, quien puede tener sus motivos para responder tibiamente a un golpe contundente, claro y decisivo, como el que nos ha dado ETA, nosotros, la gente de a pie, vemos lo que nuestros ojos nos muestran, un atentado gravísimo, desgraciadamente con muertos, que ha aterrorizado a miles de personas que viajaban ese día y que ha dejado a la mayoría de los españoles confusos, tristes y asustados, y tenemos la obligación de responder a ETA como lo hemos hecho en otras ocasiones.
La indiferencia es un lujo que en momentos como los que nos está tocando vivir no nos podemos permitir. No podemos seguir pensando que es mejor estar callados y serenos, hay que exigir, señores. Quienes nos gobiernan están ahí porque los hemos puesto nosotros y deben ser nuestra guía, nuestro referente, y hoy por hoy no lo están siendo. Basta de decir que hay que dejar hacer, como nos han venido diciendo con insistencia durante todos estos meses. Dejar hacer sí, pero por desgracia a quienes les hemos dejado hacer ha sido a ETA, y bien que nos lo ha demostrado. Si pedir a quienes nos representan que sean contundentes con una banda terrorista que se muestra con plena capacidad operativa es hacer ruido e impedir el proceso de paz, pido desde aquí a todos aquellos que se sienten amenazados por ETA que hagan todo el ruido posible para que los asesinos se enteren de que no se juega con el deseo de paz de todo un pueblo. Hay momentos en los que no se puede seguir arriesgando. Sr Zapatero, hasta aquí hemos llegado, y si hay que dar un portazo se da, aunque se pillen los dedos más de uno. No puede usted seguir con la puerta entreabierta para ver lo que los terroristas hacen. Venga aquí donde estamos nosotros, las víctimas y la mayoría de los españoles y decidamos juntos cómo luchar contra el terrorismo del único modo posible: unidos. Y aceptemos de una vez por todas que ETA no ha cambiado, los únicos que han cambiado son nuestros gobernantes y con ellos parte de una opinión pública que prefiere seguir creyendo que el atentado del pasado día 30, en el fondo era sólo una llamada de atención, un aviso para que aceleráramos el paso hacia sus exigencias. Es indecente, a día de hoy, seguir creyendo que estamos ante una gran oportunidad para conseguir el fin de ETA. Asumamos que ese fin está más lejos que ha estado en los últimos años y no perdamos tiempo en culpar a quienes sabemos de sobra quehan sido los culpables. Analicemos la situación al día de hoy y empecemos el año con el propósito de intentar acabar del único modo que sabemos con una banda terrorista que no quiere dejar de serlo: luchando con las armas que conocemos, que son la firmeza, la unidad y el valor. ¡Qué más quisiera yo que hubiera atajos o soluciones mágicas para convertir a ETA en un partido democrático que acepta las reglas del juego! Pero ya hemos visto como se las gastan sus jugadores