El hijo del «chivato»

Nieves Colli

ABC. 9 de abril de 2004

No piden nada, sólo vivir tranquilos. Son víctimas del terrorismo de ETA y están satisfechos con la Justicia: los asesinos están en la cárcel y la indemnización -aunque aún no la han cobrado completa- les ha permitido cerrar a cal y canto la puerta por la que la tragedia entró un día en su casa. Abuela y nieto se han hecho imprescindibles el uno para el otro ya jubilada a pesar de sus 59 años, ha sufrido en sus carnes los «efectos colaterales» de la sinrazón, del tiro en la nuca. De ello son testigo y consecuencia las profundas arrugas que surcan su rostro.

La epopeya de Ana María no comienza con el atentado que, el 2 de junio de 1993, acabó con la vida de su yerno. Su historia empezó mucho antes y ETA no hizo sino apalear al apaleado. A perro flaco todo se le vuelven pulgas, dice el refrán.

Ana María y su esposo -padres de cinco hijos- eran feriantes, trabajo que les permitió contactar con políticos en numerosos municipios vascos. Entre ellos, el que fuera presidente del PP guipuzcoano, Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA el 23 de enero de 1995, y su sucesora en el cargo, María San Gil, en el punto de mira de los terroristas y condenada por ello a vivir con protección.

Cuando en 1993 ETA asesinó a Ángel (el yerno de Ana María) por su relación con el mundo de las drogas -los terroristas llamaron a la puerta de su casa y le dispararon un tiro en la cabeza cuando abrió-, Ana María ya se había hecho cargo de su nieto Jon ante la incapacidad de su hija Julia y del marido de ésta, ambos toxicómanos, de educar al chiquillo.

A los tres años de edad, Jon apenas conocía a su padre que, durante ese tiempo, cumplió con el servicio militar primero y con una condena después, tras verse implicado en una pelea. En 1987, cuando Ángel salió de la cárcel, éste y Julia se casaron y volvieron a hacerse cargo de su hijo, al que llevaban los fines de semana a casa de Ana María. Al niño le gustaba estar con su abuela.

Pedir la custodia

Pero la normalidad duró bien poco. Ángel volvió a engancharse a la droga y detrás de él Julia, que hasta llegó a pasar dos años en prisión por tráfico de estupefacientes. Ya no volvieron a casa de la abuela para recoger a Jon.

Pasaron unos años antes de que el niño volviera a ver a su madre. Fue cuando ésta salió de la cárcel. Julia volvió a casa de Ana María y, con la promesa de dejar definitivamente las drogas, empezó a trabajar con ella en las ferias. Pero no fue así y, en 1990, cuando Jon tenía cinco años, su madre volvió a dejarle y a hundirse con su marido en el infierno de la heroína. «Mi marido -cuenta Ana María con la serenidad que da el tiempo transcurrido- me llamó para decirme que nuestro nieto había llegado llorando a la caravana. Julia se había vuelto a marchar».

Este episodio fue la gota que colmó el vaso así que Ana María decidió pedir la custodia del niño. Desde entonces, esta mujer ejerce de madre y de abuela tanto de Jon -que ya ha cumplido 21 años- como de una de sus hermanas pequeñas, Erika, que nació en septiembre de 2001 fruto de una relación posterior de Julia. Erika nació con anticuerpos del sida.

Esta familia vive en Madrid desde 1997, año en el que Ana María decidió abandonar San Sebastián a raíz de que otros niños en el colegio señalaran a Jon con el dedo como el hijo del «chivato» asesinado por ETA. Las duras experiencias vividas por el muchacho le provocaron depresiones de las que hoy, por fin, está plenamente recuperado.

De su vida en el País Vasco Jon guarda pocos recuerdos. Abandonó esa tierra siendo niño y, además, prefiere no pensar mucho en aquellos años. «Ya pasó», dice, ahorrando tanto en recuerdos como en palabras. Amable y cordial, contesta a todas las preguntas sobre su infancia, sus padres, el colegio, sobre el día del atentado... pero la brevedad de sus respuestas es el espejo de su voluntad por no reabrir una herida que le ha costado, pero ha conseguido cerrar.

«¿Mis recuerdos sobre mis padres? Hoy por hoy, bien pocos. Recuerdo que vivía con ellos, pero poco», cuenta Jon arañando en el pasado. «Lo que más, un cumpleaños, el último, con cinco o seis años, que mi padre me regaló un coche teledirigido».

Sin rencor

Sus palabras no encierran ningún rencor, ni siquiera por los momentos más duros, aquellos que llevaron a su abuela -«para mí, ella es mi madre», asegura- a sacarle del País Vasco. «Allí tenía muchos amigos, sobre todo uno del barrio y dos del «cole»», asegura. Y sigue: «Luego había quien me echaba en cara que yo no tenía padre, que le habían matado... Es como en todos lados, que hay gente con ganas de hacer daño. Pero no todo el mundo es igual». En cualquier caso, Jon prefiere no ir por allí, porque le devuelve a la memoria los malos momentos.

«Y del día del atentado... Mi madre llegó llorando. Desde el primer momento lo vi en la tele. Lo supe en seguida, pero no sabía qué significaba. Luego he pensado en ello. Me hago preguntas, sobre todo por qué mi padre abrió la puerta, y es surrealista. Él nunca abría a nadie si no lo conocía, por eso he pensado que era alguien conocido».

Ana María, su abuela, sonríe al confesar que en Madrid ha recuperado la libertad, algo de lo que no se disfruta en el País Vasco. «Allí vas a un bar y no puedes hablar ni de fútbol», indica. Y lo mismo le ha ocurrido siempre con casi todos los simpatizantes de Batasuna que conoce, que son muchos. «En seguida te echan en cara que eres españolista», explica.

Jubilada, esta víctima del terrorismo cobra la pensión mínima (cerca de 400 euros al mes), que no le llega ni para pagar el alquiler del piso en el que vive junto con una de sus hijas y sus dos nietos adoptados, en un popular barrio madrileño. En casa ya no entra tampoco la pensión de orfandad que percibía Jon, pues ya ha cumplido 21 años y, por ley, ese dinero pasa a la viuda de la víctima del atentado.

Pero Ana María fue muy precavida e invirtió en la compra de pisos -que puso a nombre de su nieto- la mitad del dinero percibido en su día como indemnización por el atentado. La otra mitad la gastó en terapias de rehabilitación de toxicómanos para su hija -madre de Jon y de Erika-, pero todo el esfuerzo cayó en saco roto. Gracias a su previsión, ha podido ofrecer a sus nietos una vida digna y la formación escolar adecuada.