El presidente Tomás y Valiente

Jorge de Esteban

El Mundo. 15 de febrero de 1996

SON las once y veinte de la mañana. Me encuentro impartiendo la clase a los alumnos de segundo año de la Facultad de Derecho de la Complutense. En ese momento, de forma inesperada, entra sofocada la secretaria del Departamento, y me comunica que acaban de asesinar en la Universidad Autónoma al catedrático y ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente.

La noticia me deja aturdido, se la comunico a mis alumnos, que reflejan en sus rostros la consternación, y suspendo inmediatamente la clase. Nuevamente la irracionalidad del terrorismo se acaba de cobrar otra víctima que, en este caso, es todo un símbolo. Mi amigo y colega Tomás y Valiente no era sólo un ilustre catedrático de la Universidad española, no era sólo el historiador del Derecho de mayor prestigio en nuestro país, no era sólo un hombre bueno, leal y generoso, amigo de sus amigos. Era mucho más: era todo un símbolo del Estado de Derecho que los españoles de buena voluntad desean que exista en España.

Fue, en efecto, uno de los magistrados fundadores en 1980 del Tribunal Constitucional y permaneció en él durante doce años, los seis últimos como presidente. Era lógico, pues, que en el verano de 1990, cuando se me encargó la dirección de un curso en El Escorial sobre los diez años de vida de nuestro Tribunal, le invitase para que lo inaugurara. Cuando le llamé para invitarlo a pronunciar esa conferencia, a pesar de que estaba muy ocupado con su labor de presidente, no dudó ni un momento en aceptar.

Cualquiera de los alumnos que asistieron a ese curso estoy seguro de que tendrán en su memoria todavía la fascinante exposición que nos hizo, explicando cómo se creó el Tribunal, las dificultades que tuvieron que superar, la pasión con que lo hicieron, sabiendo que estaban cimentando la piedra angular de nuestro Estado de Derecho. Durante la larga hora que habló, no se oyó ni el vuelo de una mosca, pues era apasionante oír unas palabras que traslucían la fe en el Derecho, en la democracia y en el futuro de nuestro país. Al término de la conferencia, le animé a que escribiese unas Memorias en que desarrollase más lo que nos había contado, pues pocos como él estaban en el secreto de lo que cuesta construir un Estado civilizado bajo el signo de una Constitución que ampare a todos, incluidos los que no la aceptan.

Fue bajo su presidencia precisamente cuando el Tribunal declaró inconstitucional una ley antiterrorista, a efectos de anular los abusivos diez días de detención que esta norma permitía para los casos de terrorismo. Sus convicciones, que fueron también las de todo el Tribunal, le llevaban a sostener, con esa sentencia, que la única manera de acabar con la plaga irracional del terrorismo era a través del máximo respeto a la Ley, al Derecho.

Fue también bajo su Presidencia, cuando el Tribunal Constitucional, interpretando el oscuro Título VIII de la Constitución, puso las bases para la construcción del Estado de las Autonomías. Mediante una jurisprudencia creadora, el Tribunal ha sido el mayor defensor de una concepción plural de España, reconociendo la autonomía de las diversas comunidades y, en especial, la de las denominadas históricas. Nadie duda ya de que una gran parte del mérito del Tribunal, en esta gigantesca tarea, fue obra de Tomás y Valiente, quien redactó en 1984 un decisivo informe sobre el reparto competencial entre el Estado y las comunidades autónomas publicado después como libro.

Fue lógico, en consecuencia, cuando el primer presidente del Tribunal, el profesor García-Pelayo dejó su puesto en 1986, abatido por los avatares de la política, que el nombre de Tomás y Valiente fuese el que más sonase para reemplazarlo. Recuerdo que pocos días antes de reunirse el Tribunal para nombrar nuevo presidente, recibí la visita de Tomás y Valiente en la Embajada en Roma. Como yo conocía perfectamente el prestigio y la ecuanimidad que se había ganado entre sus compañeros del Tribunal, le profeticé que él sería el nuevo Presidente. Sin embargo, recuerdo también perfectamente su sincera modestia cuando me contestó que había otros compañeros más capaces que él de dirigirlo.

Durante mi estancia en Roma, tuve la suerte de tenerlo varias veces de invitado en la Embajada, ya que su prestigio como eminente jurista e historiador había traspasado las fronteras y, especialmente, en Italia tenía grandes amigos y admiradores. Incluso la Universidad de Messina le concedió el título de Doctor «Honoris Causa», como reconocimiento a su obra científica. Obra que, por supuesto, comprende grandes aportaciones a la Historia del Derecho Español en general, a la Historia del Constitucionalismo, al estudio del Derecho y a su concepción del Estado del Derecho, proyectada ésta en toda su obra jurisprudencial durante los fecundos doce años que estuvo en el Tribunal Constitucional.

Pero si su talla como jurista es indiscutible, lo es aún más su humanidad y generosidad, como se demuestra en el último artículo que escribió anteayer en El País. En él reivindicaba la figura de Joaquín Ruiz Giménez, como uno de los grandes precursores de nuestra democracia, y al que no se ha valorado como merece.

Hoy, cuando los terroristas de ETA han vuelto a demostrar que su locura no lleva a ninguna parte, más que nunca, hay que recordar, en memoria de un gran español, de un gran jurista, las palabras de Von Ihering: «El Derecho no es una idea lógica, sino una idea de fuerza; he ahí por qué la justicia, que sostiene en una mano la balanza donde pesa el Derecho, sostiene en la otra la espada que sirve para hacerlo efectivo. La espada, sin la balanza, es la fuerza bruta, y la balanza sin la espada, es el Derecho en su impotencia; se completan recíprocamente: y el Derecho no reina verdaderamente, más que en el caso en que la fuerza desplegada por la Justicia para sostener la espada, iguale a la habilidad que emplea en manejar la balanza».

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del consejo editorial de EL MUNDO.